viernes, 9 de mayo de 2014


 EL DIABLO Y SU ABUELA
(Cuento popular anónimo)
(Ilustraciones: Alex Pelayo  
Fuente: 
http://www.cachumbambe.com)

Cuentan que hace mucho tiempo hubo una gran guerra para la cual el Rey había reclutado muchas tropas. Pero les pagaba muy poco a los soldados, y no podían vivir de ello, así que tres hombres decidieron desertar.
El primer soldado dijo:

-Si nos atrapan, nos ahorcarán. ¿Cómo podremos escapar?

El segundo respondió:

-¿Ven aquel gran campo de trigo? Si nos ocultamos en él, nadie nos encontrará. 

El ejército no puede entrar allí, y mañana temprano se marchará.
Entonces con mucho cuidado y sin que nadie los vea, se metieron en el trigal; pero la tropa no se marchó a la mañana siguiente, contra lo previsto, continuó acampando por aquellos alrededores.
Los desertores permanecieron ocultos durante dos días con sus noches, sintiendo que estaban a punto de morir de hambre. Y si salían, su muerte era segura.
Entonces, dijo uno de los soldados:

-¡De qué nos ha servido desertar, nos vamos a morir aquí miserablemente!

Inesperadamente llegó volando por los aires y escupiendo fuego, un dragón que se posó junto a ellos y les preguntó por qué se habían ocultado allí.
Los soldados asustados le respondieron:

-Somos soldados, y hemos desertado por lo escaso de la paga. Pero si continuamos aquí, moriremos de hambre; y si salimos, nos ahorcarán.

-Si están dispuestos a servirme por espacio de siete años -dijo el dragón- los conduciré a través del ejército de manera que no sean vistos por nadie.

-No tenemos otra alternativa. Aceptamos ­ - respondieron los soldados.

El dragón los cogió con sus garras y los elevó por los aires, volando por encima del ejército,  y cuando volaron una gran distancia el dragón los bajó al suelo. Pero lo que los soldados no sabían era que aquel dragón era el diablo disfrazado. 
Entonces el dragón les dio un látigo y les dijo:

-Hagan restallar este látigo, y caerá tanto dinero como pidan. Podrán vivir como grandes señores, tener caballos e ir en coche. Pero cuando hayan pasado los siete años, serán míos.

Luego sacó un libro rojo muy grande, lo abrió y los obligó a firmar en él.

-De todos modos -les dijo el dragón -, antes de llevármelos les plantearé un acertijo, y si son capaces de descifrarlo, quedarán libres, y ya ningún poder tendré sobre ustedes, pero si no lo adivinan, me los llevaré para siempre.

El dragón se alejó volando, y ellos, haciendo restallar el látigo, enseguida tuvieron dinero en abundancia.
Encargaron lujosos vestidos y se fueron a recorrer mundo. En todas partes vivían muy bien, tenían caballos y coches, comían y bebían, pero sin hacer nunca nada malo.

Pasó el tiempo rápidamente, y cuando ya los sietes años llegaban a su fin, dos de ellos empezaron a sentirse angustiados y temerosos. El tercero, en cambio, se lo tomaba a broma, diciendo:

-No teman, hermanos; yo no soy tonto y adivinaré el acertijo.

Los dos soldados preocupados salieron al campo y se sentaron sobre una roca al lado del camino, estaban muy tristes. El tercer soldado, en cambio, se sentó también con ellos pero se veía optimista y alegre.
De pronto pasó por ahí una vieja y les preguntó el motivo de su tristeza.

-¡Bah! ¿Para qué contárselo? Tampoco podrá arreglar nada.

-¿Quién sabe? -respondió la vieja-. ¡Tal vez pueda ayudar!

Los dos soldados le contaron todo a la vieja, que habían sido criados del diablo por espacio de casi siete años, recibiendo de él dinero a chorros; mas para ello habían debido firmar en un gran libro que le pertenecían y se le entregarían si, transcurridos los siete años, no lograban descifrar un enigma que él les propondría.
Dijo entonces la vieja:

-Si quieren que los ayude, uno de ustedes debe irse al bosque. Llegará a un muro de rocas derruido, que tiene el aspecto de una casita. Que entre allí y hallará el remedio.

Los dos pesimistas pensaron: «Esto no nos ha de salvar», y siguieron sentados. Pero el tercero, siempre animoso, se puso en camino, bosque adentro, hasta que llegó a la choza de piedras. En su interior había una mujer más vieja que Matusalén, que era la abuela del diablo, y al ver al hombre le preguntó de dónde venía y qué quería.

El joven le contó todo lo que le había ocurrido, y, como le fue simpático a la vieja, ésta se compadeció de él y le dijo que estaba dispuesta a ayudarlo. Apartando una gran piedra que cerraba la entrada de una bodega le dijo:

-Escóndete aquí -le ordenó-; podrás oír todo lo que hablemos mi nieto y yo; tú permaneces quieto, sin moverte ni chistar. Cuando llegue el dragón, le preguntaré por el enigma y me lo dirá todo. Escucha bien sus respuestas por que no las volverá a repetir.

A las doce de la noche llegó el dragón volando y pidió la cena. La abuela puso la mesa y sirvió las viandas y bebidas, procurando satisfacerlo.
Ella también, se sentó a comer con su nieto  y comieron y bebieron juntos. Durante la conversación, la abuela le preguntó cómo había pasado el día y cuántas almas había conquistado.

-Hoy he tenido mala pata -respondió el diablo-; pero hay tres soldados que no se me escaparán.

-¡Ah, tres soldados! -replicó la vieja-. Esos no son tontos, aún se te pueden escapar.

Pero el diablo dijo, irónico:

-Son míos y no se escaparán porque les plantearé un acertijo que jamás serán capaces de descifrar.

-¿Y qué acertijo es? -preguntó ella.

-Te lo diré: "En el Mar del Norte hay un caballo marino muerto, que será su asado; y el costillaje de una ballena será su cuchara de plata; y un viejo casco de caballo hueco será su copa de vino". – y al decir esto, se rió con una risa macabra y espantosa.

Cuando el diablo se acostó, quitó la abuela la piedra, dejando salir al soldado.

-¿Tomaste buena nota de todo? – le dijo en un susurro.

-Sí -respondió él-. Me acuerdo de cada palabra.

Luego de agradecerle se marchó por la ventana y fue a reunirse con sus amigos por un camino distinto, a toda prisa. Cuando llegó hasta ellos, les contó cómo el diablo había sido engañado por su abuela y cómo había oído, de sus propios labios, la solución del acertijo.

Los tres soldados se pusieron muy contentos y, haciendo restallar el látigo, acumularon tanto dinero que se les saltaba por el suelo.
En el momento en que terminaban los siete años, se presentó el diablo con su libro y, les mostró  sus firmas diciendo:

-Voy a llevarlos al infierno conmigo, donde se celebrará un banquete. Si son capaces de adivinar el asado que se les servirá, quedarán libres, y, además, podrán quedarse con el látigo.
Respondió el primer soldado:


-En el Mar del Norte hay un caballo marino muerto. Éste será el asado.

El diablo se irritó y refunfuñando  preguntó al segundo:

-¿Y cuál será vuestra cuchara?

-El costillaje de una ballena, ésa será nuestra cuchara de plata.

Torció el diablo el gesto y, volviendo a refunfuñar se dirigió al tercero:

-¿Saben también cuál ha de ser vuestra copa de vino?

-Un viejo casco de caballo, ésa será nuestra copa de vino.

Al oír esto, el diablo soltó una palabrota y desapareció , perdió todo poder sobre ellos.

Cuentan que los soldados se quedaron con el látigo, con el cual tuvieron una vida cómoda y  feliz por el resto de sus días.

Fin.

sábado, 5 de abril de 2014


RICITOS DE ORO Y LOS TRES OSOS

(Cuento de los hermanos Grimm)
(Ilustraciones – Fuente: Internet)

En medio de un bonito y florido bosque, había una preciosa casa en la que vivían 3 osos: Papá oso, mamá osa y el pequeño osito. Un día tras hacer las camas, limpiar la casa y hacer la sopa para la cena, los tres ositos fueron a pasear por el bosque.

Mientras los ositos estaban caminado por el bosque, una niña llamada Ricitos de Oro salió a pasear y recoger flores frescas.
En su camino encontró una casa muy hermosa. Se acercó atraída por su belleza y se asomó por la ventana. Todo parecía muy ordenado y limpio y olvidándose de la buena educación que su madre le había enseñado, la niña decidió entrar. Al ver la casa tan acogedora, Ricitos de Oro curioseó todo lo que pudo. Pero al cabo de un rato sintió hambre gracias al olor que venía de los platos con sopa puestos en la mesa. Se acercó y vio que habían tres tazones. Uno grande, uno mediano y otro pequeño. Y otra vez sin hacer caso a la educación que le habían enseñado, la niña se lanzó a probar la sopa. Comenzó por el tazón grande, pero al probarlo, sintió la sopa demasiado caliente. Probó el mediano y le pareció que la sopa estaba demasiado fría. Por  último probó el tazón más pequeño y la sopa estaba como a ella le gustaba. Entonces sin aguantar el antojo se la tomó toda.

Cuando se terminó la sopa, Ricitos de Oro vio tres sillas que se veían muy cómodas. Una grande, una mediana y otra pequeña. La niña quiso probarlas y se subió a la silla grande pero estaba demasiado dura parra ella. Luego se sentó en la silla mediana y le pareció demasiado blanda. Y decidió sentarse en la silla  más pequeña que le resultó comodísima. Pero la sillita no estaba acostumbrada a llevar tanto peso y poco a poco el asiendo fue cediendo y se rompió. Ricitos de Oro terminó sentada en el suelo.

Es entonces que decide subir a la habitación de arriba y al entrar se queda asombrada al ver las tres camas que habían allí. Una grande, una mediana y otra pequeña. Probó la cama grande pero era muy alta y dura. La cama mediana estaba muy baja y blanda y la cama pequeña era tan mullidita y cómoda que se quedó totalmente dormida.

Mientras Ricitos de Oro dormía profundamente, llegaron los 3 ositos a la casa y nada más al entrar el oso grande vio su cuchara dentro de el tazón y dijo:

- ¡Alguien ha probado mi sopa!

Mamá osa también vio su cuchara dentro del tazón y dijo:

- ¡Alguien ha probado mi sopa!

Y el osito pequeño dijo con voz apesadumbrada:
- ¡Alguien ha probado mi sopa y se la ha tomado toda!

Luego pasaron al salón y papá oso dijo:

- ¡Alguien se ha sentado en mi silla!

Mamá osa dijo :

- ¡Alguien se ha sentado en mi silla!

Y el osito pequeño dijo con vos chillona:

- ¡Alguien se ha sentado en mi silla y la ha roto!

Al ver que allí no había nadie, decidieron subir a la habitación y ver si el ladrón de su comida se encontraba todavía en el interior de la casa. Al entrar papá oso dijo:

- ¡Alguien se ha acostado en mi cama!

Mamá osa dijo:

- ¡Alguien se ha acostado en mi cama!

Y el osito pequeño dijo asombrado:

- ¡Alguien se ha acostado en mi cama …y todavía sigue ahí!

Entonces los tres osos se acercaron a la cama del osito y observaron a Ricitos de Oro, que en sueños oía las voces pensando que eran en su imaginación. De pronto Ricitos de Oro abrió los ojos y de un salto salió de la cama mientras los osos la observaban, y salió corriendo asustada hacia su casa sin parar a mirar hacia atrás un solo instante.

Desde ese día Ricitos de Oro juró nunca volver a entrar en casa ajena y menos aún sin pedir permiso.

Fin.