viernes, 19 de junio de 2015

LOS TRES CERDITOS
(Cuento popular)
(Ilustraciones-Fuente: Internet)



Había una vez tres cerditos que eran hermanos que vivían en una cabaña pequeñita en el corazón del bosque. Un día su mamá los llamó y les dijo:

- Hijitos, en esta pequeña casa ya no entramos todos juntos así que ha llegado el momento de que ustedes hagan sus propias casas.

Los tres cerditos aceptaron pero antes de partir su mamá les dijo:

- ¡No olviden, deben tener mucho cuidado con el lobo!

- No te preocupes mamita, lo tendremos- contestaron y después de llenarla de besos partieron.

De pronto llegaron a un claro en el bosque, cerca de al río y es ahí donde deciden construir sus casitas.

-La mía será de paja - dijo el más pequeño de los cerditos-, la paja es blanda y se puede sujetar con facilidad . Terminaré muy pronto y podré ir a jugar.

El hermano mediano decidió hacer su casa de madera:

-Puedo encontrar un montón de madera por los alrededores (explicó a sus hermanos), construiré mi casa en un santiamén con todos estos troncos y me iré también a jugar.

Pero el hermano mayor no estaba de acuerdo, así que él decidió construir su casa con ladrillos.

- Aunque me cueste mucho esfuerzo, será muy fuerte y resistente, y dentro estaré a salvo del lobo. Le pondré una chimenea para asar zanahorias y preparar deliciosos caldos.

Cuando las tres casitas estuvieron terminadas, los cerditos cantaban y bailaban en la puerta, felices por haber acabado con el problema.

El lobo los había estado observando a lo lejos mientras pensaba: “A uno me lo como estofado, al otro lo meteré al horno y con el tercero preparé un sabroso caldo”, mientras se relamía y salivaba.

Entonces esperó el momento indicado hasta que por fin llegó.
Una mañana el cerdito menor estaba jugando por los alrededores cuando vio venir al lobo. Rápidamente se metió a su casa de paja y cerró la puerta.

El lobo se acercó y tocó mientras decía:

- ¡Ábreme la puerta!

- ¡No te voy a abrir la puerta lobo malo! – contestó el cerdito aterrado. 

El lobo dijo:

- Si no me abres, ¡soplaré y soplaré y tu casa derrumbaré!

- No importa mi casa es resistente, sopla lo que quieras.

Entonces el lobo tomo aire y sopló con todas sus fuerzas y la casa del pobre cerdito salió volando por los aires con cerdito y todo.

El cerdito menor cayó en el pasto y se levantó del jardín como pudo y comenzó a correr a la casa de su segundo hermano, el que había hecho su casa de madera.

 -¡Nos comerá el Lobo Feroz! ¡Entremos a tu casa!-gritaba el cerdito alertando a su hermano. Pronto los dos estaban metidos en la casa temblando y el lobo toco y dijo:

- ¡Ábranme la puerta!

- ¡No te vamos a abrir la puerta lobo malo! – contestaron los cerditos asustados. Entonces el lobo dijo:

- Si no me abren, ¡soplaré y soplaré y su casa derrumbaré!

- No importa esta casa es resistente, sopla lo que quieras.

Entonces el lobo tomo aires y sopló muy fuerte tirando por los aires la casa de madera con los cerditos incluidos.

Cayeron sobre el pasto y como pudieron se levantaron y fueron corriendo a la casa del tercer hermano, el que había hecho su casa de ladrillos.

 -¡Nos comerá el Lobo Feroz! ¡Entremos a tu casa!-gritaban los cerditos alertando a su hermano mayor. Pronto los tres estaban metidos en la casa temblando y el lobo toco y dijo:

- ¡Ábranme la puerta!

- ¡No te vamos a abrir la puerta lobo malo! – contestaron los cerditos asustados. Entonces el lobo dijo:

- Si no me abren, ¡soplaré y soplaré y su casa derrumbaré!

- No importa, esta casa es resistente, sopla lo que quieras.

Entonces el lobo como ya había tirado dos casas no le pareció mala idea seguir soplando, así que tomo aire y sopló muy fuerte, pero la casa no se movió. Volvió a tomar aire y volvió a soplar pero nada, la casa no se movía.

Le dio tanta rabia que comenzó a gritar:

- ¡Esta casa no se mueve! ¿Que hago ahora?- Entonces revisando la casa notó que en el techo había una chimenea, así que dijo:

- ¡Por ahí me meteré!

Trepó por la pared y se metió por la chimenea. Se deslizó hacia abajo... Y cayó ¡Plafff! en el caldero donde el cerdito mayor estaba hirviendo sopa de nabos. Escaldado y con el estómago vacío salió huyendo de aquel lugar y escapó de allí dando unos terribles aullidos que se oyeron en todo el bosque. Y mientras corría juró nunca más acercarse a los tres cerditos, ¡Nunca!

Los dos cerditos entonces construyeron sus casas de ladrillos y el hermano mayor los ayudó y dicen que vivieron muy felices en el bosque.

Fin.



lunes, 11 de mayo de 2015

LA VAQUITA PARDA

(Cuento del libro "Cuentos populares Rusos I" de Aleksandr Nikolaevich Afanasev)

(Ilustración: Isabel Hojas - http://tierradehojas.blogspot.com)
(Fuente: Internet)


Éranse en un reino un zar y una zarina que tenían una hija llamada María. Cuando
la zarina murió, el zar se casó al poco tiempo con una mujer llamada Yaguichno. 
De este segundo matrimonio tuvo tres hijas; la mayor La madrastra no quería bien a su hijastra María, y un día la vistió con un vestido viejo y sucio, le dio una corteza de pan duro y la envió al campo a apacentar una vaquita parda.

La zarevna condujo a la vaquita a una pradera verde, entró en la vaca por una oreja y salió por la otra, ya comida, bebida, lavada y engalanada.
Limpia y arreglada como una zarevna, cuidó todo el día de la vaquita, y cuando el sol se puso María se quitó su vestido de gala, vistió su traje andrajoso, volvió a casa con la vaquita y guardó el pedazo de pan duro en el cajón de la mesa.

‘¿Qué es lo que habrá comido?’, Pensó la madrastra. Al día siguiente Yaguichno dio a su hijastra la misma corteza de pan duro y la envió a apacentar la vaquita; pero hizo que la acompañase su hija mayor, la que tenía un solo ojo, a la que antes de marcharse dijo:

— Observa, hija mía, qué es lo que come y bebe María, la cual vuelve saciada sin haber probado el pan que le doy.

Llegadas las muchachas a la pradera, María dijo a su hermana:

— Ven, hermanita; siéntate a mi lado y apoya tu cabeza sobre mis rodillas, que te voy a peinar.

Y cuando apoyó la cabeza en sus rodillas, peinándola, dijo:

— No mires, hermanita; cierra tu ojito; duerme, hermanita mía, duerme, querida.

Cuando la hermana se durmió, María se levantó, se acercó a la vaquita, entró en ella por una oreja, salió por la otra comida, bebida y bien vestida, y todo el día, engalanada como una zarevna, cuidó de la vaquita.
Cuando empezó a obscurecer, María se cambió de traje y despertó a su hermana, diciéndole:

— Levántate, hermanita; levántate, querida; es hora ya de volver a casa.

‘¡Qué lástima! — Pensó entre sí la muchacha—. He dormido todo el día, no he visto lo que ha comido y bebido María y ahora no sabré lo que decir a mi madre cuando me pregunte.’
Apenas llegaron a casa, Yaguichno preguntó a su hija: 

— ¿Qué es lo que ha comido y bebido María?

— ¡Yo no he visto nada, madre! — Respondió la hija.

La madre la riñó, y a la mañana siguiente envió a su segunda hija, la que tenía dos ojos.

— Ve, hija mía, y mira bien qué es lo que come y bebe María.

Cuando llegaron al campo María dijo a su hermana:

— Ven aquí; siéntate a mi lado y apoya tu cabeza sobre mis rodillas, que te voy a hacer la trenza.

Y cuando apoyó su cabeza María dijo:

— Cierra, hermanita, un ojo; cierra el otro también. Duerme, hermana, duerme, querida mía.

La hermana cerró los ojos y se durmió hasta la noche y, por consiguiente, no pudo ver nada.

El tercer día, Yaguichno envió a su tercera hija, la que tenía tres ojos, diciéndole:

— Observa bien qué es lo que come y bebe María Zarevna y cuéntamelo todo.

Llegaron las dos a la pradera para apacentar a la vaquita parda, y María dijo a su hermana:

— ¿Quieres que te peine y te haga las trenzas?

— Házmelas, hermanita.

— Pues siéntate a mi lado y descansa tu cabeza sobre mis rodillas.

Cuando tomó esta postura, María Zarevna pronunció las mismas palabras de siempre.

— Cierra, hermanita, un ojo; cierra el otro también. Duerme, hermana, duerme, querida mía.

Pero olvidó por completo el tercer ojo; así que dos ojos dormían, pero el tercero observaba todo lo que María Zarevna hacía. Ésta se arrimó a la vaquita, entró en ella por una oreja y salió por la otra, comida, bebida y bien vestida.

Apenas se escondió el Sol, María se cambió de vestido y despertó a su hermana:

— Levántate, hermanita, que es ya hora de volver a casa.

Llegaron a casa y María escondió su corteza seca de pan en el cajón de la mesa.

— ¿Qué es lo que ha comido María? — Preguntó a su hija la madrastra.

La hija contó a su madre todo lo que había visto; entonces ésta llamó al cocinero y le dio orden de matar inmediatamente a la vaquita parda. El cocinero obedeció y María Zarevna le suplicó:

— Abuelito, dame, por lo menos, el rabo de la vaquita.

El viejo se lo dio; ella lo plantó en la tierra, y en poco tiempo creció un arbolito con unos frutos muy dulces, en el que se posaban muchos pájaros que cantaban canciones muy bonitas.

Un zarevich llamado Iván, oyendo hablar de las virtudes y belleza de la zarevna María, se presentó un día a la madrastra, y poniendo un gran plato sobre la mesa, le dijo:

— La muchacha que me llene de fruta este plato se casará conmigo.

La madrastra envió a su hija mayor a coger la fruta; pero los pájaros no la dejaban acercarse al árbol y por poco le quitan el único ojo que tenía. Envió a las otras dos hijas; pero éstas tampoco pudieron coger un solo fruto.

Finalmente, fue María Zarevna, y apenas se acercó con el plato al árbol y empezó a coger frutos, los pájaros se pusieron a ayudarla, y mientras ella cogía uno, los pajaritos le tiraban al plato dos o tres.

En un momento estuvo el plato lleno. María Zarevna puso entonces el plato sobre la mesa e hizo una reverencia al zarevich.
Prepararon la boda, se casaron, tuvieron grandes fiestas y vivieron muchos años muy felices y contentos.

Fin.