jueves, 19 de marzo de 2020


 El anillo del Rey
(Cuento Sufi)
(Ilustraciones Lucía Mimbela) 
(Fuente: Instagram: @papayit.a)

Una vez un rey citó a todos los sabios de la corte, y les informó:

- "He mandado hacer un precioso anillo con un diamante, con uno de los mejores orfebres de la zona. Quiero guardar, oculto dentro del anillo, algunas palabras que puedan ayudarme en los momentos difíciles. Un mensaje al que yo pueda acudir en momentos de desesperación total. Me gustaría que ese mensaje ayude en el futuro a mis herederos y a los hijos de mis herederos. Tiene que ser pequeño, de tal forma que quepa debajo del diamante de mi anillo".

Todos aquellos que escucharon los deseos del rey, eran grandes sabios, eruditos que podían haber escrito grandes tratados… pero ¿pensar un mensaje que contuviera dos o tres palabras y que cupiera debajo de un diamante de un anillo? Muy difícil. Igualmente pensaron, y buscaron en sus libros de filosofía por muchas horas, sin encontrar nada en que ajustara a los deseos del poderoso rey.

El rey tenía muy próximo a él, un sirviente muy querido. Este hombre, que había sido también sirviente de su padre, y había cuidado de él cuando su madre había muerto, era tratado como la familia y gozaba del respeto de todos.

El rey, por esos motivos, también lo consultó. Y éste le dijo:

- “No soy un sabio, ni un erudito, ni un académico, pero conozco el mensaje”

- "¿Como lo sabes preguntó el rey”?

- “Durante mi larga vida en Palacio, me he encontrado con todo tipo de gente, y en una oportunidad me encontré con un maestro. Era un invitado de tu padre, y yo estuve a su servicio. Cuando nos dejó, yo lo acompañe hasta la puerta para despedirlo y como gesto de agradecimiento me dio este mensaje”.

En ese momento el anciano escribió en un diminuto papel el mencionado mensaje. Lo dobló y se lo entregó al rey.

- “Pero no lo leas", dijo. "Mantenlo guardado en el anillo. Ábrelo sólo cuando no encuentres salida en una situación”.

Ese momento no tardó en llegar, el país fue invadido y su reino se vio amenazado.

Estaba huyendo a caballo para salvar su vida, mientras sus enemigos lo perseguían. Estaba solo, y los perseguidores eran numerosos. En un momento, llegó a un lugar donde el camino se acababa, y frente a él había un precipicio y un profundo valle.

Caer por el, sería fatal. No podía volver atrás, porque el enemigo le cerraba el camino. Podía escuchar el trote de los caballos, las voces, la proximidad del enemigo.

Fue entonces cuando recordó lo del anillo. Sacó el papel, lo abrió y allí encontró un pequeño mensaje tremendamente valioso para el momento...

Simplemente decía “ESTO TAMBIEN PASARÁ”.

En ese momento fue consciente que se cernía sobre él, un gran silencio.

Los enemigos que lo perseguían debían haberse perdido en el bosque, o debían haberse equivocado de camino. Pero lo cierto es que lo rodeó un inmenso silencio. Ya no se sentía el trotar de los caballos.

El rey se sintió profundamente agradecido al sirviente y al maestro desconocido. Esas palabras habían resultado milagrosas. Dobló el papel, volvió a guardarlo en el anillo, reunió nuevamente su ejército y reconquistó su reinado.

Ese día en que estaba victorioso, en la ciudad hubo una gran celebración con música y baile…y el rey se sentía muy orgulloso de sí mismo.

En ese momento, nuevamente el anciano estaba a su lado y le dijo:

- “Apreciado rey, ha llegado el momento de que leas nuevamente el mensaje del anillo”

- “¿Qué quieres decir?”, preguntó el rey. “Ahora estoy viviendo una situación de euforia, las personas celebran mi retorno, hemos vencido al enemigo”.

- “Escucha”, dijo el anciano. “Este mensaje no es solamente para situaciones desesperadas, también es para situaciones placenteras. No es sólo para cuando te sientes derrotado, también lo es para cuando te sientas victorioso. No es sólo para cuando eres el último, sino también para cuando eres el primero”.

El rey abrió el anillo y leyó el mensaje... “ESTO TAMBIEN PASARÁ”

Y, nuevamente sintió la misma paz, el mismo silencio, en medio de la muchedumbre que celebraba y bailaba. Pero el orgullo, el ego había desaparecido. El rey pudo terminar de comprender el mensaje. Lo malo era tan transitorio como lo bueno.

Entonces el anciano le dijo:

- “Recuerda que todo pasa. Ningún acontecimiento ni ninguna emoción son permanentes. Como el día y la noche; hay momentos de alegría y momentos de tristeza. Acéptalos como parte de la dualidad de la naturaleza porque son la naturaleza misma de las cosas.”

Fin.

jueves, 13 de febrero de 2020

LAS PRUEBAS
(Cuento de Túnez - Del libro 30 cuentos del Magreb de Jean Muzi)
(Ilustración - Fuente: Internet)

Youssef era hijo único. Vivía solo en casa, después de que una terrible epidemia diezmara a la población de las diferentes tribus de la región, incluyendo a su familia, amigos y vecinos.
Era pobre pero trabajador, inteligente y generoso. Para olvidar su triste destino, decidió abandonar su aldea. Vendió los pocos corderos que tenía, cerró su casa y confió la llave al único amigo que le quedaba.
—El mundo es inmenso, ya encontraré un lugar donde pueda vivir mejor que aquí —le dijo al despedirse.
Se marchó a pie. Como no estaba acostumbrado a caminar, los primeros días le resultaron penosos. Pero al cabo de unas semanas, fue peor y  los caminos le parecían cada vez mas largos. Casi siempre dormía al aire libre o en casa de aquellos que le ofrecían su hospitalidad, y muy rara vez en las posadas.
Un día se detuvo a almorzar debajo de un eucalipto. Cerca del árbol había un hormiguero. Las hormigas no tenían nada que comer y así se lo hicieron saber a Youssef. Éste tomó un poco de pan y se lo dio a las hormigas, tras cortarlo en pedacitos. Las hormigas se hartaron de comer. En agradecimiento, le dieron las patas de una de ellas que acababa de morir, diciendo:
—Si necesitas ayuda, háznoslo saber echando una pata al fuego. Acudiremos de inmediato.
Youssef sonrió, pensando que nunca las necesitaría, pero conservó las patas en un pañuelo que anudó antes de seguir viaje.
Al día siguiente se topó con una mona que estaba con sus pequeños.
—Hace varios días que no comemos —le dijo la mona.
Youssef fue al pueblo, compró una bolsa de maní y se la dio.
—Toma esta mata de pelo y consérvala. El día en que te encuentres en apuros, arrójala al fuego y de inmediato acudiremos en tu ayuda, mis congéneres y yo —le explicó la mona.
El muchacho se lo agradeció y se fue. La semana siguiente, cuando ya había anochecido, vio una lechuza sobre la rama de un árbol.
—Tengo un ala herida —ululó el pájaro—. Ya no puedo cazar y mis pequeños están muy hambrientos.
Youssef había cogido una pequeña liebre para cenar. Abrió su bolsa y se la ofreció a la lechuza. El pájaro se arrancó una pluma con el pico y se la dio a su benefactor.
—Si quieres obtener mi ayuda, quema esta pluma.
—Gracias —le respondió el muchacho, que aquella noche debió conformarse con unos pocos dátiles.
Una tarde, pasó delante de una colmena de abejas. Las abejas no tenían nada que comer. Les dio un recipiente con miel y recibió a cambio el aguijón de una de ellas.
—Cuando lo quemes, sabremos que necesitas nuestra ayuda.
Youssef siguió viajando varias semanas más antes de llegar a una gran ciudad. Era la capital de un reino cuyo sultán deseaba casar a su hija. Para obtener la mano de la princesa, había que pasar varias pruebas muy difíciles. Si el infeliz pretendiente fracasaba, era decapitado. Varios jóvenes habían sido ya decapitados en la plaza del palacio real. Esto no desanimó a Youssef, quien se presentó ante el soberano.
—Vengo a pediros la mano de vuestra hija —dijo, haciendo una reverencia.
—Para obtenerla debes pasar tres pruebas. —¿Cuáles, Majestad?
—La primera consiste en separar granos detrigo y de cebada que han sido mezclados —explicó el sultán—. Dispondrás de una noche para hacer dos montones diferentes. Al amanecer, un guardia vendrá a ver si lo has logrado.
Al caer la noche, Youssef fue conducido hasta un patio aislado del palacio en cuyo centro habían derramado las semillas que había 
que separar. Varias antorchas iluminaban el lugar. El muchacho se estremeció al ver la gran cantidad de granos. Pero ya era tarde para echarse atrás y puso manos a la obra. Muy rápidamente se dio cuenta de que le sería imposible cumplir con su cometido en una sola noche. Abandonó su trabajo y se puso a pensar.
 De pronto se acordó de las hormigas. Desanudó el pañuelo en el que se encontraban
 las patas que le habían dado. Cogió delicadamente una entre el pulgar y el índice, la acercó 
a una antorcha, dudó un instante y sin pensar
lo demasiado la quemó. La llama se avivó. Creció y creció hasta producir mil destellos cegadores. Youssef se sintió temeroso y maravillado al mismo tiempo. De pronto la llama volvió a ser la misma de antes, mientras el suelo del patio se cubría de hormigas. Youssef les explicó lo que quería. De inmediato comenzaron a separar los granos. Eran tantas que el trabajo avanzó muy deprisa. Cuando ya todo estuvo listo, las hormigas se marcharon sin despertar al muchacho, que se había quedado dormido. Al amanecer, un guardia lo despertó sacudiéndolo.
—Al sultán le sorprenderá saber que has pasado la primera prueba —le dijo.
Algunas horas después, Youssef fue recibido por el monarca.
—Te felicito por lo que has hecho —le dijo—. La segunda prueba consiste en cosechar los dátiles en el gran palmeral real que se encuentra al sur del palacio. Dispones de todo el día para realizar esta tarea. Un guardia te conducirá al palmeral e irá a buscarte al atardecer.
Una vez que se encontró solo, el muchacho recogió algunas palmas secas e hizo una pequeña hoguera. Arrojó a las llamas la mata de pelo de la mona. Las llamas crecieron y se elevaron produciendo una humareda de la que surgió la mona. Youssef le indicó lo que deseaba. La mona batió palmas y surgieron cerca de un centenar de monos, cada uno más ágil que el anterior. Treparon a las palmeras y terminaron la cosecha en pocas horas.
Al día siguiente, el sultán felicitó al joven, y después le habló de la tercera prueba.
—Deberás cubrir de blanco todos los tejados del palacio durante la noche —le dijo.
No bien se hubo ocultado el sol, Youssef quemó la pluma de la lechuza, que se posó inmediatamente a su lado. Le dijo lo que quería el sultán. El pájaro ululó un buen rato y sus congéneres surgieron por millares. Cuando se enteraron de lo que se les pedía, depositaron sobre los tejados del palacio las plumitas más blancas de su plumaje. Eran tan blancas que, al despertar, la familia real tuvo la impresión de que había estado nevando toda la noche.
—Eres muy bueno —declaró el sultán—. Puesto que has triunfado en las tres primeras pruebas, has salvado el pellejo. Te concedo la mano de mi hija. Pero sólo será tuya si logras reconocerla durante una fiesta que organizaré mañana en tu honor. La princesa estará entre las mujeres de mi familia y todas llevarán el mismo velo y las mismas ropas.
Youssef hizo una reverencia ante el monarca y se retiró al aposento que le habían atribuido en una de las dependencias del palacio real. Encendió una vela, cogió el aguijón que conservaba en un pañuelo y lo quemó. Apareció una abeja.
—Te escucho —le dijo.
—Tienes que encontrar a la hija del sultán entre todas las mujeres con velo que participarán en la fiesta de mañana.
—Voy a pasearme discretamente por el palacio para reconocerla. Y mañana, me posaré sobre su cabeza para indicarte cuál es —le dijo el insecto.
Al día siguiente, el muchacho pidió al sultán la autorización para subirse encima de los sillones del gran salón para poder ver a todos los asistentes. La orquesta comenzaba a tocar cuando la abeja pasó zumbando al lado de Youssef. Éste la siguió con la vista y vio que se posaba sobre el velo que recubría la cabeza de una de las mujeres. Ésta debió de sentirla, pues la espantó con la mano. La abeja revoloteó unos instantes sobre los invitados y volvió aposarse sobre la misma cabeza. Luego salió volando y desapareció. El muchacho se acercó a la princesa y la designó ante el sultán.
—He aquí vuestra hija, Majestad —le dijo.
—En efecto —dijo el padre, sonriendo—. Vas a convertirte en mi yerno.
Las bodas se celebraron el mes siguiente y las festividades en la capital duraron siete días y siete noches. Al único amigo de Youssef que quedaba vivo le avisaron demasiado tarde para poder asistir al casamiento. No pudo visitarlo hasta el año siguiente. Se sintió tan bien en la capital que terminó instalándose allí y se casó con una prima de la princesa, sin tener que someterse a las mismas pruebas que Youssef.
Fin.