martes, 6 de agosto de 2013

LOS SIETE CABRITOS Y EL LOBO
(Cuento de los Hermanos Grimm)
(Ilustración - Fuente: Internet) 

Había una vez una cabra que tenía siete cabritos, a los que quería tanto como cualquier madre puede querer a sus hijos. Un día necesitaba ir al bosque a buscar comida, de modo que llamó a sus siete cabritos y les dijo:

- Queridos hijos, voy a ir al bosque a buscar comida; deben tener cuidado con el lobo, porque sé que anda rondando nuestra casa y si llegara a entrar se los comería a todos y no dejaría ni un pellejito. Muchas veces el malvado lobo se disfraza, pero podrán reconocerlo por su voz ronca y sus pezuñas negras.

Los cabritos dijeron:

- No te preocupes mamá, puedes irte tranquila que nosotros sabremos cuidarnos.

Entonces la madre se despidió con un par de balidos,  y tranquilizada por la respuesta que le dieron, emprendió camino hacia el bosque.
No había pasado mucho tiempo, cuando alguien llamó a la puerta diciendo:

- Abran la puerta queridos hijos, que ha llegado su madre y ha traído para ustedes la comida.

Pero los cabritos, al oir una voz tan ronca, se dieron cuentos que era el lobo y exclamaron:

- No abriremos, tú no eres nuestra madre; ella tiene la voz dulce y agradable y la tuya es ronca. Tú eres el lobo.

Entonces el lobo fue a buscar a un vendedor de chucherías para que le venda un trozo de tiza. Se lo comió y así logró suavizar la voz.
Luego volvió otra vez a la casa de los cabritos y llamó a la puerta diciendo:

- Abran hijitos queridos, que su madre ha llegado y ha traído comida para todos.

Pero el lobo había apoyado una de sus pezuñas negras en la ventana, por lo cual los pequeños pudieron darse cuenta de que no era su madre y exclamaron:

- No abriremos; nuestra madre no tienen la pezuña negra como tú. Tú eres el lobo.

Entonces el lobo fue a buscar al panadero y le dijo:

- Me he dado un golpe en la pezuña; úntamela con un poco de masa.

Y cuando el panadero le hubo extendido la masa por la pezuña, se fue corriendo a buscar al molinero y le dijo:

- Échame harina en la pezuña.

El molinero pensó: “Seguro que el lobo quiere engañar a alguien” y se negó a hacer lo que le pedía; pero el lobo dijo:

- Si no lo haces te devoraré.

Entonces el molinero se asustó y le puso la pezuña y toda la pata blanca de harina. Sí, así son las personas.

Por tercera vez fue el malvado lobo hasta la casa de los cabritos, llamó a la puerta y dijo:

- Ábranme hijitos que soy su mamá he vuelto y he traído del bosque la comida para todos ustedes.

Los cabritos exclamaron:

- Primero enséñanos la pezuña para asegurarnos de que eres nuestra madre.

Entonces el lobo enseñó su pezuña por la ventana y  cuando los cabritos vieron que era blanca, creyeron que lo que había dicho era cierto y abrieron la puerta. Pero quién entró por  ella fue el lobo. 
Los cabritos se asustaron y corrieron a esconderse. 

El mayor se metió debajo de la mesa; el segundo, en la cama; el tercero se escondió en la estufa; el cuarto en la cocina; el quinto en el armario; el sexto bajo el fregadero y el séptimo se metió en la caja del reloj de pared. 
Pero el lobo fue encontrando a uno por uno y no se anduvo con miramientos. Los fue devorando uno detrás de otro. 

Pero el pequeño, que estaba escondido en la caja del reloj, afortunadamente consiguió escapar. Una vez que el lobo hubo saciado su apetito, se alejó muy despacio hasta un prado verde, se tendió debajo de un árbol y se quedó dormido.

Muy poco después volvió del bosque la mamá cabra. Pero ¡Ay¡, ¡qué escena tan dramática apreció ante sus ojos! La puerta de la casa estaba abierta de par en par; la mesa, las sillas y los bancos tirados por el suelo; las mantas y la almohada, arrojadas de la cama y el fregadero hecho pedazos. Buscó a sus hijos pero no pudo encontrarlos por ninguna parte.
Los llamó a todos por sus nombres, pero nadie respondió. Hasta que, al acercarse donde estaba el más pequeño, pudo oír su melodiosa voz:

- Mamita, mamita estoy metido en el reloj.

La madre lo sacó de allí y el pequeño cabrito le contó lo que había sucedido.
Le dijo además que había visto todo desde su escondite y que de milagro no fue encontrado por el lobo.
La mamá cabra lloró desconsoladamente por sus pobre hijos.

Luego muy angustiada, salió de la casa seguida por su hijo. Cuando llegó al prado encontró al lobo tumbado junto al árbol, roncando tan fuerte que hasta las ramas se estremecían. Lo miró atentamente, de pies a cabeza y vio que en su abultado vientre algo se movía y pateaba. 
“¡Oh Dios mío! –pensó-, ¿Será posible que mis hijos estén vivos todavía, después de habérselos tragado en la cena?”.

Entonces mandó al cabrito a casa y le dijo que busque unas tijeras, aguja e hilo. Luego ella abrió la barriga del lobo y nada más al dar el primer corte el primer cabrito asomó la cabeza por la abertura y, a medida que seguía cortando, fueron saliendo los seis cabritos dando brincos, no habían sufrido ningún daño ya que el lobo en su excesiva voracidad de los había tragado enteros.
¡Aquello sí que fue alegría! Los cabritos se abrazaron a su madre y saltaron y brincaron por todo el lugar celebrando y riendo. Pero la mamá cabra dijo:

- Ahora vayan a buscar unas buenas piedras. Con ellas llenaremos la barriga de este apestoso animal mientras está dormido.

Los siete cabritos trajeron a toda  prisa las piedras más grandes que pudieron encontrar y se las metieron en la barriga al lobo.
Luego, la mamá cabra cosió el agujero con hijo y aguja y lo hizo tan bien que el lobo no se dio cuenta de nada y ni siquiera se movió.

Cuando el lobo se despertó, se levantó y se dispuso a caminar, pero como las piedras que tenía en la barriga le daban mucha sed, se dirigió hacia un pozo para beber agua. Entonces se echó a andar y empezó a moverse, y mientras lo hacía las piedras que estaban en su barriga chocaban unas con otras haciendo mucho ruido. Entonces el lobo exclamó:

- ¿Qué es lo que en mi barriga suena y resuena? Seis cabritos creí haber comido, y en piedras se han convertido.

Al llegar al pozo se inclinó para beber agua, pero el peso de las piedras lo arrastraron hacia el fondo, ahogándose como un miserable. Cuando los siete cabritos lo vieron, fueron hacia allá corriendo mientras gritaban:

- ¡El lobo ha muerto! ¡El lobo ha muerto!

Y, llenos de alegría, bailaron con su madre alrededor del pozo.



viernes, 5 de julio de 2013

Cuentos para leer

 EL INDIO QUE NO CUMPLÍA SU PALABRA
(Cuento tradicional de los Indios Sioux Oglala de Estados Unidos de Norteamérica)
(Ilustración: Alfred Jacob Miller – Fuente: Internet http://www.odisea2008.com/)
En el comienzo del mundo, cuando todavía no había demasiada gente, el Gran Espíritu podía acercarse a cada indio y darle aquello que necesitaba. Pero cuando sobre la tierra ya había mucha gente no podía escucharlos a todos y decidió colocar en la tierra de los indios sioux oglala, una roca en forma de hombre y les dijo:
- Hay hombres por toda la tierra, así es que yo he de viajar por todo el mundo. Si alguno de ustedes necesita ayuda que venga aquí y pídaselo a la roca. Esta roca tiene el poder de comunicarse conmigo.
Entonces, los indios sioux oglala se acostumbraron a hablar con aquella roca y cuando escaseaban los bisontes o había mucha sequía, le pedían ayuda a la roca quién resolvía sus problemas.
Había un indio llamado Raya Rota a quien no le gustaba cazar y vivía muy pobremente. Un día que no tenía nada para comer se acercó a la roca y le pidió:
- Sé que eres tan poderosa como el Gran Espíritu, ya ves que soy pobre y desgraciado. ¿Podrías ayudarme?.
La roca le contestó:
- Desde que te conozco no te he visto cazar nunca.
- Es que tengo un arco muy malo, mi lanza no tiene punta y he perdido mi hacha –le contestó Raya Rota- y además mis piernas son débiles y no puedo correr detrás de los ciervos.
- ¿Y por qué no vas a pescar? – le preguntó la roca.
- La última vez que atrapé un pez se me escapó y se llevó el arpón.
- ¿Qué quieres entonces?- dijo la roca.
- Querría un ciervo pequeñito. A cambio yo te taparía con mi manta de piel de bisonte. En invierno las noches refrescan y tendrás frío.
La roca le dijo que se guardase la manta, y que le concedería el deseo.
- No, no yo quiero regalártela – dijo Raya Rota- seguro que tú la necesitas más que yo.
El indio tapó la roca con su manta llena de agujeros y se marchó.
Cuando volvía hacia su tienda encontró un pequeño ciervo muerto. Lo cogió, le arrancó la piel y lo puso en el fuego a asar.
Mientras el ciervo se tostaba en el fuego comenzó a hacer mucho frío y Raya Rota pensó: “¿Por qué habré dado mi manta a una roca?. Me parece una estupidez, una roca tapada y yo pasando frío”.
Dejó el ciervo tostándose al fuego y el indio volvió a la roca para coger su manta y se la puso en sus espaldas. Después de comerse al ciervo se fue a dormir.
Al cabo de unos cuantos días volvió a tener hambre y pensó: “Volveré a la roca y le pediré que me dé comida”.
- Tengo hambre, mucha hambre. ¿Podrías darme un poco de carne? –le dijo el indio.
- ¿Qué has hecho con el ciervo que te di?
- Era un animal muy pequeño y me ha durado poco tiempo.
- ¿Aún no has arreglado tus armas para cazar? –dijo la roca.
- La cuerda de mi arco se ha roto. Necesito piel de bisonte para hacerme una. Si me proporcionas un bisonte tendrás mi agradecimiento.
La roca parecía dudar y entonces el indio le dijo:
- Te daré mi manta. Pronto lloverá y con ella estarás cubierta.
El indio volvió a su casa y al llegar se encontró con un gran bisonte. Raya Rota le arrancó la piel, la puso a secar y a continuación puso la carne a asar. Pero el indio había cogido poca leña y el fuego no era suficiente para un animal tan grande.
Al poco rato comenzó a llover y a hacer mucho frío. Calado hasta los huesos el indio dijo: “¡qué estúpido he sido al darle mi manta a la roca. La roca puede aguantar el mal tiempo sin peligro, mientras yo me puedo morir por la humedad y frío!”.
Con este pensamiento, el indio volvió a la roca y le cogió la manta. Después emprendió el camino de vuelta con la manta a sus espaldas. Al llegar observó que el bisonte había desaparecido y al fuego le quedaba muy poca leña.
Raya Rota comprendió que la roca le había castigado por no cumplir con su palabra.
El indio volvió delante de la roca y pidió y pidió que le ayudase.
La roca no le hizo caso y Raya Rota se entristeció mucho por su comportamiento.

Desde aquel día Raya Rota y los indios sioux oglala han aprendido que para merecer los favores del Gran Espíritu es necesario el esfuerzo personal y que cuando los espíritus regalan alguna cosa hay que agradecérselo.  En caso contrario es mejor no pedir nada.