lunes, 6 de mayo de 2013


EL REY MOCHO

(Cuento de tradición Oral Latinoamericana)
(Ilustración: Pinar Yegin  
Fuente: Internet)
(http://blog.rumisu.com)


A nadie le gusta que le pongan apodos. Pues al Rey de este cuento tampoco. Pero que no se los pusieran era muy raro, pues tenía un defecto o más bien una carencia que era objeto de las burlas de sus súbditos. Te cuento su historia.

A este Rey le faltaba una oreja. Muy pocos en el pueblo lo sabían. 
El peluquero real, quién descubrió el secreto mientras le cortaba los cabellos al Rey, era el encargado de contar el secreto. 
Pero pobre de él. El Rey no le dio tiempo de seguir regando la noticia, porque en cuanto se enteró de lo que andaba contando por ahí, lo mandó a buscar y del boquisuelto del peluquero nunca más se supo nada.

Sin embargo, la noticia, empezó a divulgarse por aquel pueblo y pronto comenzaron a llamar a este soberano "El Rey Mocho". Eso lo ponía furioso y pronto se encargó de eliminar a todo el que supiera su defecto. 

Con el tiempo el apodo y el secreto desaparecieron de las bocas de las personas y las cosas siguieron su curso normal en aquel reinado. Excepto, porque desde entonces el puesto de peluquero real siempre estaba vacante.

El Rey decidió entonces cubrir muy bien su defecto usando una peluca. Pero cuando los cabellos comenzaban a crecer y salirse por debajo de la peluca era un verdadero problema y era entonces cuando mandaba a llamar a un peluquero.

Entonces, cada vez que su Majestad se hacía cortar el pelo, le preguntaba al peluquero:

-Peluquero Real: ¿Hay algo que me falte? – A lo que el ignorante empelado, tanteando la cabeza del soberano, contestaba:

- Sí mi Rey, le falta una oreja.

El Rey se ponía colorado del coraje y tenían que darle un tecito de flores de manzanilla para calmarlo. Pero eso no impedía que, para poder conservar su secreto bien guardado, con las mismas tijeras con que le habían recortado los cabellos rales les cercenaban la cabeza a los peluqueros, logrando así callarlos para siempre. 

Lo peor que podría hacer alguno de estos infortunados era preguntarle:

- ¿Cómo ha perdido la oreja real su majestad? - a ese además le arrancaba la lengua por preguntón.

El problema era que el reino empezó a quedarse sin peluqueros y los cabellos y barbas reales se estaban poniendo indomables, se salía por debajo de la peluca, se metían en la sopa, aliados con el viento le estorbaban en la boca y en los ojos al Rey cuando paseaba en la carroza y alguno que otro piojo había decidido habitar en tan importante cabeza. 
Los ministros desesperados mandaron a buscar por todo el reino alguien capaz de solucionar el problema. Pero todos los peluqueros habían desaparecido por propia  mano del Rey. 

Cuando prácticamente habían perdido las esperanzas los mensajeros llegaron al último pueblo del reino. Este era una pequeña villa al pie de un río donde habitaba el último maestro de peluqueros dueño de una tijera de oro. Era un joven, quién heredó el arte de cortar el pelo de sus ancestros y  que vivía en su cabaña solo y sin nadie con quien hablar.

De inmediato el nuevo peluquero con sus tijeras doradas fue llevado a la corte donde el Rey lo esperaba ansioso. Las tijeras se movían hábiles y presurosas. Con cada tijeretazo el momento esperado se acercaba. Los enredado cabellos caían al piso junto a los pies del joven y del soberano. Llegando al instante preciso preguntó el Rey:

-¿Hay algo me que falte?

El viejo mirándolo a través del espejo le contestó:

-Nada, Majestad, a usted no le falta nada.

-¿Estás seguro? -, insistió.

-Nada, su Majestad, nada,- Volvió a contestar el joven.

-¿No quieres saber siquiera cómo perdí mi oreja?- continuó el Rey.
Y el peluquero agachando la cabeza y haciendo una venia, respondió:

- No sé de qué me habla, mi señor.

- Por tu discreción e inteligencia voy a perdonarte la vida, – le dijo  el agradecido Rey; - Pero con una condición: Si alguna vez escucho que mi secreto se ha vuelto a descubrir, si alguna vez alguien osa volver a llamarme Rey Mocho, te mandaré a buscar, no importa dónde te escondas y morirás igual que el resto de peluqueros. - Lo amenazó, mostrándole una bodega llena de cientos de calaveras y tijeras oxidadas.

El tiempo pasó y en el reino todo transcurría en paz, menos para el peluquero que solo en su cabaña se retorcía de angustia con el secreto guardado en el pecho. 

Un día no pudo más, la lengua le picaba y las ganas de hablar lo mataban. Así que se fue a lo más profundo del monte donde nadie habitaba, cavó un hoyo y allí se escondió. Una vez dentro soltó un grito muy fuerte en el que decía:

-¡El Rey es mocho!¡El Rey es mocho!¡Le falta una oreja, por eso usa una peluca muy vieja!¡Es mocho, es mocho!¡Mocho es el Rey!

Con el corazón aliviado y el pecho por fin libre de aquel secreto guardado por tanto tiempo y con la lengua en paz, salió del hoyo como un hombre nuevo, teniendo la precaución de taparlo muy bien antes de volver a su hogar.

El tiempo siguió pasando sin mayores novedades. Hasta que un día, por esos lares llegó un campesino con sus animales buscando un lugar donde pastar y tomar agua.
Cansado de la jornada se echó bajo un árbol de caña  que había en medio del monte. Para entretenerse decidió cortarle una rama y hacerse una flauta. Cuando al rato la tuvo lista sopló entusiasmado y para su asombro escuchó que de aquella flauta salía una voz que cantaba:

-¡El Rey es mocho!¡El Rey es mocho!¡Le falta una oreja, por eso usa una peluca muy vieja!¡Es mocho, es mocho!¡Mocho es el Rey!

Pensó que aquella caña tenía una falla e intentó con otra, pero con cualquiera que cortara, el resultado era el mismo. A un soplo de su boca la flauta cantaba:

-¡El Rey es mocho!¡El Rey es mocho!¡Le falta una oreja, por eso usa una peluca muy vieja!¡Es mocho, es mocho!¡Mocho es el Rey!

Entonces el hombre se puso a fabricar muchas flautas de aquella caña y feliz bajó al pueblo a vender las flautas que él creyó mágicas. Pronto, muchos niños y jóvenes paseaban por las callejuelas del reino tocando los novedosos instrumentos y el secreto del Rey Mocho, empezó a esparcirse por todo el reino.

Y claro, como era de esperase llegó a oídos…perdón a oído del Rey quién furioso mandó a traer una de aquellas flautas. No lo podía entender, cómo un instrumento hecho de caña podía cantar su secreto.

-¡Ajá!, en esto tiene algo que ver el peluquero -  pensó, y de inmediato lo mandó traer.

El joven ante la amenazante mirada del soberano confesó la verdad:

-Ya no podía más su Majestad, no podría vivir sin contar lo que sabía, así que lo único que hice fue gritarlo en un gran hoyo que cavé en lo profundo del monte. Por favor deje de matar y cercenar cabezas mi querido Rey, - le imploró.- Un pequeño defecto no cambia la esencia de las personas. Además, si la propia tierra, siendo tierra no pudo guardar un secreto, qué espera de nosotros los humanos.

El Rey entendió la lección que la naturaleza le estaba dando. Por eso los antiguos respetaban a la tierra, a los cerros y a los ríos dadores de conocimiento, vida y frutos. Al sabio anciano le fue perdonada la vida y hasta el final de sus días fue el peluquero real.


jueves, 4 de abril de 2013


BLANCANIEVES

(Versión de los Hermanos Grimm)
(Ilustración: Benjamín Lacombe - Fuente: Internet)

Era un crudo día de invierno, y los copos de nieve caían del cielo como blancas plumas. La Reina cosía junto a una ventana, cuyo marco era de ébano. Y como mientras cosía miraba caer los copos, con la aguja se pinchó un dedo, y tres gotas de sangre fueron a caer sobre la nieve. El rojo de la sangre se destacaba bellamente sobre el fondo blanco, y ella pensó: "¡Ah, si pudiere tener una hija que fuere blanca como nieve, roja como la sangre y negra como el ébano de esta ventana!". No mucho tiempo después le nació una niña que era blanca como la nieve, sonrosada como la sangre y de cabello negro como la madera de ébano; y por eso le pusieron por nombre Blancanieves. Pero al nacer ella, murió la Reina.
Un año más tarde, el Rey volvió a casarse. La nueva Reina era muy bella, pero orgullosa y altanera, y no podía soportar que nadie la aventajase en hermosura. Tenía un espejo prodigioso, y cada vez que se miraba en él, le preguntaba:
"Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?". Y el espejo le contestaba, invariablemente:
"Señora Reina, eres la más hermosa en todo el país".
La Reina quedaba satisfecha, pues sabía que el espejo decía siempre la verdad. Blancanieves fue creciendo y se hacía más bella cada día. Cuando cumplió los siete años, era tan hermosa como la luz del día, y mucho más que la misma Reina. Al preguntar ésta un día al espejo:
"Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?". Respondió el espejo:
"Señora Reina, tú eres como una estrella, pero Blancanieves es mil veces más bella".
Se espantó la Reina, palideciendo de envidia y, desde entonces, cada vez que veía a Blancanieves sentía que se le revolvía el corazón. La envidia y la soberbia, como las malas hierbas, crecían cada vez más altas en su alma, no dejándole un instante de reposo, de día ni de noche.
Finalmente, llamó un día a un servidor y le dijo:
-Llévate a la niña al bosque; no quiero tenerla más tiempo ante mis ojos. La matarás, y en prueba de haber cumplido mi orden, me traerás sus pulmones y su hígado.
Obedeció el cazador y se marchó al bosque con la muchacha. Pero cuando se disponía a clavar su cuchillo de monte en el inocente corazón de la niña, esta se echó ésta a llorar:
-¡Piedad, buen cazador, déjame vivir! -suplicaba-. Me quedaré en el bosque y jamás volveré al palacio.
Y era tan hermosa, que el cazador, apiadándose de ella, le dijo:
-¡Márchate entonces, pobrecilla!
Y pensó: "No tardarán las fieras en devorarte".
Cuando Blancanieves huyó el cazador vio pasar por allí un cachorro de jabalí, lo degolló, le sacó los pulmones y el hígado, y se los llevó a la Reina como prueba de haber cumplido su mandato. La perversa mujer los entregó al cocinero para que se los guisara, y se los comió convencida de que comía la carne de Blancanieves.
La pobre niña se encontró sola y abandonada en el inmenso bosque. Se moría de miedo, y el menor movimiento de las hojas de los árboles le daba un sobresalto. No sabiendo qué hacer, echó a correr por entre espinos y piedras puntiagudas, y los animales que allí habitaban pasaban saltando por su lado sin causarle el menor daño. Siguió corriendo mientras la llevaron los pies y hasta que se ocultó el sol. Entonces vio una casita y entró en ella para descansar.
Todo era diminuto en la casa, pero tan primoroso y limpio, que no hay palabras para describirlo. Había una mesita cubierta con un mantel blanquísimo, con siete minúsculos platos y siete vasos; y al lado de cada uno había su cucharilla, su cuchillo y su tenedor. Alineadas junto a la pared se veían siete camas pequeñas, con sábanas de inmaculada blancura.
Blancanieves, como estaba muy hambrienta, comió un poquito de legumbres y un bocadito de pan de cada plato, y bebió una gota de vino de cada copa, pues no quería tomarlo todo de uno solo. Luego, sintiéndose muy cansada, quiso echarse en una de las camas; pero ninguna era de su medida: resultaba demasiado larga o demasiado corta; hasta que, por fin, la séptima le vino bien; se acostó en ella, se encomendó a Dios y se quedó dormida.
Cerrada ya la noche, llegaron los dueños de la casa, que eran siete enanos que se dedicaban a excavar minerales en el monte. Encendieron sus siete lamparillas y, al iluminarse la habitación, vieron que alguien había entrado, pues las cosas no estaban en el orden en que ellos las habían dejado al marcharse.
Dijo el primero:
-¿Quién se sentó en mi silla?
El segundo:
-¿Quién ha comido de mi plato?
El tercero:
-¿Quién ha cortado un poco de mi pan?
El cuarto:
-¿Quién ha comido de mis verduras?
El quinto:
-¿Quién ha pinchado con mi tenedor?
El sexto:
-¿Quién ha cortado con mi cuchillo?
Y el séptimo:
-¿Quién ha bebido de mi vaso?
Luego, el primero, recorrió la habitación y, viendo un pequeño hueco en su cama, exclamó alarmado:
-¿Quién se ha subido en mi cama?
Acudieron corriendo los demás y exclamaron todos:
-¡Alguien estuvo echado en la mía!
Pero el séptimo, al examinar la suya, descubrió a Blancanieves, dormida en ella. Llamó entonces a los demás, los cuales acudieron presurosos y no pudieron reprimir sus exclamaciones de admiración cuando, acercando las siete lamparillas, vieron a la niña.
-¡Oh, Dios mío; oh, Dios mío! -decían-, ¡qué criatura más hermosa!
Y fue tal su alegría, que decidieron no despertarla, sino dejar que siguiera durmiendo en la camita. El séptimo enano se acostó junto a sus compañeros, una hora con cada uno, y así transcurrió la noche. Al clarear el día se despertó Blancanieves y, al ver a los siete enanos, tuvo un sobresalto. Pero ellos la saludaron afablemente y le preguntaron:
-¿Cómo te llamas?
-Me llamo Blancanieves -respondió ella.
-¿Y cómo llegaste a nuestra casa? -siguieron preguntando los hombrecillos. Entonces ella les contó que su madrastra había dado orden de matarla, pero que el cazador le había perdonado la vida, y ella había estado corriendo todo el día, hasta que, al atardecer, encontró la casa.
Dijeron los enanos:
-¿Quieres cuidar de nuestra casa? ¿Cocinar, hacer las camas, lavar, remendar la ropa y mantenerlo todo ordenado y limpio? Si es así, puedes quedarte con nosotros y nada te faltará.
-¡Sí! -exclamó Blancanieves-. Con mucho gusto -y se quedó con ellos.
A partir de entonces, cuidaba la casa con todo esmero. Por la mañana, ellos salían a la montaña en busca de mineral y oro, y al regresar, por la tarde, encontraban la comida preparada. Durante el día, la niña se quedaba sola, y los buenos enanos le advirtieron:
-Guárdate de tu madrastra, que no tardará en saber que estás aquí. ¡No dejes entrar a nadie!
La Reina, entretanto, desde que creía haberse comido los pulmones y el hígado de Blancanieves, vivía segura de volver a ser la primera en belleza. Se acercó un día al espejo y le preguntó:
"Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?". Y respondió el espejo:
"Señora Reina, eres aquí como una estrella; pero mora en la montaña, con los enanos, Blancanieves, que es mil veces más bella".
La Reina se sobresaltó, pues sabía que el espejo jamás mentía, y se dio cuenta de que el cazador la había engañado, y que Blancanieves no estaba muerta. Pensó entonces en otra manera de deshacerse de ella, pues mientras hubiese en el país alguien que la superase en belleza, la envidia no la dejaría reposar. Finalmente, ideó un medio. Se tiznó la cara y se vistió como una vieja buhonera, quedando completamente desconocida.
Así disfrazada se dirigió a las siete montañas y, llamando a la puerta de los siete enanitos, gritó:
-¡Vendo cosas buenas y bonitas!
Se asomó Blancanieves a la ventana y le dijo:
-¡Buenos días, buena mujer! ¿Qué traes para vender?
-Cosas finas, cosas finas -respondió la Reina-. Lazos de todos los colores -y sacó uno trenzado de seda multicolor.
"Bien puedo dejar entrar a esta pobre mujer", pensó Blancanieves y, abriendo la puerta, compró el primoroso lacito.
-¡Qué linda eres, niña! -exclamó la vieja-. Ven, que yo misma te pondré el lazo.
Blancanieves, sin sospechar nada, se puso delante de la vendedora para que le atase la cinta alrededor del cuello, pero la bruja lo hizo tan bruscamente y apretando tanto, que a la niña se le cortó la respiración y cayó como muerta.
-¡Ahora ya no eres la más hermosa! -dijo la madrastra, y se alejó precipitadamente.
Al cabo de poco rato, ya anochecido, regresaron los siete enanos. Imagínense el susto cuando vieron tendida en el suelo a su querida Blancanieves, sin moverse, como muerta. Corrieron a incorporarla y viendo que el lazo le apretaba el cuello, se apresuraron a cortarlo. La niña comenzó a respirar levemente, y poco a poco fue volviendo en sí. Al oír los enanos lo que había sucedido, le dijeron:
-La vieja vendedora no era otra que la malvada Reina. Guárdate muy bien de dejar entrar a nadie, mientras nosotros estemos ausentes.
La mala mujer, al llegar a palacio, corrió ante el espejo y le preguntó:
"Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?". Y respondió el espejo, como la vez anterior:
"Señora Reina, eres aquí como una estrella; pero mora en la montaña, con los enanitos, Blancanieves, que es mil veces más bella".
Al oírlo, del despecho, toda la sangre le afluyó al corazón, pues supo que Blancanieves continuaba viviendo. "Esta vez -se dijo- idearé una trampa de la que no te escaparás", y, valiéndose de las artes diabólicas en que era maestra, fabricó un peine envenenado. Luego volvió a disfrazarse, adoptando también la figura de una vieja, y se fue a las montañas y llamó a la puerta de los siete enanos.
-¡Buena mercancía para vender! -gritó.
Blancanieves, asomándose a la ventana, le dijo:
-Sigue tu camino, que no puedo abrirle a nadie.
-¡Al menos podrás mirar lo que traigo! -respondió la vieja y, sacando el peine, lo levantó en el aire. Pero le gustó tanto el peine a la niña que, olvidándose de todas las advertencias, abrió la puerta.
Cuando se pusieron de acuerdo sobre el precio dijo la vieja:
-Ven que te peinaré como Dios manda.
La pobrecilla, no pensando nada malo, dejó hacer a la vieja; mas apenas hubo ésta clavado el peine en el cabello, el veneno produjo su efecto y la niña se desplomó.
-¡Modelo de belleza -exclamó la malvada bruja-, ahora sí que estás lista! -y se marchó.
Pero, afortunadamente, faltaba poco para la noche, y los enanitos no tardaron en regresar. Al encontrar a Blancanieves inanimada en el suelo, enseguida sospecharon de la madrastra y, buscando, descubrieron el peine envenenado. Se lo quitaron rápidamente y, al momento, volvió la niña en sí y les explicó lo ocurrido. Ellos le advirtieron de nuevo que debía estar alerta y no abrir la puerta a nadie.
La Reina, de regreso en palacio, fue directamente a su espejo:
"Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?". Y como las veces anteriores, respondió el espejo, al fin:
"Señora Reina, eres aquí como una estrella; pero mora en la montaña, con los enanitos, Blancanieves, que es mil veces más bella".
Al oír estas palabras del espejo, la malvada bruja se puso a temblar de rabia.
-¡Blancanieves morirá -gritó-, aunque me haya de costar a mí la vida!
Y, bajando a una cámara secreta donde nadie tenía acceso sino ella, preparó una manzana con un veneno de lo más poderoso. Por fuera era preciosa, blanca y sonrosada, capaz de hacer la boca agua a cualquiera que la viese. Pero un solo bocado de uno de los lados significaba la muerte segura. Cuando tuvo preparada la manzana, se pintó nuevamente la cara, se vistió de campesina y se encaminó a las siete montañas, a la casa de los siete enanos. Llamó a la puerta. Blancanieves asomó la cabeza a la ventana y dijo:
-No debo abrir a nadie; los siete enanitos me lo han prohibido.
-Como quieras -respondió la campesina-. Pero yo quiero deshacerme de mis manzanas. Mira, te regalo una.
-No -contestó la niña-, no puedo aceptar nada.
-¿Temes acaso que te envenene? -dijo la vieja riendo-. Fíjate, corto la manzana en dos mitades: tú te comes la parte roja, y yo la blanca.
La fruta estaba preparada de modo que sólo el lado encarnado tenía veneno. Blancanieves miraba la fruta con ojos codiciosos, y cuando vio que la campesina la comía, ya no pudo resistir. Alargó la mano y tomó la mitad envenenada. Pero no bien se hubo metido en la boca el primer trocito, cayó en el suelo, muerta. La Reina la contempló con una mirada de rencor, y, echándose a reír, dijo:
-¡Blanca como la nieve; roja como la sangre; negra como el ébano! Esta vez, no te resucitarán los enanos.
Y cuando, al llegar a palacio, preguntó al espejo:
"Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?". Le respondió el espejo, al fin:
"Señora Reina, eres la más hermosa en todo el país".
Sólo entonces se aquietó su envidioso corazón, suponiendo que un corazón envidioso pudiera aquietarse.

Los enanitos, al volver a su casa aquella noche, encontraron a Blancanieves tendida en el suelo, sin que de sus labios saliera el hálito más leve. Estaba muerta. La levantaron, miraron si tenía encima algún objeto emponzoñado, la desabrocharon, le peinaron el pelo, la lavaron con agua y vino, pero todo fue inútil. La pobre niña estaba muerta y bien muerta. La colocaron en un ataúd, y los siete, sentándose alrededor, la estuvieron llorando por espacio de tres días. Luego pensaron en darle sepultura; pero viendo que el cuerpo se conservaba lozano, como el de una persona viva, y que sus mejillas seguían sonrosadas, dijeron:
-No podemos enterrarla en el seno de la negra tierra -y mandaron fabricar una caja de cristal transparente que permitiese verla desde todos los lados. La colocaron en ella y grabaron su nombre con letras de oro: "Princesa Blancanieves". Después transportaron el ataúd a la cumbre de la montaña, y uno de ellos, por turno, estaba siempre allí velándola. Y hasta los animales acudieron a llorar a Blancanieves: primero, una lechuza; luego, un cuervo y, finalmente, una paloma.
Y así estuvo Blancanieves mucho tiempo, reposando en su ataúd, sin descomponerse, como dormida, pues seguía siendo blanca como la nieve, roja como la sangre y con el cabello negro como ébano. Sucedió, entonces, que un príncipe que se había metido en el bosque se dirigió a la casa de los enanos, para pasar la noche. Vio en la montaña el ataúd que contenía a la hermosa Blancanieves y leyó la inscripción grabada con letras de oro. Dijo entonces a los enanos:
-Denme el ataúd, pagaré por él lo que me pidan.
Pero los enanos contestaron:
-Ni por todo el oro del mundo lo venderíamos.
-En tal caso, regálenmelo -propuso el príncipe-, pues ya no podré vivir sin ver a Blancanieves. La honraré y reverenciaré como a lo que más quiero.
Al oír estas palabras, los hombrecillos sintieron compasión del príncipe y le regalaron el féretro. El príncipe mandó que sus criados lo transportasen en hombros. Pero ocurrió que en el camino tropezaron contra una mata, y de la sacudida saltó de la garganta de Blancanieves el bocado de la manzana envenenada, que todavía tenía atragantado. Y, al poco rato, la princesa abrió los ojos y recobró la vida.
Levantó la tapa del ataúd, se incorporó y dijo:
-¡Dios Santo!, ¿dónde estoy?
Y el príncipe le respondió, loco de alegría:
-Estás conmigo -y, después de explicarle todo lo ocurrido, le dijo:
-Te quiero más que a nadie en el mundo. Ven al castillo de mi padre y serás mi esposa.
Accedió Blancanieves y se marchó con él al palacio, donde enseguida se dispuso la boda, que debía celebrarse con gran magnificencia y esplendor.
A la fiesta fue invitada también la malvada madrastra de Blancanieves. Una vez que se hubo ataviado con sus vestidos más lujosos, fue al espejo y le preguntó:
"Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?". Y respondió el espejo:
"Señora Reina, eres aquí como una estrella, pero la reina joven es mil veces más bella".
La malvada mujer soltó una palabrota y tuvo tal sobresalto, que quedó como fuera de sí. Su primer propósito fue no ir a la boda. Pero la inquietud la roía, y no pudo resistir al deseo de ver a aquella joven reina. Al entrar en el salón reconoció a Blancanieves, y fue tal su espanto y pasmo, que se quedó clavada en el suelo sin poder moverse. Pero habían puesto ya al fuego unas zapatillas de hierro y estaban incandescentes. Tomándolas con tenazas, la obligaron a ponérselas, y hubo de bailar con ellas hasta que cayó muerta.