sábado, 3 de marzo de 2018


EL BRAZO DE MUERTO

(Cuento popular Italiano recopilado del Libro: El pájaro Belverde y otros cuentos italianos de Italo Calvino)
(Ilustraciones: Gabrile Naranjo - Fuente: https://medium.com/querre-cuentos/el-brazo-de-muerto-1a0e7cb21b57)


Había un muchacho alto y grandote que no tenía miedo a nada. Dijo a su padre: 
—Querido padre, quiero ir por el mundo a intentar fortuna—. El padre le dio su bendición y el muchacho se fue.
Llegó a una gran ciudad donde los muros de las casas estaban tapizados de telas negras y la gente vestía de luto y también las carrozas y los caballos estaban de luto. 
—¿Sucedió algo?— preguntó a uno que pasaba, y éste sollozando le dijo: —Mire: cerca de aquella montaña hay un castillo negro, habitado por brujos, y estos brujos quieren que todos los días se les envíe una criatura humana, que entra en el castillo y no vuelve más. Antes quisieron a las muchachas, y el Rey tuvo que enviar a todas las mucamas y las cocineras y las tejedoras y las planchadoras; después a todas las damiselas de la corte y a todas las damas, y hace pocos días también a su única hija. Y ninguna de ellas volvió. Ahora el Rey está enviando a los soldados, de a tres, para ver si se pueden defender, pero nadie vuelve. ¡Oh! Si alguien lograra liberarnos de los brujos, sería dueño de la ciudad.
—Quiero probar yo —dijo el joven, y de inmediato se hizo presentar al Rey. 
—Majestad, quiero ir yo solo al castillo—. 
El Rey lo miró fijo: 
—Si lo logras —le dijo—, y liberas a mi hija, te la doy por esposa y heredarás mi Reino. Basta que tú consigas pasar tres noches en el castillo para que el hechizo se rompa y los brujos desaparezcan.
En los merlones del castillo hay un cañón. Si mañana por la mañana aún estás vivo, dispara un tiro, pasado mañana dispara dos, y en la tercera mañana dispara tres.
Cuando se hizo de noche, el muchacho emprendió el camino hacia el castillo negro. Sube que te sube, a medianoche pasó cerca de un cementerio. De las tumbas salieron tres muertos y le dijeron:
—¿Te animas a jugar con nosotros?
—¿Y por qué no? —contestó él—. Pero ¿a qué quieren jugar?
—A los bolos —dijeron los muertos.
—¿Pero dónde tienen ustedes los bolos?
Los muertos agarraron unos huesos y los pusieron parados en el suelo.
—Estos son nuestros bolos.
-¿Y la bocha? Yo no veo ninguna bocha.
Los muertos agarraron una calavera. —Esta es nuestra bocha. —Y comenzaron a jugar a los bolos.
—¿Te animas a jugar por plata?
—¡Claro que me animo!
El joven se puso a jugar a los bolos con la calavera y los huesos, y de veras que era muy hábil: ganaba siempre él y ganó toda la plata que tenían los muertos. Una vez que quedaron sin un centavo, los muertos quisieron la revancha y se jugaron los anillos y los dientes de oro, y siguió ganado el joven. Jugaron un partido más y después le dijeron: 
—Volviste a ganar, y nosotros no tenemos más nada que darte. Pero como las deudas de juego deben pagarse en seguida, te damos este brazo de muerto que está aquí desde más de quinientos años; está un poco seco, pero bien conservado, y te servirá más que una espada. Cualquier enemigo que alcances a tocar con este brazo, el brazo lo agarrará por el pecho y lo empujará al suelo hecho cadáver, aun si es un gigante.
Los muertos se fueron y dejaron al muchacho con ese brazo en la mano.
Prosiguiendo su camino, el muchacho llegó al castillo negro con el brazo de muerto escondido debajo de la capa. Subió las escaleras y entró en un salón. Había una gran mesa puesta, cargada de comida, pero las sillas tenían el respaldo dado vuelta hacia la mesa. Dejó todo como estaba, fue a la cocina, encendió el fuego, y se sentó cerca del hogar, teniendo el brazo de muerto en la mano. A medianoche oyó voces en la chimenea que gritaban:
¡Ya matamos a muchos,
ahora te toca a ti!
¡Ya matamos a muchos,
ahora te toca a ti!
Y ¡patapúfete!, de la chimenea bajó un brujo, y ¡patapúfete!, bajó otro, y ¡patapúfete!, el tercero, todos con caras tan feas que asustaban y con unas narices tan largas que se doblaban en el aire como brazos de pulpos tratando de agarrarse a las manos y a las piernas del joven. Él comprendió que por sobre todo tenía que cuidarse de esas narices, y comenzó a defenderse con el brazo de muerto, como si estuviera practicando esgrima. Con el brazo de muerto tocó a un brujo en el pecho, y nada. Tocó a otro en la cabeza, y nada. Al tercero lo tocó en la nariz y la mano de muerto agarró esa nariz y le dio un tirón tan fuerte que el brujo murió. El joven comprendió que la nariz de los brujos era peligrosa, pero que era también su punto vulnerable, y se puso a apuntar a la nariz. El brazo de muerto agarró por la nariz también al segundo y lo mató; lo mismo hizo con el tercero. El muchacho se frotó las manos y fue a dormir.
A la mañana siguiente subió a los merlones y disparó el cañón: “¡Bum!” Desde el bajo, en el pueblo donde todos estaban ansiosos, vio que agitaban miles y miles de pañuelos enlutados.
Cuando al anochecer volvió a entrar en el salón, encontró ya una parte de las sillas dadas vuelta y puestas en la posición justa. Y por las otras puertas entraron damas y damiselas tristes y vestidas de luto y le dijeron: 
—¡Resista, por piedad! ¡Devuélvanos la libertad! —Después se sentaron a la mesa y comieron. En seguida de cenar se fueron todas, con grandes reverencias. Él fue a la cocina, se sentó bajo la chimenea y esperó la medianoche. Cuando oyó la duodécima campanada, por la chimenea se oyeron nuevamente las voces:
¡Nos mataste a tres hermanos,
ahora te toca a ti!
¡Nos mataste a tres hermanos,
Ahora te toca a ti!
Y patapúfete, patapúfete, patapúfete, tres enormes brujos, con una nariz larguísima cayeron de la chimenea. El joven, esgrimiendo el brazo de muerto, no tardó en agarrarlos por la nariz y tenderlos en el suelo, hechos cadáveres los tres.
A la mañana siguiente disparó dos cañonazos: “¡Bum! ¡Bum!”, y allá a lo lejos, en el pueblo, vio agitarse muchos pañuelos blancos: les habían quitado el crespón enlutado.
La tercera noche encontró que las sillas dadas vuelta en el salón eran todavía más,  y las jóvenes vestidas de negro entraron en mayor cantidad que la noche anterior. 
—¡Sólo por hoy! —le imploraron—, y nos liberarás a todas!—. 
Después comieron con él y se volvieron a ir. Y él se sentó en el mismo lugar de la cocina. A medianoche las voces que se pusieron a gritar en la chimenea parecían un coro:
¡Nos mataste a seis hermanos,
y ahora te toca a ti!
¡Nos mataste a seis hermanos,
y ahora te toca a ti!
Y patapúfete, patapúfete, patapúfete, patapúfete, cayó una lluvia de brujos que no terminaba más, todos con sus largas narices bien empinadas, pero el muchacho arremolinaba el brazo de muerto y tantos brujos llegaban, tantos mataba, y sin esfuerzo, porque bastaba que esa manaza reseca los tocara en la nariz para convertirlos en cadáveres. Se fue a dormir realmente satisfecho y, apenas el gallo cantó, todo en el castillo volvió a vivir y un cortejo de señoritas y damas nobles, con largos vestidos de cola, entraron en la cocina para agradecerle y reverenciarlo. En medio del cortejo avanzaba la Princesa. Al llegar frente al joven, el echó los brazos al cuello y dijo: 
—¡Quiero que seas mi esposo!
De a tres entraron los soldados liberados y le presentaron las armas.
—Suban a los merlones del castillo —ordenó el joven—, y disparen tres tiros de cañón—. 
Se oyó tronar el cañón y allá a lo lejos en el pueblo se vio cómo agitaban pañuelos amarillos, verdes, rojos, azules, y el eco de un sonido de trompetas y de tambores.

El muchacho descendió de la montaña encabezando el cortejo de la gente liberada y entró en el pueblo: los crespones negros habían desparecido y no se veían más que banderas y cintas coloradas que flameaban en el viento. Estaba el Rey esperándolos, con la corona enguirnaldada de flores. El mismo día fue celebrada la boda y hubo una fiesta tan grande que aún hoy se habla de ella.
Fin.

lunes, 15 de enero de 2018


EL PESCADOR Y SU MUJER
(Cuento de los hermanos Grimm)
(Ilustración - Fuente: Internet)

 
Había una vez un pescador que vivía con su mujer en una choza, a la orilla del mar. El pescador iba todos los días a echar su anzuelo para tratar de pescar algo.

Estaba un día sentado junto a su caña en la ribera, con la vista dirigida hacia su límpida agua, cuando de repente vio hundirse el anzuelo y bajar hasta lo más profundo. Al sacarlo del agua se dio con la sorpresa de tener en la punta un barbo muy grande, el cual le dijo:

-Te suplico que no me quites la vida; no soy un barbo verdadero, soy un príncipe encantado; ¿de qué te serviría matarme si no puedo serte de mucho regalo? Échame al agua y déjame nadar. 


-Ciertamente, le dijo el pescador, no tenías necesidad de hablar tanto, pues no haré tampoco otra cosa que dejar nadar a sus anchas a un barbo que sabe hablar. 

Lo lanzó  al agua y el barbo se sumergió en el fondo, dejando tras sí una larga huella de sangre. 

El pescador se fue a la choza con su mujer:


-Marido mío, le dijo, ¿no has cogido nada hoy? 


-No, -contestó el marido;- he cogido un barbo que me ha dicho ser un príncipe encantado y le he dejado en libertad. 

-¿No le has pedido nada para ti? -replicó la mujer. 

-No, repuso el marido; ¿y qué había de pedirle? 

-¡Ah! -respondió la mujer; es tan triste, es tan triste vivir siempre en una choza tan sucia e infecta como esta; hubieras debido pedirle una casa pequeñita para nosotros; vuelve y llama al barbo, dile que quisiéramos tener una casa pequeñita, pues nos la dará de seguro. 

-¡Ah! -dijo el marido, ¿y por qué he de volver? 

-¿No le has cogido y dejado nadar como antes? Pues lo harás; ve corriendo. 

El marido no hacía mucho caso; sin embargo, fue a la orilla del mar, y cuando llegó allí, vio el agua toda amarilla, se acercó al agua y dijo: 

Tararira ondino, tararira ondino, 
hermoso pescado, pequeño vecino, 
mi pobre mujer grita y se enfurece, 
es preciso darla lo que se merece. 

El barbo avanzó hacia él y le dijo:


-¿Qué quieres? 


-¡Ah! -repuso el hombre, -hace poco que te he cogido; mi mujer sostiene que hubiera debido pedirte algo. No está contenta con vivir en una choza de juncos, quisiera mejor una casa de madera. 

-Puedes volver, - le dijo el barbo- ya la tiene.

Volvió el marido y ya no estaba la choza, en su lugar había una casa pequeña, y su mujer estaba a la puerta sentada en un banco. Le cogió de la mano y le dijo:


-Entra y mira: esto es mucho mejor.


Entraron los dos y hallaron dentro de la casa una bonita sala y una alcoba donde estaba su lecho, un comedor y una cocina con su espetera de cobre y estaño muy reluciente, y todos los demás utensilios completos. Detrás había un patio pequeño con gallinas y patos, y un canastillo con legumbres y frutas. -¿Ves, le dijo la mujer, qué bonito es esto? 

-Sí, -dijo el marido; - si vivimos siempre aquí, seremos muy felices. 

-Veremos lo que nos conviene, replicó la mujer.

Después comieron y se acostaron. 

Continuaron así durante ocho o quince días, pero al fin dijo la mujer:


-¡Escucha, marido mío: esta casa es demasiado estrecha, y el patio y el huerto son tan pequeños!... El barbo hubiera debido en realidad darnos una casa mucho más grande. Yo quisiera vivir en un palacio de piedra; ve a buscar al barbo; es preciso que nos dé un palacio. 


-¡Ah!, mujer, replicó el marido, esta casa es en realidad muy buena; ¿de qué nos serviría vivir en un palacio? 

-Ve, -dijo la mujer,- el barbo puede muy bien hacerlo. 

-No, mujer, - replicó el marido,- el barbo acaba de darnos esta casa, no quiero volver, temería importunarle.

-Ve, -insistió la mujer,- puede hacerlo y lo hará con mucho gusto; ve, te digo. 

El marido sentía en el alma dar este paso, y no tenía mucha prisa, pues se decía:


-No me parece bien, -pero obedeció sin embargo. 


Cuando llegó cerca del mar, el agua tenía un color de violeta y azul oscuro, pareciendo próxima a hincharse; no estaba verde y amarilla como la vez primera; sin embargo, reinaba la más completa calma. El pescador se acercó y dijo: 

Tararira ondino, tararira ondino, 
hermoso pescado, pequeño vecino, 
mi pobre mujer grita y se enfurece, 
es preciso darla lo que se merece. 

-¿Qué quiere tu mujer? -dijo el barbo. 

-¡Ah! -contestó el marido medio turbado,- quiere habitar un palacio grande de piedra. 

-Vete,- replicó el barbo, - ya la tiene.

Marchó el marido, creyendo volver a su morada; pero cuando se acercaba a ella, vio en su lugar un gran palacio de piedra. Su mujer, se hallaba en lo alto de las gradas. Le cogió de la mano y le dijo:


-Entra conmigo.

Tenía el palacio un inmenso vestíbulo, cuyas paredes eran de mármol; numerosos criados abrían las puertas con grande estrépito delante de sí; las paredes resplandecían con los dorados y estaban cubiertas de hermosas colgaduras; las sillas y las mesas de las habitaciones eran de oro; veíanse suspendidas de los techos millares de arañas de cristal, y había alfombras en todas las salas y piezas; las mesas estaban cargadas de los vinos y manjares más exquisitos, hasta el punto que parecía iban a romperse bajo su peso. Detrás del palacio había un patio muy grande, con establos para las vacas y caballerizas para los caballos y magníficos coches; había además un grande y hermoso jardín, adornado de las flores más hermosas y de árboles frutales, y por último, un parque de lo menos una legua de largo, donde se veían ciervos, gamos, liebres y todo cuanto se pudiera apetecer. 


-¿No es muy hermoso todo esto? -dijo la mujer. 

-¡Oh!, ¡sí! -repuso el marido; - quedémonos aquí y viviremos muy contentos. 

-Ya reflexionaremos, -dijo la mujer, - durmamos primero. 
A la mañana siguiente despertó la mujer siendo ya muy de día y vio desde su cama la hermosa campiña que se ofrecía a su vista; el marido se estiró al despertarse. De pronto la mujer dijo:


-Marido mío, levántate y mira por la ventana; ¿ves?, ¿no podíamos llegar a ser reyes de todo este país? Corre a buscar al barbo y seremos reyes. 


-¡Ah!, -mujer, repuso el marido,- y por qué hemos de ser reyes, yo no tengo ganas de serlo. 

-Pues si tú no quieres ser rey no me importa, yo quiero ser reina. Ve a buscar al barbo ahora mismo. Ya te dije que yo quiero ser reina.

-¡Ah!, mujer, ¿para qué quieres ser reina? Yo no quiero ir. 

-¿Y por qué no? -dijo la mujer; ve al instante; es preciso que yo sea reina. 

El marido fue, pero estaba muy apesadumbrado de los pedidos de su mujer. No me parece bien, no me parece bien en realidad, pensaba para sí. No quiero ir; y sin embargo fue. 

Cuando se acercó al mar, estaba de un color gris, el agua subía a borbotones desde el fondo a la superficie y tenía un olor fétido; se adelantó y dijo: 

Tararira ondino, tararira ondino, 
hermoso pescado, pequeño vecino, 
mi pobre mujer grita y se enfurece; 
es preciso darla lo que se merece. 

-¿Y qué quiere tu mujer? -dijo el barbo.

-¡Ah! -contestó el marido; quiere ser reina. 

-Vuelve, - dijo el barbo- que ya lo es. 

Partió el marido, y cuando se acercaba al palacio, vio que este se había hecho mucho mas grande. Tenía cuatro torres muy altas decoradas con magníficos adornos. A la puerta había guardias de centinela y una multitud de soldados con trompetas y timbales. Cuando entró en el edificio vio por todas partes mármol del más puro, enriquecido con oro, tapices de terciopelo y grandes cofres de oro macizo. Le abrieron las puertas de la sala: toda la corte se hallaba reunida y su mujer estaba sentada en un elevado trono de oro y de diamantes; llevaba en la cabeza una gran corona de oro, tenía en la mano un cetro de oro puro enriquecido de piedras preciosas, y a su lado estaban colocadas en una doble fila seis jóvenes, cuyas estaturas eran tales, que cada una le llevaba una cabeza a la otra. Se adelantó y dijo:

-¡Ah, mujer!, ¿ya eres reina? 

-Sí, -le contestó,- ya soy reina. 

Se colocó delante de ella y la miró, y en cuanto la hubo contemplado por un instante, dijo: 

-¡Ah, mujer!, ¡qué bueno es que seas reina! Ahora no tendrás ya nada que desear. 

-De ningún modo, marido mío, -le contestó muy agitada;- hace mucho tiempo que soy reina, quiero ser mucho más. Ve a buscar al barbo y dile que ya soy reina, pero que necesito ser emperatriz. 

-¡Ah, mujer! -replicó el marido,- yo sé que no puede hacerte emperatriz y no me atrevo a decirle eso. 

-¡Yo soy reina, -dijo la mujer,- y tú eres mi marido! Ve, si ha podido hacernos reyes, también podrá hacernos emperadores. Ve, te digo. 

El pobre hombre tuvo que marchar; pero al alejarse se hallaba turbado y se decía a sí mismo: No me parece bien. ¿Emperador? Es pedir demasiado y el barbo se cansará. 

Pensando esto partió hacia el mar. Cuando llegó vio que el agua estaba oscura y hervía a borbotones, la espuma subía a la superficie y el viento la levantaba soplando con violencia, se estremeció, pero se acercó y dijo: 

Tararira ondino, tararira ondino, 
hermoso pescado, pequeño vecino, 
mi pobre mujer grita y se enfurece, 
es preciso darla lo que se merece. 

-¿Y qué quiere? -dijo el barbo. 

-¡Ah, barbo! -le contestó; mi mujer quiere llegar a ser emperatriz. 

-Vuelve, -dijo el barbo;- que ya lo es.

Volvió el marido, y cuando estuvo de regreso, se encontró con un palacio aún más grande. Todo el palacio era de mármol pulido, enriquecido con estatuas de alabastro y adornado con oro. Delante de la puerta había muchas legiones de soldados, que tocaban trompetas, timbales y tambores; en el interior del palacio los barones y los condes y los duques iban y venían en calidad de simples criados, y le abrían las puertas, que eran de oro macizo. En cuanto entró, vio a su mujer sentada en un trono de oro de una sola pieza y de más de mil pies de alto, llevaba una enorme corona de oro de cinco codos, guarnecida de brillantes y carbunclos; en una mano tenía el cetro y en la otra el globo imperial; a un lado estaban sus guardias en dos filas, más pequeños unos que otros; además había gigantes enormes de cien pies de altos y pequeños enanos que no eran mayores que el dedo pulgar. 

Delante de ella había de pie una multitud de príncipes y de duques: el marido avanzó por en medio de ellos, y le dijo: 

-Mujer, ya eres emperatriz. 

-Sí, le contestó, ya soy emperatriz. 

Entonces se puso delante de ella y comenzó a mirarla y le parecía que veía al sol. En cuanto la hubo contemplado así un momento: 

-¡Ah, mujer, qué buena cosa es ser emperatriz! 

Pero la mujer permanecía tiesa, muy tiesa y no decía palabra.

Al fin exclamó el marido: 

-¡Mujer, ya estarás contenta, ya eres emperatriz! ¿Qué más puedes desear? 

Fueron enseguida a acostarse, pero ella no estaba contenta; la ambición la impedía dormir y pensaba siempre en ser todavía más. 

De pronto la mujer lo tuvo claro. Quería ser papa. Sí, papa, porque no hay nada más grande en este mundo que ser Papa.

A la mañana siguiente ni muy bien su marido despertó la dijo:

- Pues, mira marido, lo he estado pensando muy bien y no hay nada mas grande que ser papa, así que quiero que vayas donde el barbo y le digas que quiero se papa.

- ¡Pero mujer!, ¿has perdido la cordura? No puedo hacer eso.

- ¡Si que puedes, no te solo estoy pidiendo, te lo estoy ordenando como tu emperatriz!

- Pero, pero, pero....- el pobre hombre no tenía más que decir.

Salió de casa cabizbajo, triste y desconsolado. No quería pedirle semejante cosa al barbo. Pero no había otra cosa que hacer. Sino complacía a su mujer era capaz de cualquier cosa.

Cuando llegó el agua estaba negra, el viento soplaba fuerte y se levantaban olas grandes. Asustado por lo que veía el pescador grito:


Tararira ondino, tararira ondino, 
hermoso pescado, pequeño vecino, 
mi pobre mujer grita y se enfurece, 
es preciso darla lo que se merece. 


-¿Y qué quiere ahora? -dijo el barbo. 

-¡Ah, barbo! -le contestó el hombre apenado;- mi mujer quiere papa. 

-Vuelve, -dijo el barbo;- que ya lo es.

Cuando el marido llegó a su casa vio un palacio maravilloso, de paredes hechas de marfil tan blanco y brillante como la nieve. Tenía grandes altares con cruces de oro incrustadas con diamantes y piedras preciosas. Las campanas de los  campanarios eran de oro macizo y las alfombras hechas de seda fina y las mejores telas del mundo. Los muebles tallados en marfil con incrustaciones de con oro, plata y diamantes. Su mujer estaba sentada en un trono realmente hermoso, llevaba en la cabeza una mitra de seda fina con piedras preciosas, un báculo hecho de oro puro con diamantes y esmeraldas, una sortija enorme de oro y piedras preciosas y una cruz colgada en el pecho elaborada con marfil, madera y  oro que relucía iluminando todo el lugar. Junto a la mujer había una enorme fila de cardenales, arzobispos, obispos, curas, secretarios y un sin fin de personas.

El marido se acercó a su esposa y le dijo:

- Pues bien mujer, ya eres papa, ahora espero que estés tranquila.- Y el pobre pescador cansado se fue a dormir.

El marido durmió profundamente; había andado todo el día, pero la mujer no pudo descansar un momento; se volvía de un lado a otro durante toda la noche, pensando siempre en ser todavía más; y no encontrando nada por qué decidirse. Sin embargo, comenzó a amanecer, y cuando percibió la aurora, se incorporó un poco y miró hacia la luz, y al ver entrar por su ventana los rayos del sol... 

-¡Ah! -pensó;- ¿por qué no he de poder mandar salir al Sol y a la Luna?- Marido mío, dijo empujándole con el codo, ¡despiértate, ve a buscar al barbo;  ya sé lo que quiero.


- ¿Pero mujer, que es lo que quieres ahora? ¿ya no tienes suficiente? ¡Ya basta de pedir y pedir!

- ¡No! No es suficiente, ya sé lo quiero. Quiero ser Dios!


El marido estaba dormido todavía, pero se asustó de tal manera, que se cayó de la cama. Creyendo que había oído mal, se frotó los ojos y preguntó: 

-¡Ah, mujer! ¿Qué dices? 

-Marido mío, si no puedo mandar salir al Sol y a la Luna, y si es preciso que los vea salir sin orden mía, no podré descansar y no tendré una hora de tranquilidad, pues estaré siempre pensando en que no los puedo mandar salir. 

Y al decir esto le miró con un ceño tan horrible, que el pobre marido  sintió tanto miedo que comenzó a sentir  todo su cuerpo bañarse en un sudor frío. 

-Ve al instante, quiero ser Dios. 

-¡Ah, mujer! -dijo el marido arrojándose a sus pies;- el barbo no puede hacer eso; ha podido muy bien hacerte reina y emperatriz, pero, te lo suplico, conténtate con ser emperatriz. 

Entonces echó a llorar; sus cabellos volaron en desorden alrededor de su cabeza, despedazó su cinturón y dio a su marido un puntapié gritando: 

-No puedo, no quiero contentarme con esto; marcha al instante  ¡Vete ya mismo! ¡Quiero ser Dios!– gritó la mujer presa de la ira, la rabia y la locura.

El marido se vistió rápidamente y echó a correr, como un insensato. 

Pero mientras caminaba hacia el mar vio que  la tempestad se había desencadenado y rugía furiosa; las casas y los árboles se movían; pedazos de roca rodaban por el mar, y el cielo estaba negro como la pez; tronaba, relampagueaba y el mar levantaba olas negras tan altas como campanarios y montañas, y todas llevaban en su cima una corona blanca de espuma. Púsose a gritar, pues apenas podía oírse él mismo sus propias palabras: 

Tararira ondino, tararira ondino, 
hermoso pescado, pequeño vecino, 
mi pobre mujer grita y se enfurece, 
es preciso darla lo que se merece. 

-¿Qué quieres tú, amigo? -dijo el barbo. 

-¡Ah, contestó, ahora quiere ser Dios!

-Vuelve, la encontrarás en la choza. 

Y cuentan que hasta ahora  el pescador y su mujer viven allí todavía.

Fin.