sábado, 27 de abril de 2019

LA GALLINITA ROJA
(Cuento popular Inglés)
(Ilustraciones - Fuente: Internet)


Había una vez una  gallinita roja que vivía con sus pollitos en una granja. 
En la granja también vivían, un perro, un gato y un pato.
Un día  la gallinita roja, mientras estaba escarbando la tierra buscando que comer,   se encontró algunos granos de trigo.
La gallinita roja pensó que sería una buena idea sembrarlos, es así que fue a pedirle ayuda a sus amigos y les dijo:
-Amigos, he encontrado unos granos de trigo. ¿Quién me quiere ayudar a sembrarlos?
-¡Yo no! –dijo el perro.
-¡Ni yo!- exclamó el gato.
-¡Yo tampoco!- agregó el pato.
Un poco desilusionada por la falta de ayuda, la gallineta contestó:
-No importa,  lo plantaré yo sola.
Es así, que la gallinita fue a escoger un buen lugar para la siembra. Tanto esmero puso a su labor y tanto vigiló y regó el lugar, que al cabo de unos pocos días comenzaron a crecer hermosas espigas de trigo.
Radiante de alegría la gallinita acudió una vez más a por ayuda de sus compañeros, pues necesitaba de ellos para segar la planta y cosechar el trigo.
Cuando llegó al establo donde descansaban el resto de los animales les preguntó:
-Amigos, el trigo está listo. ¿Quién me quiere ayudar a segar y cosecharlo? 
Al igual que en la ocasión anterior, los animales respondieron:
-¡Yo no! –dijo el perro.
-¡Ni yo!- exclamó el gato.
-¡Yo tampoco!-agregó el pato.
Ya más desilusionada de sus amigos  la gallinita roja les contestó:
-No importa, lo haré yo sola.
La gallineta roja  fue a segar y cosechar el trigo.
Trabajó durante muchas horas, pero el resultado fue muy bueno. Pudo llenar dos sacos de granos.
La gallinita roja les preguntó a sus amigos:
-Amigos, ya tengo el grano listo para molerlo. ¿Quién me quiere ayudar a llevarlo al molino? 
Una vez más, sus amigos contestaron:
-¡Yo no!  –dijo el perro.
-¡Yo tampoco! - exclamó el gato.
-¡Ni yo!-agregó  el pato.
A la gallinita roja  respondió:
- No importa, lo haré yo sola.
Puso los costales en una carreta y los llevó al molino.
Luego de molerlos, llenó algunos costales de harina y le volvió a preguntar a sus amigos.
- Amigos, ¿Quién quiere ayudarme a hacer el pan?
- ¡Yo no! –dijo el perro.
-¡Yo tampoco! - exclamó el gato.
-¡Ni yo!-agregó  el pato.
La gallinita roja  respondió triste:
- No importa, lo haré yo sola.
Llevó el costal de harina a casa y se puso a preparar el pan.
Mezcló la harina con el agua, la levadura y la sal. Luego puso la masa en un molde y lo metió al horno.
Cuando el pan estuvo  listo, su agradable aroma invadió todos los rincones de la granja. Atrapados por ella, los animales acudieron en masa hacia la casa de la gallinita  y vieron  un delicioso pan encima de la mesa.
Al verlos la gallineta les preguntó:
-Amigos ¿Quiere alguno compartir conmigo este rico pan?
Enseguida las respuestas fueron:
-¡Yo, que siempre he sido tu amigo! –exclamó el perro.
-¡Y yo también, que siempre te he apreciado mucho! –dijo el gato.
-¡Cuenta conmigo para eso! –ripostó el pato.
Sin dudarlo un segundo la gallinita roja dijo entre molesta y contenta a la vez les respondió:
- ¡Ah!, no, de ninguna manera!. Yo sola sembré las semillas, yo sola segué y coseché los granos, yo sola molí los granos y yo sola preparé el pan.
Ahora, que el pan está listo para comer, es cuando ustedes recuerdan nuestra amistad. Así que lo disfrutaré yo solita. 
Así la gallinita roja se sentó en la mesa y junto con sus pollitos, disfrutaron mucho del delicioso pan. 
Fin.

lunes, 18 de marzo de 2019


EL GRANJERO Y EL TOKAEBI
(Cuento popular de Corea)

(Ilustración - fuente: Internet)




Cuentan que hace muchos años, en Corea vivía un granjero con su esposa en una  pequeña granja. 
Los dos se querían mucho y disfrutaban de una vida  tranquila del campo y de sus animales.Cada  día, tras acabar las faenas diarias, solían sentarse juntos a la mesa para cenar lo que con tanto cariño preparaba la granjera.
Pues bien,  una de esas noches, mientras disfrutaban de la cena escucharon unos gritos aterradores.
– ¡¿Pero qué es ese escándalo?! - dijo la granjera alarmada.
– ¡No lo sé, querida,  salgamos afuera a ver que ocurre!
Se levantaron de la mesa asustados y abrieron la puerta despacio y  vieron unos monstruos horribles  que estaban bailando, gritando y  peleándose frente a la casa de los granjeros.
El granjero, llenándose de valor gritó:
     - ¡Fuera de aquí! ¡Estas tierras son de nuestra propiedad, largo! 
Los tokaebi, lejos de acobardarse y poco dispuestos a obedecer, comenzaron a reírse a carcajadas. Uno de ellos, dijo: 
– ¡Ja, ja, ja! ¿Qué les parece, compañeros?… ¡Que nos larguemos, dice este! ¡Ja, ja, ja!
Al granjero le temblaban las piernas pero respiró profundo y dijo:
– ¿No me han oído? ¡Quiero que se vayan ahora mismo, queremos estar tranquilos!
Pero los tokaebi no les hacían caso. Se quedaron mirando al granjero con cara burlona y el jefe dijo:
– ¡Oye, tú, granjero!… ¡Dices que estos terrenos son tuyos pero yo digo que son míos! 
- ¿Estás loco? pero si ustedes acaban de llegar, yo llevo muchos años viviendo en esta propiedad.
- ¿Y, cómo lo demuestras?
Dijo el granjero indignado porque sabía que esas tierras le pertenecían. Además, no iban a dejar que un grupo de monstruos se apoderen de lo que, con tanto trabajo habían comprado. 
– ¡¿Pero qué dices?! ¡Esta casa y esta tierra son nuestras! ¡Mi esposa y yo somos los legítimos dueños!- gritó el granjero indignado.
– A ver,  me parece que tenemos un problema de difícil solución porque es tu palabra contra la mía, así que…  ¡te propongo un reto!
– ¡¿Qué reto?! - preguntó el granjero.
– ¡Uno muy fácil! Tú me harás una pregunta a mí y yo te haré una pregunta a ti. Quien la acierte será el dueño de todo esto ¿Te atreves a aceptar mi propuesta ?
Luego de pensarlo un momento el granjero respondió:
– Está bien, acepto.  Acabemos con esto de una vez por todas.
– Pues bien. Entonces comencemos- dijo el tokaebi.
– ¡Pregúntame lo que quieras, no te tengo miedo!
El tokaebi se quedó pensativo unos segundos.
– Está bien, vamos a ver… ¿Cuántos vasijas se necesitan para vaciar el mar?
El granjero se concentró bien para no fallar la respuesta.
– Depende del tamaño de la vasija: si es tan grande como el mar, una sola es suficiente para vaciarlo. Si el tamaño de la vasija es como la mitad del mar, se necesitan dos.
El tokaebi se sorprendió por tan buen razonamiento y muy a su pesar tuvo que dar la respuesta por válida.
– ¡Grrr! ¡Está bien, está bien, has acertado! Veo que eres más listo de lo que aparentas ¡Ahora pregúntame tú a mí!
El hombre se colocó de perfil en el umbral de la puerta, con un pie dentro de la casa y otro fuera. Mirando al tokaebi a los ojos, le preguntó:
– ¿Estoy entrando o saliendo de la casa?
La inteligente pregunta indignó al monstruo porque era imposible saberlo.
– ¡Grrr! ¡Menuda pregunta, granjero!  ¡No lo sé, no lo sé!
– ¡Ah!… ¡¿Qué no lo sabes?! ¡Pues he ganado el reto y ya te estás largando de mis tierras!
El jefe de los tokaebis echó chispas por la boca de la furia que le invadió, pero tuvo que cumplir su palabra porque muchos testigos habían presenciado su  derrota.
De muy mala gana dijo a sus colegas:
– ¡Vámonos, aquí ya no tenemos nada que hacer! ¡Hasta nunca, granjero sabiondo!
El granjero y su esposa contemplaron en silencio cómo los monstruos se adentraban en el bosque y desaparecían entre las sombras. Cuando los perdieron de vista se dieron la mano, entraron en la casa, y con una sonrisa inmensa se sentaron en la mesa a terminar el plato de comida que habían dejado a medias.
Fin.