miércoles, 12 de septiembre de 2018

LA OCA DE ORO
(Cuento de los hermanos Grimm)
(Ilustración  Laura Plaza Fernández)
(Fuente: https://www.domestika.org/es/lauraplaza)



Había una vez un hombre que tenía tres hijos, al tercero de los cuales llamaban "El zoquete," que era menospreciado y blanco de las burlas de todos. Un día el hermano el mayor quiso ir al bosque a cortar leña; su madre le dio una torta de huevos muy buena y sabrosa y una botella de vino, para que no pasara hambre ni sed. Al llegar al bosque se encontró con un hombrecillo de pelo gris y muy viejo, que lo saludó cortésmente y le dijo: 

- Dame un pedacito de tu torta y un sorbo de tu vino. Tengo hambre y sed. 


El listo mozo respondió: 


- Si te doy de mi torta y de mi vino apenas me quedará para mí; sigue tu camino y déjame.


Dejó plantado al viejo  y siguió adelante. El mozo se puso a cortar un árbol, y al poco rato pegó un hachazo en falso y el hacha se le clavó en el brazo, por lo que tuvo que regresar a su casa a que lo vendasen. Con esta herida pagó su conducta con el hombrecillo. 

Partió luego el segundo para el bosque, y, como al mayor, su madre lo proveyó de una torta y una botella de vino. También le salió al paso el viejecito gris, y le pidió un pedazo de torta y un trago de vino. Pero también el hijo segundo le replicó con displicencia: 


- Lo que te diese me lo quitaría a mí;  ¡sigue tu camino! 


Y dejando plantado al anciano, se alejó. No se hizo esperar el castigo. Apenas había asestado un par de hachazos a un tronco cuando se hirió en una pierna, y hubo que conducirlo a su casa. 

Dijo entonces "El zoquete": 


- Padre, déjame ir al bosque a buscar leña. 


- Tus hermanos se han lastimado -le contestó el padre-; no te metas tú en esto, pues no entiendes nada. 


Pero el chico insistió tanto, que, al fin,  su padre le dijo: 


-Vete, pues, si te empeñas; a fuerza de golpes ganarás experiencia. 
Le dio la madre una torta amasada con agua y cocida en las cenizas. y una botella de cerveza agria. Cuando llegó al bosque se encontró igualmente con el hombrecillo gris, el cual lo saludó y dijo: 


- Dame un poco de tu torta y un trago de lo que llevas en la botella, pues tengo hambre y sed. 


- No llevo sino una torta cocida en la ceniza y cerveza agria -le respondió "El zoquete"-; si te conformas, sentémonos y comeremos. 


Y se sentaron. Y he aquí que cuando el mozo sacó la torta, resultó ser un magnífico pastel de huevos, y la cerveza agria se había convertido en un vino excelente. 


- Puesto que tienes buen corazón y eres generoso, te daré suerte. ¿Ves aquel viejo árbol de allí? Pues córtalo; encontrarás algo en la raíz -. 


Y con estas palabras, el hombrecillo se despidió. 
"El zoquete" se encaminó al árbol, lo derribó a hachazos, y al caer apareció en la raíz una oca de plumas de oro puro. Se la llevó consigo y entró en una posada para pasar la noche. El dueño tenía tres hijas, que, al ver la oca, sintieron por ella una gran curiosidad, y el deseo de poseer una de sus plumas de oro. La mayor pensó: "Será mucho que encuentre una oportunidad para arrancarle una pluma," y en el momento en que el muchacho salió de su cuarto, sujetó la oca por un ala; pero los dedos y la mano se le quedaron pegados a ella. Pronto acudió la segunda, con la idea de llevarse también una pluma de oro; pero ni bien tocó a su hermana quedó pegada a ella. Finalmente, fue la tercera con idéntico propósito, y las otras le gritaron: 


- ¡Apártate, por Dios Santo, apártate! 


Pero ella no comprendiendo por qué debía apartarse y pensando que si sus hermanas estaban allí, también ella podía estar. Se acercó y, apenas hubo tocado a la segunda, quedó asimismo, pegada sin poder soltarse. Y así tuvieron que pasarse la noche pegadas a la oca. 


A la mañana, "El zoquete," cogiendo el animal bajo el brazo, emprendió el camino de su casa, sin preocuparse de las tres muchachas, que lo seguían pegadas a la oca. En medio del campo se encontraron con el señor cura, quien, al ver la al ver la comitiva, dijo: 


- ¿No os da vergüenza, descaradas, correr de este modo tras este joven en despoblado? ¿Os parece decente? 


Y sujetó a la menor por la mano con intención de separarla; pero ni bien la tocó, quedó a su vez enganchado y tuvo de participar también en la carrera. Al poco rato acertó a pasar el sacristán, y, al ver al señor cura que seguía a las muchachas, sorprendido dijo: 


- ¿Y pues, señor cura, adónde va tan de prisa? ¿Se ha olvidado de que hoy tenemos un bautizo? -y corriendo hacia él, lo cogió de la manga, quedando asimismo sujeto. Trotando así los cinco,  se topáron con dos labradores que, con sus azadones al hombro, regresaban del campo.  El cura los llamó pidiéndoles que lo desenganchasen, a él y al sacristán; pero ni bien hubieron tocado los hombres a este último, ¡quedaron también aprisionados! Y ya eran siete los que corrían en pos de "El zoquete" y su oca. 


Poco después llegaron a una ciudad, cuyo rey era padre de una hija tan seria y adusta, que nadie, había logrado hacerla reír. Por eso el Rey había hecho pregonar que daría la mano de la princesa al hombre que fuese capaz de provocar su risa. Al enterarse de ello, "El zoquete," arrastrando todo su séquito, se presentó ante  la hija del Rey, y al ver ella aquella hilera de siete personas corriendo sin parar una tras otra, se echó a reír tan fuerte y tan a gusto, que no podía cesar en sus carcajadas. Entonces "El zoquete" la pidió por esposa. Pero el Rey, al que no gustaba aquel yerno, opuso toda clase de objeciones, y, al fin, le dijo que antes debía traerle a un hombre capaz de beberse todo el vino que cabía en la bodega de palacio. Pensó el joven en el hombrecillo del bosque y fue a pedirle ayuda. Y he aquí que en el mismo lugar donde cortara el árbol vio sentado a un individuo en cuyo rostro se pintaba la aflicción. 

Le preguntó "El zoquete" el motivo de su pesar, y el otro le contestó: 

- Sufro de una sed terrible, que no puedo calmar de ningún modo. No puedo con el agua fría, y aunque me he bebido todo un tonel de vino, ¿qué es una gota sobre una piedra ardiente? 


- Yo puedo remediar esto -díjole el joven-. Vente conmigo y te prometo que beberás hasta reventar. 


Y diciendo esto, lo condujo a la bodega real, donde el hombre la emprendió, bebe que te bebe, con las voluminosas cubas, hasta que ya le dolían las caderas, y antes de que se hubiese terminado el día, había vaciado toda la bodega. 
"El zoquete" acudió nuevamente a reclamar su novia; pero el Rey, irritado al pensar que un mozalbete que todo el mundo tenía por tonto se hubiese de llevar a su hija, le puso una nueva condición. Antes debía encontrar a un hombre capaz de comerse una montaña de pan. No se lo pensó mucho el mozo, sino que se dirigió inmediatamente al bosque, y en el mismo lugar que antes, encontró a un hombre ocupado en apretarse el cinturón y que, con cara compungida, le dijo: 


- Me he comido toda una hornada de pan. Pero, ¿qué es esto para un hambre como la que yo tengo? Mi estómago sigue vacío, y no me queda más recurso que apretarme el cinturón para no morirme de hambre. 

Le dijo  "El zoquete" muy contento: 

- Vente conmigo y te vas a hartar de pan. 


Y lo llevó a la corte del Rey, el cual había mandado reunir toda la harina del reino y cocer con ella una enorme montaña de pan. El hombre del bosque se situó enfrente de ella, empezó a comer, y, al ponerse el sol, aquella enorme mole había desaparecido. Por tercera vez reclamó "El zoquete" a la princesa; pero el Rey, buscando todavía dilaciones, le exigió que le trajera un barco capaz de ir por tierra y por agua. 
-En cuanto llegues navegando en él -le dijo-, mi hija será tu esposa. 
Nuevamente se encaminó el muchacho al bosque, donde lo aguardaba el viejo hombrecillo gris con quien repartiera su torta, y que le dijo: 
- Para ti he comido y bebido, y ahora te daré el barco. Todo eso lo hago porque fuiste compasivo conmigo. 


Y le dio el barco que iba por tierra y por agua; y cuando el Rey lo vio, ya no pudo seguir negándose a entregarle a su hija. Es entonces que se celebró la boda y a la muerte del Rey, "El zoquete" heredó la corona, y durante largos años vivió feliz con su esposa.


Fin

jueves, 23 de agosto de 2018

EL PALACIO DE LOS MONOS
(Del libro el pájaro Belverde -  cuentos populares)
(De Italo Calvino)
 (Ilustraciones-Fuente: Internet)




Una vez hubo un Rey que tenía dos hijos mellizos: Juan y Antonio.
Como no se sabía bien quién de los dos había nacido antes, y en la corte circulaban versiones distintas, el Rey no sabía cuál de ellos le sucedería en el reinado, y dijo:

- Para no perjudicar a nadie, vayan por el mundo a buscar esposa, y aquella que me haga el regalo más lindo y raro, su esposo heredará la Corona.

Los mellizos montaron a caballo y tomaron por caminos diversos.

Dos días después, Juan llegó a una gran ciudad. Conoció a la hija de un Marqués y le habló del asunto del regalo. Ella le dio una cajita sellada para llevar al Rey y festejaron el compromiso oficial.
El Rey guardó la cajita sin abrirla, esperando el regalo de la esposa de Antonio.

Antonio cabalgaba y cabalgaba y no encontraba nunca una ciudad. Se hallaba en un bosque tupido, sin sendero, que parecía no tener fin y debía abrirse paso cortando los ramajes con la espada, cuando de repente se le abrió delante un claro, y en el fondo de ese claro había un palacio todo de mármol, con los vidrios todos resplandecientes. Antonio golpeó, ¿y quién le abrió la puerta?, pues un mono. Era un mono con librea de mayordomo; le hizo una reverencia y con una gesto de la mano lo invitó a entrar. Otros dos monos lo ayudaron a bajar del caballo, tomaron el caballo de la rienda y lo llevaron a la caballerza. Él entró en el palacio y subió una escalera de mármol cubierta de alfombras y en la balaustrada estaban encaramados muchos monos, que silenciosamente lo reverenciaron. Antonio entró en una sala preparada para jugar a las cartas. Un mono lo invitó a sentarse, otros monos se le sentaron a los costados, y Antonio comenzó a jugar con ellos. A una cierta hora le preguntaron por señas si quería comer. Lo acompañaron al comedor y en la mesa servida atendían monas con delantal, y los invitados eran todos monos con sombreros emplumados. Después lo acompañaron con antorchas a un dormitorio y lo dejaron para que durmiera.

Antonio, aunque alarmado y estupefacto, estaba tan cansado que se durmió. Pero en lo más lindo del sueño, una voz lo despertó en la oscuridad, llamando: 

- ¡Antonio!

- ¿Quién me llama? – dijo él, encogiéndose en la cama.

-Antonio, ¿qué viniste a buscar hasta aquí?

- Vine a buscar una esposa que haga al Rey un regalo más lindo que el de la esposa de Juan, de modo que la Corona me toque a mí.

- Si consientes en casarte conmigo, Antonio – dijo la voz en la oscuridad -. Tendrás el regalo más lindo y la corona.

- Entonces ¡casémonos! – dijo Antonio, con un hilo de voz.

- Bien, mañana envía una carta a tu padre.

Al día siguiente Antonio escribió al padre una carta, diciéndole que estaba bien y que volvería con la esposa. Se la dio a un mono que, saltando de un árbol al otro, llegó hasta la ciudad real. El Rey, aunque sorprendido por tan insólito mensajero, se alegró mucho por las buenas noticias y lo alojó al mono en el palacio.

A la noche siguiente, Antonio fue nuevamente despertado por una voz en la oscuridad:

-¡Antonio! ¿Sigues teniendo el mismo sentimiento?

Y él contestó:

-Por supuesto.

Y la voz dijo:

- ¡Bien! Mañana envía otra carta a tu padre.

Al día siguiente Antonio volvió a escribir al padre que estaba bien, y mandó la carta con un mono. El Rey retuvo también a este mono en el palacio.

Así todas las noches la voz preguntaba a Antonio si no había cambiado de parecer y le recomendaba que escribiera a su padre, y todos los días partía un mono con una carta para el Rey. Esta historia siguió durante un mes y la ciudad real, mientras tanto, estaba llena de monos: monos sobre los árboles, monos sobre los techos, monos sobre los monumentos. Los zapateros golpeaban los clavos con un mono sobre el hombro, que repetía el gesto, los cirujanos operaban mientras los monos les robaban los cuchillos y el hilo para coser a los enfermos, las señoras iban a pasear con un mono sentado sobre la sombrilla. El Rey ya no sabía que más hacer con tanto mono.

Pasado un mes, la voz en la oscuridad finalmente dijo: 

- Mañana iremos juntos a ver al Rey y nos casaremos.

A la mañana siguiente, Antonio bajó y frente a la puerta había una hermosísima carroza con un mono por cochero sentado delante y dos monos lacayos agarrados detrás. Y dentro de la carroza, entre almohadones de terciopelo, toda enjoyada, con un estupendo tocado de plumas de avestruz, ¿Quién estaba?, Una mona. Antonio se sentó a su lado y la carroza partió.


Al llegar a la ciudad del Rey, la gente abría paso a esa carroza tan extraordinaria y todos se quedaron apabullados por la sorpresa de ver que el Príncipe Antonio había tomado por esposa a una mona.

Y todos miraban al Rey que estaba esperando al hijo en la escalera del Palacio, para ver qué cara ponía.  El Rey no por nada era Rey; ni si quiera parpadeó, como si casarse con una mona fuera la cosa más natural del mundo. Dijo solamente:

- La eligió, tendrá que casarse. - La palabra del Rey es siempre palabra de Rey.

Y recibió de las manos de la mona una cajita sellada como aquella de la cuñada.

Las cajitas se abrirían recién a la mañana siguiente, día de la boda.
La mona fue acompañada a su habitación y quiso que la dejaran sola.

Al día siguiente Antonio fue a buscar a la novia. Entró y la mona estaba frente al espejo probándose el traje de novia. Dijo:

- ¡Mira a ver si te gusto! – Y se dio vuelta. Antonio se quedó sin habla: 
de mona que era, al darse vuelta se había transformado en una encantadora muchacha, de cabellos cobrizos, alta y con un donaire que daba gusto verla. Se frotó los ojos porque no podía convencerse, pero ella dijo:

- ¡Sí, soy realmente tu novia! – y se echaron uno en los brazos del otro.

Afuera una gran muchedumbre se había reunido alrededor del palacio para ver al Príncipe Antonio que se casaba con la mona, y cuando en cambio vieron salir del brazo de tan hermosa criatura, quedaron boquiabiertos. A lo largo de todo el trayecto hacían cortejo todos los monos, sobre las ramos, sobre los techos y sobre los alfeizares de las ventanas. Cuando pasó la pareja real, cada mono dio una vuelta  sobre sí mismos y en esa vuelta todos quedaron transformados: quién en dama con traje de cola, quién en caballero con el sombrero emplumado y el espadín, quién en fraile, quién en campesino, quién en paje. Y todos fueron a engrosar el cortejo que seguía a la pareja que iba a desposarse.

El Rey abrió las cajitas de los regalos. Abrió aquella de la esposa de Juan y dentro había un pajarito vivo que volaba, y realmente era un milagro que hubiese podido estar encerrado ahí todo ese tiempo; el pajarito tenía en el pico una nuez, y dentro de la nuez había un moño de oro.

Abrió la cajita de la esposa de Antonio y también allí había un pajarito vivo y el pajarito tenía en el pico un lagarto, que realmente no se entendía cómo hacía para estar allí, y el lagarto tenía en la boca una avellana que no se sabía cómo había entrado, y una vez abierta la avellana, apareció, bien dobladito un tul bordado por cien manos con hilos de plata y oro.

El Rey ya estaba por proclamar a Antonio su heredero, y Juan ya tenía la cara larga, pero la esposa de Antonio dijo:

-Antonio no necesitas del reino de su padre, ya tiene el reino que le traigo como dote, y que él, al casarse conmigo, liberó del hechizo que nos  había hecho a todos monos.  – Y todo el pueblo de monos, que ahora eran otra vez seres humanos, aclamó a Antonio como Rey. 
Juan heredó le reino del padre y todos vivieron en paz y en concordia.

Fin.