viernes, 1 de septiembre de 2017

LAS TRES NARANJITAS
(Cuento popular español)
(Ilustración - Fuente: Internet)

Érase una vez un hijo de rey que andaba buscando las tres naranjitas del amor. Las buscaba a caballo por todos los jardines que se encontraba, pero no había conseguido dar con ellas. Cuando preguntaba, en unos sitios le decían que nunca las habían visto y en otros que sí, pero que ya no quedaba ninguna; y él seguía buscando sin desmayo, hasta que un día llegó a otro jardín, donde salió a recibirle un jardinero y a él, como a todos los que encontrara anteriormente, le preguntó:

-¿Tiene usted noticia de las tres naranjitas del amor?

Y el jardinero le contestó:

-Sí que tengo, que hay tres en el árbol.

El hijo del rey no cupo en sí de gozo y se las compró y se fue con ellas.
Pero el camino de vuelta era muy largo, pues se había alejado mucho en la búsqueda, y al cabo de tanto cabalgar, el hijo del rey tuvo sed y decidió abrir una de las naranjitas; y cuando la abrió se encontró con que era una muchacha con un niño en brazos. La muchacha era muy hermosa y llevaba el pelo suelto y le dijo al hijo del rey:

-¿Tienes agua para lavarme, peine para peinarme y paño para secarme?

-No los tengo -dijo el hijo del rey.

Entonces la muchacha se convirtió en paloma y se marchó volando con el niño.
El hijo del rey quedó entristecido y guardó cuidadosamente las otras dos naranjas jurándose no volver a hacer uso de ellas hasta llegar a palacio; pero el camino era tan largo que la sed pudo más que él y decidió abrir la segunda naranja.
Cuando la abrió, apareció una muchacha aún más hermosa que la anterior, con un niño en brazos y el pelo suelto, que le dijo:

-¿Tienes agua para lavarme, peine para peinarme y paño para secarme?

-No los tengo -dijo el hijo del rey, y la muchacha se convirtió en paloma y echó a volar llevándose con ella al niño.

El hijo del rey se llenó de pesadumbre y estaba aún más triste que antes, pero siguió cabalgando con la esperanza de llegar pronto al palacio. Y estando de camino le ocurrió que llegó a un lugar donde le vendieron una vasija, un peine y un paño para secar.
Y otra vez tuvo mucha sed y se hallaba todavía a mucha distancia del castillo, pero esta vez encontró una fuente y bebió de ella. Y cuando hubo saciado la sed le entró una curiosidad irresistible por ver qué contenía la tercera naranja; así que la abrió y salió otra muchacha, ésta aún más bella que las anteriores, con un niño en brazos, que le dijo:

-¿Tienes agua para lavarme, peine para peinarme y paño para secarme?

Y el hijo del rey le dijo que sí, y le ofreció agua de la fuente en la vasija, el peine y el paño. Entonces ella le dijo:

-Pues contigo me he de casar.

Entonces el hijo del rey le dijo que él debía adelantarse a palacio para hablar con sus padres y preparar la boda y, apenas tuviera dadas las órdenes, volvería por ella para llevarla consigo. Y a ella le pareció bien y quedó esperando junto a la fuente.
Al cabo del rato llegó a la fuente una mujer mayor con un cántaro a recoger agua y al mirar al agua vio reflejado el rostro de la muchacha y creyendo que era el suyo se decía:

-Siendo yo tan guapa ¿por qué he de venir a recoger agua?

Hasta que vio a la muchacha y se enfadó a causa del engaño y le dijo a la muchacha:

-Baja, muchacha, que yo he de peinarte.

-No, no -decía la muchacha-, que ya estoy peinada.

Pero tanto porfiaba la mujer que al fin bajó y la otra, que era una bruja, empezó a peinarla y en éstas extrajo un alfiler de su bolso y se lo clavó en la cabeza.
Y nada más clavarle el alfiler, la muchacha se volvió paloma y echó a volar, pero dejándose el niño.
Entonces la mujer cogió al niño y se sentó a esperar al hijo del rey.
Volvió por fin el hijo del rey y se extrañó de ver a aquella mujer vieja y fea y le dijo:

-Con lo guapa que eras ¿cómo te has vuelto fea y arrugada?

-Pues ha sido del sol y del aire, pero soy la de siempre.Ya se me quitará y me quedaré como antes.

El hijo del rey se la llevó a palacio, pero no estaba nada convencido y ya no le gustaba aquella mujer a la que había dado su palabra. 
Y resultó que la paloma llegó un día al jardín del palacio y estaba revoloteando por allí cuando apareció el jardinero, y dirigiéndose a él, le preguntó:

-¡Jardinero del rey! ¿Cómo le va al niño con la reina mora?

Y el jardinero le contestó:

-Unas veces canta, otras veces llora.

Y la paloma dijo, levantando el vuelo:

-¡Y su triste madre por los campos sola!

Así sucedió un día y otro día hasta que el jardinero, extrañado, se lo dijo al hijo del rey y éste le encargó que preparase un lazo y atrapara a la paloma.
Y dicho y hecho, al otro día el jardinero se presentó con la paloma.
El hijo del rey la tomó en sus manos y la vio tan entristecida que comenzó a acariciarla; y la reina mora, su esposa, le decía:

-Déjala volar, deja que se vaya.

Pero el hijo del rey contestaba:

-No, no, pobre paloma.

Y le acariciaba la cabeza. Y al acariciársela, la paloma temblaba de dolor. Y volvió a acariciarle la cabeza y volvió a temblar de dolor, y así otras veces más ante la irritación de la reina mora.
Hasta que el hijo del rey dijo, palpándole la cabeza a la paloma:

-Pues ¿qué tiene aquí?, porque había topado con algo duro y, mirándolo bien, vio que era una cabeza de alfiler; tomándola con dos dedos, se la arrancó y en ese mismo momento se convirtió en la bella muchacha que había dejado en la fuente y la muchacha le contó todo lo que había sucedido. Y el rey casi se desmayó al saber que había estado haciendo vida con una bruja, pero en seguida la mandó prender, la sacaron al patio, cortaron mucha leña y allí mismo la quemaron.
De este modo el hijo del rey pudo casarse al fin con la muchacha y todos vivieron felices.

Fin.

martes, 27 de junio de 2017


LOS SIETE CONEJOS BLANCOS
(Cuento popular español)
(Ilustración - Fuente : Internet)




Había una vez un rey que tenía una hija muy hermosa a la que amaba con todo su corazón. Su esposa, la reina, había educado con mucho cariño y atención a la princesa y le había enseñado a coser y bordar de manera primorosa, por lo que la princesa disfrutaba muchísimo haciendo toda clase de labores.

La habitación de la princesa tenía un balcón que daba al campo. Un día se sentó a coser en él, como solía hacer a menudo; entre puntada y puntada contemplaba los magníficos campos que se extendían ante el castillo, los bosques y las colinas, cuando, de pronto, vio venir a siete conejos blancos que hicieron una rueda bajo su balcón. Estaba tan entretenida y admirada observando a los conejos que, en un descuido, se le cayó el dedal; uno de los conejos lo cogió con la boca y todos deshicieron la rueda y echaron a correr hasta que los perdió de vista.

Al día siguiente volvió a ponerse a coser en el balcón y, al cabo del rato, vio que llegaban los siete conejos blancos y que formaban una rueda bajo ella. Y al inclinarse para verlos mejor, a la princesa se le cayó una cinta, la cogió uno de los conejos con la boca y todos echaron a correr otra vez hasta que se perdieron de vista.

Al día siguiente volvió a ocurrirle lo mismo, pero esta vez lo que perdió fueron las tijeras de costura.
Y después de las tijeras fueron un carrete de hilo, un cordón de seda, un alfiletero, una peineta... Y a partir de entonces los conejos ya no volvieron a aparecer más.

Como los conejos ya no volvían, por más que ella saliera todos los días al balcón, la princesa acabó enfermando de tristeza y la metieron en cama y sus padres creyeron que se moría. Pero el rey la quería tanto que mandó llamar a los médicos más famosos, y cuando éstos confesaron que no sabían qué clase de enfermedad tenía la princesa, mandó echar un pregón anunciando que la princesa estaba enferma de una enfermedad desconocida y que cualquier persona que tuviera confianza en poder curarla acudiera de inmediato a palacio; y a quien la curase le ofrecía, si era mujer, una gran cantidad de dinero, y si era hombre sin impedimento para casarse, la mano de su hija.

Mucha gente acudió al pregón del rey, pero nadie supo curar
 a la princesa, que languidecía sin remedio.
Un día, una madre y una hija que vivían en un pueblo cercano, determinaron acercarse a palacio para ver si lograban curar a la princesa, pues ambas se dedicaban a la herboristería y confiaban en que, con su conocimiento de todas las plantas del reino, alguna fórmula encontrarían para poderla sanar. Conque se pusieron en camino.

Iban de camino cuando decidieron ganar tiempo tomando un atajo; y cuando iban por el atajo, decidieron hacer un alto para comer y descansar un poco. Pero quiso la suerte que, al sacar el pan, se les cayera rodando por la loma en cuyo alto habían tomado asiento y las dos, sin dudarlo, corrieron tras él hasta que lo vieron caer dentro de un agujero que había al pie de la loma. Llegaron hasta él y, al agacharse para recuperarlo, vieron que el agujero comunicaba con una gran cueva que estaba iluminada por dentro. 

Mirando por el agujero, vieron una mesa puesta con siete sillas y, poco tiempo después, vieron a siete conejos blancos que entraron en la cueva y, quitándose el pellejo, se convirtieron en siete príncipes y los siete se sentaron alrededor de la mesa.

Entonces oyeron a uno de ellos decir, mientras cogía un dedal de la mesa:

-Éste es el dedal de la princesa. ¡Quién la tuviera aquí!

Y a otro:

-Ésta es la cinta de la princesa. ¡Quién la tuviera aquí!

Y a otro:

-Éstas son las tijeras de la princesa. ¡Quién la tuviera aquí!

Y así sucesivamente, uno tras otro, hasta hablar los siete.
Las dos mujeres se retiraron prudentemente y sin hacer ruido, pero antes de alejarse se fijaron en que no lejos del agujero había una puerta muy bien disimulada entre la maleza.

Entonces se apresuraron a llegar a palacio y, una vez allí, pidieron ver a la princesa. La princesa estaba acostada y ya no deseaba ver a nadie más, pero las dos mujeres empezaron a hablar con ella y le contaron quiénes eran y a qué se dedicaban y, por fin, le contaron el viaje que habían hecho y, contándole el viaje, le relataron la misteriosa escena de la cueva y los siete conejos blancos.

En este punto, la princesa se enderezó en su cama y pidió que le trajeran algo de comer. Y el rey, al enterarse, fue inmediatamente a su habitación muy contento, pues era la primera vez que la princesa quería comer desde que cayera enferma.

-Padre -le dijo la princesa-, ya me voy a curar, pero me tengo que ir con estas señoras.

-¡Eso no puede ser! -protestó el rey-. ¡Aún estás demasiado débil!

-Pues así ha de ser -dijo la princesa, obstinada.

Y el rey comprendió que no tenía más remedio que ceder y ordenó que preparasen su coche.
Partieron en seguida las tres y, a la mitad del camino, allí donde las mujeres le dijeran, la princesa ordenó detener el coche y las tres se apearon para buscar la cueva, que se hallaba bastante apartada del camino. Por fin llegaron al agujero y a la puerta disimulada y miraron por uno y otra, pero no veían nada y la noche comenzaba a echárseles encima en aquel paraje. Tanto oscureció que las tres acordaron volver al día siguiente a la misma hora con la esperanza de tener mejor fortuna, cuando, de pronto, vieron que se iluminaba el interior de la cueva y vieron también a los siete conejos blancos, que se despojaban de sus pellejos y se convertían en príncipes.

Los siete se sentaron a la mesa y volvieron a repetir lo que las dos mujeres ya habían oído:

-Éste es el dedal de la princesa. ¡Quién la tuviera aquí!
Y el siguiente:

-Ésta es la cinta de la princesa. ¡Quién la tuviera aquí!
Hasta el último:

-Ésta es la peineta de la princesa. ¡Quién la tuviera aquí!

Entonces la princesa dio un empujón a la puerta, entró y dijo:

-Pues aquí me tenéis.

Y escogió al que más le gustaba de todos; y a las dos mujeres que tanto la habían ayudado y a los otros seis príncipes les pidió que la acompañaran al palacio porque todos quedaban invitados a la boda.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.


Fin.