jueves, 19 de enero de 2017


¿POR QUÉ EL MAR ES SALADO?
(Cuento popular de Finalndia)
(Ilustración: Macarena Ortega)
(Fuente: Internet - http://www.macarenaortega.com)



Hace muchos años, tantos que sólo el mar se acuerda, una tempestad azotó durante semanas las costas de Finlandia.
Jan, un hombre humilde, no podía salir a pescar: su barca estaba varada en la playa y él miraba el oleaje cada vez con mayor preocupación. Como ya no tenía con qué alimentar a su familia, fue a visitar a un primo suyo, muy rico, para pedirle ayuda. Pero el primo no le dejó ni siquiera entrar en su casa, le arrojó un hueso de vaca y le cerró la puerta sin atender a sus razones.
Jan se internó en el bosque, pensando en cómo podría conseguir comida para su mujer y sus siete hijos.
De pronto, oyó a unos leñadores que cortaban madera y se acercó a ellos.
- ¿Podrían ayudarme a conseguir comida? Soy pescador pero ahora es imposible salir a faenar. Mi mujer y mis hijos morirán de hambre si no llevo algo a casa…
- Ve a ver al ogro Hesi y dale ese hueso que llevas – contestaron los leñadores -. Sigue el camino que tiene astillas y llegarás a su castillo. ¡Ah!, se nos olvidaba aclararte lo más importante: pídele el molino mágico que está sobre la chimenea. Con él nunca te faltará comida.
Jan caminó largo rato siguiendo el rastro de las astillas hasta divisar las torres del castillo. Eran tan altas que rozaban las nubes. A medida que Jan se acercaba, el castillo parecía crecer hasta alcanzar proporciones mágicas. La puerta principal era tan grande que a Jan le dio miedo llamar.
Desde dentro, una voz grave preguntó:
- ¿Quién está en la puerta?
- Soy Jan, que vengo a visitarte.
- ¡Pasa! – ordenó la voz.
Hesi estaba sentado en medio del enorme salón principal. Su alborotado pelo rojizo y su larga varaba asustaron aún más al pobre Jan.
El ogro era tan grande, tan gordo y sus ojos tan amarillos que Jan quiso salir huyendo. Peor recordó las necesidades que estaba pasando su familia y se sobrepuso a su miedo.
- ¿Qué te trae por acá?
- Vengo a saludarte-respondió Jan mientras le entregaba el hueso de vaca.
El ogro abrió su bocota y con su único diente devoró rápidamente el hueso.
- Me gustan las visitas. Cuando alguien viene a visitarme, doy una recompensa. ¿Qué prefieres? ¿Oro o plata?
- Ni uno ni otra. Dame el molino que está sobre la chimenea y te prometo que vendré a visitarte cada semana.
Hesi suspiró…
- Llévate el molino, pero antes debes saber que no es un molino cualquiera: es mágico. Con sólo decir “muele, molinito, muele”, te dará cuanto quieras. Cuando tengas bastante, dile “basta, molinito, basta”, y se detendrá. No lo olvides. Y ahora vete antes de que me arrepienta.
Jan se encaminó hacia su casa y , el llegar mostró el regalo de Hesi a su familia. Ante los ojos de su mujer y de sus siete hijos, hizo la prueba:
- ¡Muele, molinito, muele!
El molino empezó a girar y de él salieron hogazas, huevos, leche, carne, fruta y verduras. La familia nunca había visto tanta y tan apetitosa comida.
Cuando Jan sintió que era suficiente, dijo:
- ¡Basta, molinito, basta!
Y, de inmediato, el molino  paró.
El primo rico y egoísta, que pasaba por ahí, había visto funcional el molino a través de una ventana y no pudo evitar entrar en la casa y preguntar:
- ¿Sólo se le tiene que decir “muele, molinito, muele”?
Tomando el molino, dijo que se lo llevaba y que al día siguiente lo devolvería porque su familia también tenía hambre.
A la mañana siguiente, el tiempo mejoró y el primo rico fue a la playa, colocó el molino dentro de su barca y comenzó a navegar. Cuando estaba lejos de la costa, echó las redes y las sacó repletas de peces.
Volvió a echarlas y otra vez las sacó repletas. Tomó el molino entre sus manos y gritó:
- ¡Muele, molinito, muele! Quiero mucha sal para salar mi pescado.
Y el molino empezó a girar y a echar sal. El primo se frotaba las manos mientras el molino seguía echando sal. Pronto, su sonrisa se tornó en un gesto preocupado.
- ¡Para, molino, para! ¡No des más vueltas, molino! ¡Basta, basta! ¡Descansa, molino!
Pero todo era inútil. El primo rico no sabía la fórmula exacta para conseguir que el molino dejara de funcionar.
La barca pesaba mucho y empezó a hundirse. El molinito cayó al fondo del mar y ahí sigue, dando vueltas y echando grandes cantidades de sal.
Y esta es la razón por la cual el agua del mar es salada.

Fin.





sábado, 31 de diciembre de 2016


LAS TRES CABRAS
(Adaptación del cuento clásico de Noruega)
(Ilustraciones - Fuente:  Internet)



Había una vez tres cabras macho de la misma familia: una pequeña e inexperta cabritilla, su padre de mediana edad y mediano tamaño, y el abuelo que era una cabra grande y muy lista que lo sabía todo.

Las tres cabras se querían mucho, se protegían, y siempre iban de aquí para allá en grupo, muy juntitas para no perderse por el monte y defenderse en caso de apuros.

Un día, a primera hora de la mañana, salieron a comer hierba al mismo lugar de siempre, pero cuando llegaron al prado descubrieron que el pasto fresco había desaparecido. Husmearon a fondo el terreno pero nada… ¡No había ni una sola brizna de hierba verde y crujiente que llevarse a la boca!

El abuelo miró al horizonte pensativo. Su familia necesitaba comer y como jefe del clan tenía que encontrar una solución al grave problema.
Un par de minutos después, dio con ella: no quedaba más remedio que atravesar el puente de piedra sobre el río para llegar a las colinas que estaban al otro lado de la orilla.

– ¡Tenemos que intentarlo! Jamás he estado allí, ni siquiera cuando era un chaval, pero recuerdo muy bien las historias que contaban mis antepasados sobre lo abundante y   riquísima que es la hierba  en ese lugar.

Si el abuelo pensaba que era lo mejor, no había más que decir. Sin rechistar, las dos cabras le siguieron hasta al puente. Desgraciadamente, ninguna se imaginaba  que estaba custodiado  por un horrible y malvado trol que no dejaba pasar a nadie.

La más pequeña y alocada estaba ansiosa y quiso ser la primera en cruzar. Cuando había recorrido casi la mitad, apareció ante ella el espantoso monstruo  ¡La pobre se dio un susto que a punto estuvo de caerse al río!

– ¡¿A dónde crees que vas?!

– Voy al otro lado del río en busca de hierba fresca para comer.

– ¡De eso nada, monada! ¡Este puente es mío! ¡Yo también estoy muerto de hambre, así que pienso devorarte ahora mismo de un bocado!

A la cabrita le temblaba hasta el hocico, pero fue capaz de improvisar algo ocurrente para que el trol no la atacara.

– ¡Señor, espere un momento! Soy demasiado pequeña para saciar su apetito y no le serviré de mucho. Detrás de mí viene una cabra que es bastante más grande que yo ¡Le aseguro que si me deja pasar y aguarda unos segundos, podrá comprobarlo!

El ogro tenía tanta hambre que pensó que no podía perder la oportunidad de darse un banquete mejor.

– ¡Está bien, cruza! ¡Ya veremos si me dices la verdad!

La cabrita siguió su camino y se puso a salvo.
Mientras tanto su padre, la cabra mediana, llegó al puente. Comenzó a cruzarlo tranquilamente pero a mitad de trayecto el trol apareció ante sus narices.

– ¡¿A dónde crees que vas?!

– Voy al otro lado del río en busca de hierba fresca para comer.

– ¡De eso nada, monada! ¡Este puente es mío! ¡Yo también estoy muerto de hambre, así que pienso devorarte ahora mismo de un bocado!

La cabra mediana, paralizada por el miedo, intentó hablar pausadamente para que  el monstruo no notara su nerviosismo.

– Sé que estás deseando zamparme, pero si me dejas cruzar verás que detrás de mí viene una cabra mucho más grande que yo ¡Créeme cuando te digo que merece la pena esperar!

El trol estaba empezando a perder la paciencia.

– ¡Está bien! ¿Por qué comerte a ti cuando puedo llenarme la tripa con una cabra el doble de grande que tú? Espero que sea cierto lo que dices ¡Pasa antes de que me arrepienta!

La cabra mediana aceleró el paso sin echar la vista atrás y alcanzó la otra orilla.

La cabra mayor cruzaba el puente con ese garbo y seguridad que dan los años cuando, a medio  camino, le asaltó el trol. Por la cara de pocos amigos que tenía parecía dispuesto a capturarla para saciar su apetito.

– ¡¿A dónde crees que vas?!

– Voy al otro lado del río en busca de hierba fresca para comer.

– ¡De eso nada, monada! ¡Este puente es mío! ¡Yo también estoy muerto de hambre, así que pienso devorarte ahora mismo de un bocado!

¡Esta vez el trol no sabía con quien se la estaba jugando! La cabra, valiente como ninguna, se estiró, infló el pecho y con voz profunda le dijo:

– ¿Me estás amenazando? ¡No me hagas reír! ¡Tú eres el que debe tener miedo de mí!

El trol sonrió con chulería y le replicó en tono burlón:

– Sé que no vas a comerme, cabra estúpida, porque vosotras las cabras sólo tragáis hierba a todas horas ¡Menudo asco! ¡Debéis tener los dientes verdes de tanto mascar clorofila!

La cabra se enfureció. Apretando las mandíbulas de la rabia que le entró,  miró fijamente a los ojos saltones del trol y le gritó:

– ¡No, no voy a comerte, pero sí voy a mandarte muy lejos de aquí para que dejes de molestar!

Antes de que pudiera reaccionar, saltó sobre él y le pisoteó con sus finas pero fuertes patas. Después, lo levantó con los cuernos y lo lanzo al aire. El trol salió disparado como un dardo, cayó al agua, y como no sabía nadar la corriente se lo llevó a tierras lejanas para siempre.

El abuelo cabra se quedó mirando al infinito hasta asegurarse de que desaparecía de su vista. Después, muy digno, se atusó las barbas y continuó con paso firme sobre el puente.

Al reencontrarse con su hijo y su nieto, los tres se abrazaron. Se habían salvado gracias al ingenio y a la complicidad que existía entre ellos. Muy felices, se fueron canturreando y dando saltitos hacia las verdes colinas para atiborrarse de la hierba deliciosa que las cubría.

Fin.