martes, 11 de febrero de 2014

LA MONTAÑA DONDE SE ABANDONABAN A LOS ANCIANOS
(Cuento popular de Japón)
(Ilustración - Fuente: Internet)
Había una vez, hace mucho, mucho tiempo, una pequeña región montañosa dónde tenían la costumbre de abandonar a los ancianos al pie de un monte lejano. Creían que cuando se cumplían los sesenta años dejaban de ser útiles, por lo que no podían preocuparse más de ellos. 

En una pequeña casa de un pueblecito perdido, había un campesino que acababa de cumplir los sesenta años. Durante todos estos años había cuidado la tierra, se había casado y había tenido un hijo. Después había enviudado y su hijo también se casó, dándole dos preciosos nietos. A su hijo le dio mucha pena, pero no podía desobedecer las estrictas órdenes que le había dado su señor. Así que se acercó a su padre y le dijo:

- Padre, los siento mucho, pero el señor de estas tierras nos ha ordenado que debemos llevar a la montaña todos los mayores de sesenta años. 

- Tranquilo hijo, lo entiendo. Debes hacer lo que el señor diga -, contestó el anciano lleno de tristeza.

Así que el joven se cargó al viejo a la espalda, ya que a su padre ya le era difícil caminar por el bosque, e inició el viaje hacia las montañas. Mientras iban caminando, el joven se fijo que su padre dejaba caer pequeñas ramas que iba rompiendo. El joven creyó que quería marcar el camino para poder volver a casa pero cuando le preguntó, el anciano le dijo: 

- No lo estoy haciendo para mi, hijo. Vamos a un lugar lejano y escondido, y sería un desastre que te desorientases y no pudieses volver. Así que he pensado que si iba dejando ramitas por el camino seguro que no te perderías.
Al oír estas palabras el joven se emocionó con la generosidad de su padre. Pero continuó caminando porqué no podía desobedecer al señor de esas tierras.
 
Cuando finalmente llegaron al pie de la montaña, el hijo, con el corazón hecho pedazos, dejó allí a su padre. Para volver decidió utilizar otra ruta, pero se hacía de noche y no conseguía encontrar el camino de vuelta. Así que retrocedió sobre sus pasos y cuando llegó junto a su padre le rogó que le indicara por dónde tenía que ir. Se volvió a cargar a su padre a la espalda y, siguiendo las indicaciones del anciano, empezó a cruzar el valle por el que habían venido.
 Gracias a las ramitas rotas que el viejo había dejado por el camino, pudieron llegar a su casa. Toda la familia se puso muy contenta cuando vieron de nuevo al anciano. Entonces, el joven decidió esconderlo debajo los tablones del suelo de su cabaña para que nadie lo viese y no le obligasen a llevárselo otra vez. El señor del país, que era bastante caprichoso, a veces pedía a sus súbditos que hiciesen cosas muy difíciles. Un día, reunió a todos los campesinos del pueblo y les dijo:

- Quiero que cada uno de vosotros me traiga una cuerda tejida con ceniza.
Todos los campesinos se quedaron muy preocupados. ¿Cómo podían tejer una cuerda con ceniza? ¡Era imposible! El joven campesino volvió a su casa y le pidió consejo a su padre, que continuaba escondido bajo los tablones.

- Mira -, le explicó el anciano-, lo que tienes que hacer es trenzar una cuerda apretando mucho los hilos. Luego debes quemarla hasta que solo queden cenizas.
El joven hizo lo que su padre le había aconsejado y llevó la cuerda de ceniza a su señor. Nadie más había conseguido cumplir con la difícil tarea. Así que el joven campesino recibió muchas felicitaciones y alabanzas de su señor.

Otro día, el señor volvió a convocar a los hombres de la aldea. Esta vez les ordenó a todos llevarle una concha atravesada por un hilo. El joven campesino se volvió a desesperar. ¡No sabía cómo se podía atravesar una concha! Así que, cuando llegó a casa, volvió a preguntar a su padre lo que debía hacer y éste le contestó:

- Coge una concha y orienta su punta hacia la luz- explicó el anciano-. Después coge un hilo y engánchale un grano de arroz. Entonces dale el grano de arroz a una hormiga y haz que camine sobre la superficie de la concha. Así conseguirás que el hilo pase de un lado al otro de la concha. El hijo siguió las instrucciones de su padre y así pudo llevar la concha ante el señor de esas tierras. El señor se quedó muy impresionado:

- Estoy orgulloso de tener gente tan inteligente como tu en mis tierras. ¿Como es que eres tan sabio? – le preguntó el señor.
El joven decidió contestarle toda la verdad:

- Veréis señor, debo ser sincero. Yo debería haber abandonado a mi padre porqué ya era mayor, pero me dio pena y no lo hice. Las tareas que nos encomendó eran tan difíciles que solo se me ocurrió preguntar a mi padre. Él me explicó como debía hacerlo y yo os he traído los resultados. 
Cuando el señor escuchó toda la historia, se quedó impresionado y se dio cuenta de la sabiduría de las personas mayores. Por eso se levantó y dijo: 

- Este campesino y su padre me han demostrado el valor de las personas mayores. Debemos tenerles respeto y por eso, a partir de ahora, ningún anciano deberá ser abandonado. Y a partir de entonces los ancianos del pueblo mayores de 60 años continuaron viviendo con sus familias,  ayudándolos con la sabiduría que habían acumulado a lo largo de toda su vida.


martes, 7 de enero de 2014

EL TIGRE, EL SABIO Y EL CHACAL
(Cuento popular indio)
(Ilustraciones - Fuente : Internet)
En un pueblo de la India había un tigre que por las noches se metía en los corrales y se comía los corderos y las ovejas de la gente.

Un día, consiguieron encerrarlo en una jaula de bambú y la gente se quedó tranquila, porque ya no podría atacar a sus animales. 

Un día pasó un viejo sabio cerca de la jaula. El tigre le dijo que tenía mucha sed y le suplicó que lo dejara salir para ir a beber al río. 



- Si te libero, me comerás – dijo el viejo sabio.



- No viejo sabio, no te comeré. Todo lo contrario, te estaré muy agradecido y te obedeceré en todo. Sólo iré a beber agua al río y volveré a mi jaula. Te lo prometo. 



El sabio se quedó pensativo por unos momentos. Pensó que el tigre decía la verdad y le abrió la jaula.
Entonces, el tigre, que estaba más hambriento que sediento, saltó sobre el sabio con la boca abierta mientras le decía: 



- ¡Oh! viejo sabio, has sido muy inocente con dejarme salir. ¡Ahora te comeré!



- No es justo, esto! Yo te he liberado y ahora tu me quieres comer! Me has prometido que no lo harías. Hemos hecho un pacto. ¡No es justo!



- Sí que es justo. ¡Tengo derecho a comerte! – replicó el tigre.



- Pero yo he confiado en ti – respondió el sabio - Haremos una cosa. Preguntaremos a los tres primeros seres vivos que pasen por aquí si es justo que me comas. Si todos dicen que si, no pondré resistencia y me podrás comer. Pero si sólo uno de ellos dijera que no es justo, no me tocarás ni un pelo! 



- Ummm.... De acuerdo – dijo el tigre. Pero que sea rápido, eh? Que tengo mucha hambre. 



Por allí pasaba un buey. El sabio y el tigre se le acercaron.



- Hola, amigo buey. Tenemos una duda y te la queremos consultar. Este tigre estaba prisionero en una jaula y me ha pedido que lo liberara para ir a beber agua. Me prometió que no me comería, pero después de liberarlo quiere comerme. Crees que es justo? 



- Cuando era joven, trabajaba de sol a sol en el campo. Tiraba de la carreta todo el día, para que mi amo labrara el campo. Pero ahora que soy viejo, me ha echado de casa porque ya no sirvo para trabajar. Los hombres no son justos…Tigre, te lo puedes comer.



La boca del tigre se llenó de saliva. No lo pudo evitar y volvió a saltar sobre el viejo. ¡Tenía mucha, mucha hambre!



-¡Un momento! – dijo el sabio - Hemos acordado que le preguntaríamos a tres seres vivos y este era solo el primero. 



- De acuerdo, de acuerdo - dijo el tigre - Pero vayamos rápido, ¡que hace días que no como nada! 



Entonces pasaron por debajo de un mango. El sabio se dirigió a él:
- Amigo mango. ¿Tú piensas que es justo que este tigre me coma después que lo haya liberado de una jaula donde estaba preso? Me prometió que no lo haría y ahora me quiere comer ¿Tu que opinas?

El mango hizo un movimiento con las ramas y contestó:



- A los hombres les gusto en primavera y en verano, cuando comen mis frutos y vienen a yacer bajo mis ramas para dormir. Pero en invierno, me cortan las ramas y me calan fuego. No me hables de justicia. Yo creo que estás en tu derecho de comértelo, tigre. 



Nuevamente, el tigre saltó sobre el viejo sabio. Pero este le recordó que sólo le habían preguntado a dos seres y que todavía faltaba uno. 


Entonces se cruzaron con un chacal. Cuando le plantearon la duda, el chacal dijo: 



- Uff…. pues es que soy un poco tonto y no puedo imaginar las cosas si no las veo. 



- Es muy fácil - dijo el tigre - Yo estaba encerrado en una jaula de bambú…



- ¿En una jaula?- lo interrumpió el chaca - Y cómo era?



- ¡Pues una jaula de bambú normal!

como cualquier jaula – dijo el tigre que comenzaba a impacientarse.

- Es que si no la veo, no los podré ayudar – respondió el chacal.



Entonces se dirigieron a hacia la jaula y el sabio se la mostró. 



- El tigre estaba encerrado en esta jaula y me pidió que lo liberara 
- explicó 
el sabio.


- ¿Encerrado? ¿Encerrado cómo?- preguntó el chacal



- ¡Mira que llegas a ser tonto, chacal! ¡Estaba dentro de la jaula con la puerta cerrada!

- Pero,  ¿encerrado? ¿cómo encerrado? – preguntó nuevamente el chacal.

- Si que eres un tonto y un bruto chacal, encerrado ¡así! dijo el tigre mientras entraba en la jaula y cerraba la puerta. 

Y se quedó encerrado otra vez. 



– ¡Ostras! ¡Estoy otra vez encerrado! ¡Ábranme  la puerta, déjenme salir!!! – exclamaba el tigre sin parar. 



- Bueno tigre, ahora si que puedo imaginar como estabas. Espero que nunca seas tan tonto como yo - dijo el chacal.


Y él y el sabio se alejaron de la jaula dejando encerrado al tigre para siempre.