lunes, 9 de junio de 2014

EL QUIRQUINCHO QUE QUERIA SER MUSICO

(Cuento popular Boliviano)
(Ilustraciones: Tamara Phillips) 
(Fuente: http://culturacolectiva.com/las-ilustraciones-psicodelicas-de-tamara-phillips/ )

Hace muchísimos años, nació en Bolivia, en los arenales de Oruro, un quirquincho de duro caparazón. 
Se pasaba la vida tumbado junto a un gran peñasco, escuchando la música de la naturaleza, pues le encantaba oír los silbidos del viento y la melodía  que hacen el río y la lluvia al acariciar  la tierra. 

Pero lo que más le gustaba era escuchar el croar de las ranas después de la tormenta. El quirquincho se detenía bajo los juncos a oír el canto de las ranas, que croaban bajo el sol, y algunas veces se emocionaba hasta tal punto que se echaba a llorar.

- ¡Cómo me gustaría cantar así! – suspiraba, y entonces las ranas rompían a reír.

- ¡Menudo tonto! – decían – Nunca aprenderás a cantar como nosotras. ¿No ves que no eres más que un pobre quirquincho?

Aunque lo que se proponían las ranas era humillar al quirquincho, el quirquincho no se molestaba, pues el tono con que las ranas se burlaban de él le parecía tan armonioso que incluso las palabras más feas le sonaban hermosas.

Un día, cuando el quirquincho escuchaba el silbido del viento, pasó por su lado un hombre cargado con una jaula. La jaula estaba llena de canarios que revoloteaban y trinaban sin parar y su canto era tan hermoso que el quirquincho tembló de emoción. Nunca en la vida había oído una música tan bella. Los trinos de aquellos pajaritos eran como resplandecientes rayos de sol. El quirquincho se habría pasado la vida entera oyéndolos, así que siguió al pajarero por los arenales.

Al poco, el hombre pasó junto a la charca de las ranas, que estaban tomando el sol. Al oír a los canarios, las ranas empezaron a burlarse.

- Esos pajarracos se pavonean de sus voces – dijo una rana de color amarillento, que era muy orgullosa – pero no son más que sapos con alas. Nosotras cantamos mucho mejor…

Entonces, las ranas volvieron a entonar su monótona cantinela. Pero por una vez, el quirquincho no las escuchó embobado, y siguió caminando tras los pájaros. Pensaba con ilusión que tal vez los canarios le enseñarían a cantar…

-¡Vaya con ese tonto quirquincho! – exclamó la rana de color amarillo - ¿Crees que vas a cantar como un canario? ¡no tienes pico, y se necesita un pico para cantar como un pájaro…!

A pesar de que la arena caliente le lastimaba las patitas, el armadillo siguió adelante. Tanía tantas ganas de aprender a cantar que ni siquiera notaba el cansancio. Pero, como era muy lento, al final acabó por quedarse atrás. El hombre de la jaula se distanciaba, y los trinos de los canarios se perdieron a lo lejos…

El quirquincho se puso muy triste. Había perdido su oportunidad de aprender a cantar. Y, para colmo de males, estaba anocheciendo…El camino de vuelta se le iba a hacer muy largo. Pero al poco de echar a andar, el quirquincho vio que , no muy lejos de allá, se hallaba la casa de Mamani, el hechicero. La luz brillaba en su choza, lo que quería decir que el brujo estaba despierto. El quirquincho decidió ir a verlo: a lo mejor él podía ayudarle…

- Mamani – le dijo al hechicero -, tú que eres tan sabio ¿podrías enseñarme a cantar como un canario?

Mamani pensó que era ridículo que un quirquincho quisiera cantar como un canario. Pero el animal le pareció tan ingenuo que en vez de reírse, sintió cierta ternura.

- Puedo enseñarte a cantar si quieres, y lo harás mejor que los canarios. Pero, a cambio, tendrás que pagarme con tu vida.

El quirquincho se estremeció. La vida era un precio muy alto. Seguramente, no hay nada más valioso en el mundo, pues, cuando uno pierde la vida, ya no la puede recuperar. Sin embargo, le apetecía tanto aprender a cantar que aceptó el trato.

- Está bien – dijo - . Enséñame a cantar y te pagaré con la vida.

- De acuerdo. Pero primero tendré que cobrar por mi trabajo – exigió el hechicero.

-¿Cómo voy a pagarte antes de que me enseñes a cantar? ¡No podré cantar si me quitas la vida…!

Al día siguiente, las ranas que están en la charca oyeron una música preciosa. Todas salieron a ver quién estaba cantando, y descubrieron al hechicero Mamani a la orilla de la charca. Pero no era él quien cantaba. La música salía de un instrumento de cuerda que el brujo estaba tañendo con sus manos: era una de esas pequeñas guitarritas que en Bolivia y Perú llaman “Charango”. 

Mamani había fabricado el instrumento con el duro caparazón del quirquincho. Ahora, el quirquincho estaba muerto, pero había conseguido lo que tanto deseaba: de su cuerpo salía por fin una música conmovedora, más hermosa que los trinos de los canarios y el croar de las ranas.



viernes, 9 de mayo de 2014


 EL DIABLO Y SU ABUELA
(Cuento popular anónimo)
(Ilustraciones: Alex Pelayo  
Fuente: 
http://www.cachumbambe.com)

Cuentan que hace mucho tiempo hubo una gran guerra para la cual el Rey había reclutado muchas tropas. Pero les pagaba muy poco a los soldados, y no podían vivir de ello, así que tres hombres decidieron desertar.
El primer soldado dijo:

-Si nos atrapan, nos ahorcarán. ¿Cómo podremos escapar?

El segundo respondió:

-¿Ven aquel gran campo de trigo? Si nos ocultamos en él, nadie nos encontrará. 

El ejército no puede entrar allí, y mañana temprano se marchará.
Entonces con mucho cuidado y sin que nadie los vea, se metieron en el trigal; pero la tropa no se marchó a la mañana siguiente, contra lo previsto, continuó acampando por aquellos alrededores.
Los desertores permanecieron ocultos durante dos días con sus noches, sintiendo que estaban a punto de morir de hambre. Y si salían, su muerte era segura.
Entonces, dijo uno de los soldados:

-¡De qué nos ha servido desertar, nos vamos a morir aquí miserablemente!

Inesperadamente llegó volando por los aires y escupiendo fuego, un dragón que se posó junto a ellos y les preguntó por qué se habían ocultado allí.
Los soldados asustados le respondieron:

-Somos soldados, y hemos desertado por lo escaso de la paga. Pero si continuamos aquí, moriremos de hambre; y si salimos, nos ahorcarán.

-Si están dispuestos a servirme por espacio de siete años -dijo el dragón- los conduciré a través del ejército de manera que no sean vistos por nadie.

-No tenemos otra alternativa. Aceptamos ­ - respondieron los soldados.

El dragón los cogió con sus garras y los elevó por los aires, volando por encima del ejército,  y cuando volaron una gran distancia el dragón los bajó al suelo. Pero lo que los soldados no sabían era que aquel dragón era el diablo disfrazado. 
Entonces el dragón les dio un látigo y les dijo:

-Hagan restallar este látigo, y caerá tanto dinero como pidan. Podrán vivir como grandes señores, tener caballos e ir en coche. Pero cuando hayan pasado los siete años, serán míos.

Luego sacó un libro rojo muy grande, lo abrió y los obligó a firmar en él.

-De todos modos -les dijo el dragón -, antes de llevármelos les plantearé un acertijo, y si son capaces de descifrarlo, quedarán libres, y ya ningún poder tendré sobre ustedes, pero si no lo adivinan, me los llevaré para siempre.

El dragón se alejó volando, y ellos, haciendo restallar el látigo, enseguida tuvieron dinero en abundancia.
Encargaron lujosos vestidos y se fueron a recorrer mundo. En todas partes vivían muy bien, tenían caballos y coches, comían y bebían, pero sin hacer nunca nada malo.

Pasó el tiempo rápidamente, y cuando ya los sietes años llegaban a su fin, dos de ellos empezaron a sentirse angustiados y temerosos. El tercero, en cambio, se lo tomaba a broma, diciendo:

-No teman, hermanos; yo no soy tonto y adivinaré el acertijo.

Los dos soldados preocupados salieron al campo y se sentaron sobre una roca al lado del camino, estaban muy tristes. El tercer soldado, en cambio, se sentó también con ellos pero se veía optimista y alegre.
De pronto pasó por ahí una vieja y les preguntó el motivo de su tristeza.

-¡Bah! ¿Para qué contárselo? Tampoco podrá arreglar nada.

-¿Quién sabe? -respondió la vieja-. ¡Tal vez pueda ayudar!

Los dos soldados le contaron todo a la vieja, que habían sido criados del diablo por espacio de casi siete años, recibiendo de él dinero a chorros; mas para ello habían debido firmar en un gran libro que le pertenecían y se le entregarían si, transcurridos los siete años, no lograban descifrar un enigma que él les propondría.
Dijo entonces la vieja:

-Si quieren que los ayude, uno de ustedes debe irse al bosque. Llegará a un muro de rocas derruido, que tiene el aspecto de una casita. Que entre allí y hallará el remedio.

Los dos pesimistas pensaron: «Esto no nos ha de salvar», y siguieron sentados. Pero el tercero, siempre animoso, se puso en camino, bosque adentro, hasta que llegó a la choza de piedras. En su interior había una mujer más vieja que Matusalén, que era la abuela del diablo, y al ver al hombre le preguntó de dónde venía y qué quería.

El joven le contó todo lo que le había ocurrido, y, como le fue simpático a la vieja, ésta se compadeció de él y le dijo que estaba dispuesta a ayudarlo. Apartando una gran piedra que cerraba la entrada de una bodega le dijo:

-Escóndete aquí -le ordenó-; podrás oír todo lo que hablemos mi nieto y yo; tú permaneces quieto, sin moverte ni chistar. Cuando llegue el dragón, le preguntaré por el enigma y me lo dirá todo. Escucha bien sus respuestas por que no las volverá a repetir.

A las doce de la noche llegó el dragón volando y pidió la cena. La abuela puso la mesa y sirvió las viandas y bebidas, procurando satisfacerlo.
Ella también, se sentó a comer con su nieto  y comieron y bebieron juntos. Durante la conversación, la abuela le preguntó cómo había pasado el día y cuántas almas había conquistado.

-Hoy he tenido mala pata -respondió el diablo-; pero hay tres soldados que no se me escaparán.

-¡Ah, tres soldados! -replicó la vieja-. Esos no son tontos, aún se te pueden escapar.

Pero el diablo dijo, irónico:

-Son míos y no se escaparán porque les plantearé un acertijo que jamás serán capaces de descifrar.

-¿Y qué acertijo es? -preguntó ella.

-Te lo diré: "En el Mar del Norte hay un caballo marino muerto, que será su asado; y el costillaje de una ballena será su cuchara de plata; y un viejo casco de caballo hueco será su copa de vino". – y al decir esto, se rió con una risa macabra y espantosa.

Cuando el diablo se acostó, quitó la abuela la piedra, dejando salir al soldado.

-¿Tomaste buena nota de todo? – le dijo en un susurro.

-Sí -respondió él-. Me acuerdo de cada palabra.

Luego de agradecerle se marchó por la ventana y fue a reunirse con sus amigos por un camino distinto, a toda prisa. Cuando llegó hasta ellos, les contó cómo el diablo había sido engañado por su abuela y cómo había oído, de sus propios labios, la solución del acertijo.

Los tres soldados se pusieron muy contentos y, haciendo restallar el látigo, acumularon tanto dinero que se les saltaba por el suelo.
En el momento en que terminaban los siete años, se presentó el diablo con su libro y, les mostró  sus firmas diciendo:

-Voy a llevarlos al infierno conmigo, donde se celebrará un banquete. Si son capaces de adivinar el asado que se les servirá, quedarán libres, y, además, podrán quedarse con el látigo.
Respondió el primer soldado:


-En el Mar del Norte hay un caballo marino muerto. Éste será el asado.

El diablo se irritó y refunfuñando  preguntó al segundo:

-¿Y cuál será vuestra cuchara?

-El costillaje de una ballena, ésa será nuestra cuchara de plata.

Torció el diablo el gesto y, volviendo a refunfuñar se dirigió al tercero:

-¿Saben también cuál ha de ser vuestra copa de vino?

-Un viejo casco de caballo, ésa será nuestra copa de vino.

Al oír esto, el diablo soltó una palabrota y desapareció , perdió todo poder sobre ellos.

Cuentan que los soldados se quedaron con el látigo, con el cual tuvieron una vida cómoda y  feliz por el resto de sus días.

Fin.