viernes, 8 de julio de 2011

Fátima la Hilandera

(Cuento Árabe)

(Ilustración - Fuente: Internet)

Una vez, en una ciudad del lejano Oriente, vivía una joven llamada Fátima. Era la hija de un próspero hilandero. Un día, su padre le dijo:


- Ven, hija: haremos una travesía, pues tengo negocios que hacer en las islas del mar Mediterráneo. Tal vez tú encuentres a un joven atractivo, de buena posición, que podrías tomar por esposo.


Se pusieron en camino y viajaron de isla en isla, el padre haciendo sus negocios mientras Fátima soñaba con el esposo que pronto podría ser suyo. Pero un día, cuando estaban en camino a Creta, se levantó una tormenta y el barco naufragó. Fátima, semiconsciente, fue arrojada a una playa cercana a Alejandría.

Su padre había muerto y ella quedó totalmente desamparada.
 Podía recordar sólo vagamente su vida hasta entonces, ya que la experiencia del naufragio, y el haber estado expuesta a las inclemencias del mar, la habían dejado completamente exhausta. Mientras vagaba por la arena, una familia de tejedores la encontró. A pesar de ser pobres, la llevaron a su humilde casa y le enseñaron su oficio. De esta manera, ella inició una segunda vida y en el lapso de uno o dos años volvió a ser feliz, habiéndose reconciliado con su suerte.

Pero un día, estando en la playa, una banda de mercaderes de esclavos desembarcó y se la llevo, junto con otros cautivos.
 A pesar de lamentarse amargamente de su suerte, no encontró ninguna compasión por parte de ellos, quienes la llevaron a Estambul y la vendieron como esclava.
 Por segunda vez, su mundo se había derrumbado.

Ahora bien, sucedió que en el mercado había pocos compradores. Uno de ellos era un hombre que buscaba esclavos para trabajar en su aserradero, donde fabricaba mástiles para barcos. Cuando vio el abatimiento de la infortunada Fátima, decidió comprarla, pensando que de este modo, al menos, podría ofrecerle una vida un poco mejor que la que habría de recibir de otro comprador. 
 Llevó a Fátima a su hogar, con la intención de hacer de ella una sirvienta para su esposa. Pero cuando llegó a su casa, se enteró de que había perdido todo su dinero al ser capturado un cargamento por piratas.

No podía afrontar los gastos que le ocasionaba tener trabajadores, de modo que él, Fátima y su mujer quedaron solos para llevar a cabo la pesada tarea de fabricar mástiles.
 Fátima, agradecida a su empleador por haberla rescatado, trabajó tan duramente y tan bien, que él le dio la libertad y ella llegó a ser su ayudante de confianza. Fue así como llegó a ser relativamente feliz en su tercera profesión.
 Un día, él le dijo:


- Fátima, quiero que vayas a Java, como mi agente, con un cargamento de mástiles; asegúrate de venderlos con provecho.


Ella se puso en camino, pero cuando el barco estuvo frente a la costa china, un tifón lo hizo naufragar y, una vez más, se vio arrojada a la playa de un país desconocido. Otra vez lloró amargamente, porque sentía que en su vida nada sucedía de acuerdo con sus expectativas. Siempre que las cosas parecían andar bien, algo ocurría, destruyendo todas sus esperanzas.


- ¿Por qué será - exclamó por tercera vez - que siempre que intento hacer algo, se malogra? ¿Por qué deben ocurrirme tantas desgracias?.


Pero no hubo respuesta. De manera que se levantó de la arena y se encaminó tierra adentro.
 Ahora bien, sucedía que nadie en China había oído hablar de Fátima ni sabía nada de sus problemas. Pero existía la leyenda de que un día llegaría allí cierta mujer extranjera, capaz de hacer una tienda para el emperador. Y puesto que en aquel entonces en China no existía nadie que pudiera hacer tiendas, todo el mundo esperaba el cumplimiento de aquella predicción con la más vivida expectativa.


A fin de estar seguros de que esta extranjera, al llegar, no pasara inadvertida, los sucesivos emperadores de China solían mandar heraldos una vez por año a todas las ciudades y a todas las aldeas del país, pidiendo que cada mujer extranjera fuera llevada ante la Corte.


Fue justamente en una de esas ocasiones cuando Fátima, agotada, llegó a una ciudad costera de China. La gente del lugar habló con ella por medio de un intérprete, explicándole que tenia que ir a ver al emperador.


- Señora - dijo el emperador cuando Fátima fue llevada ante él

- ¿sabéis fabricar una tienda?


- Creo que si - dijo Fátima.


Pidió sogas, pero no las había. De modo que, recordando sus tiempos de hilandera, recogió lino y fabricó las cuerdas. Luego pidió una tela fuerte, pero los chinos no tenían la clase de tela que ella necesitaba. Entonces, utilizando su experiencia con los tejedores de Alejandría, fabricó una tela resistente para hacer tiendas. Luego vio que necesitaba los palos para la tienda, pero no existían en el país.

Entonces, Fátima, recordando cómo había sido enseñada por el fabricante de mástiles en Estambul, hábilmente hizo unos sólidos palos. Cuando estos estuvieron listos, se devanó los sesos tratando de recordar todas las tiendas que había visto en sus viajes; y he aquí que una tienda fue construida.
 Cuando esta maravilla fue mostrada al emperador de China, le ofreció a Fátima dar cabal cumplimiento a cualquier deseo que ella expresara.

Ella eligió establecerse en China, donde se casó con un atractivo príncipe, y donde, rodeada por sus hijos, vivió muy feliz hasta el fin de sus días.



viernes, 3 de junio de 2011

El rey y sus dos hijas

(Cuento Bangladesh)

(Ilustración: Joe Sorren)

(Fuente: Internet)

Había una vez un poderoso rey que gobernaba un país muy rico. El Rey tenía dos hijas, la mayor era inteligente. La menor era muy sincera.

El rey se sentía tan orgulloso de ellas y tanto las quería que las consideraba el tesoro más preciado de todo su reino.

Un día, picado por la curiosidad, quiso saber si él era correspondido por ellas y las mandó a llamar a la gran sala de palacio.

Momotaj y Nurjahan acudieron presurosas, y algo preocupadas. Pues no era muy habitual que el rey, su padre, las llamara a presentarse en la sala que normalmente utilizaba para importantes asuntos de estado.

Una vez ante él, se inclinaron respetuosamente y dijeron:

- Aquí estamos, padre ¿Cuál es el motivo por el que nos has mandado llamar?

El rey al verlas tan hermosas, se llenó de orgullo. Y al contemplar sus rostros preocupado, sonrió de manera tranquilizadora.

- No temáis, hijas mías – dijo – Sólo quiero haceros una pregunta.

- Dinos amado padre – comentó Momotaj, la mayor - ¿Qué pregunta es ésa? Trataré de responderla con toda la cultura que me habéis enseñado.

- Y yo – añadió Nurjahan, la menor – intentaré responderos con la sinceridad que me habéis inculcado.

El rey Omar, complacido, se rió abiertamente.

Al cabo de un rato, dirigiéndose a la mayor, preguntó:

- Momotaj, dime, ¿Cuánto me quieres?

La hija mayor, sorprendida, pensó rápidamente en algo que pudiera complacer a su poderoso padre. Y como era muy lista, recordó que al rey lo que más le gustaba de esta mundo eran los dulces, que siempre deseaba comer más y más cosas dulces, y supo que ésta era la respuesta. Y Momotaj, con voz firme, dijo:

- Padre mío, yo os quiero como a los dulces.

El rey al oír su respuesta, se puso muy contento pues, como sabemos los dulces eran muy importantes para él y los apreciaba mucho.

Satisfecho, preguntó a continuación a su hija pequeña:

- Y tú, Nurjahan, dime, ¿cuánto me quieres?

La hija menor del rey no tardó ni un segundo en contestar. Abrió su corazón y, con toda sinceridad, dijo:

- Padre mío, yo os quiero como a la sal.

El rey Omar de repente, alteró la expresión de su rostro y, muy enfadado, exclamó:

- ¡Hija desagradecida! ¿Me quieres como a la sal, una cosa insignificante que no me gusta ni a mí ni a nadie de mi reino?

Nurjahan, temblorosa por la ira que demostraban las palabras del rey, titubeó un instante antes de responder. Sin embargo, como ella consideraba la sal algo muy valioso, decidió mantener su respuesta.

Y, con todo el valor que consiguió reunir, dijo en voz muy baja:

- Sí, padre. Os quiero como la sal.

El rey estallando de cólera, llamó a sus soldados a gritos.

- ¡Qué venga mi guardia personal de inmediato!

Los aguerridos soldados acudieron obedientes en un abrir y cerrar de ojos y rodearon a las dos princesas mientras Nurjahan miraba asustada a su hermana mayor.

Entonces, el rey Omar, señalando a la hija menor, dijo furioso:

- Llevaos a esta hija mía tan desagradecida de mi presencia y dejadla en un bosque para que viva abandonada el resto de sus días.

- ¡Padre! – Sollozó Nurjahan al borde del desmayo.

Pero el rey Omar, sin hacer caso de sus lágrimas, se mantuvo inflexible en su castigo y los soldados se llevaron a rastras a la pobre princesa Nurjahan que lloraba desconsoladamente.

Una vez fuera de palacio, los soldados cabalgaron hasta un bosque perdido en los confines del reino. Y allí, cerca de una tenebrosa cueva, abandonaron a la menor de las dos princesas y emprendieron el camino de regreso a palacio.

Triste y desvalida, Nurjahan se quedó sola.

Pasó un día, pasaron dos…y la princesa, sin comer, pues no tenía casi fuerzas, sintió que un oscuro porvenir le aguardaba sino reaccionaba pronto. Entonces, decidida a no dejarse abatir por la pena, comenzó a buscar alimento por el bosque. Así, poco a poco, fue encontrando fresas, cerezas, frutas muy dulces que, al comerlas, le fueron devolviendo las energías. Y luego, se dedicó a poner en condiciones la cueva. La limpió, se preparó una especie de lecho con las hojas de unos arbustos e hizo de manera para que le resultara lo más confortable posible.

Una noche, mientras Nurjahan intentaba dormir, un príncipe de otro país cruzaba el bosque a caballo con su séquito cuando, de pronto vio una luz brillante que salía de la cueva. Al acercarse, extrañado, comprobó que la luz era el reflejo de la luna sobre el vestido y las joyas que alguien había dejado colgadas en la entrada.

- ¿De quién será este vestido y esas joyas? – Se preguntó el príncipe.

Mandó detener al cortejo y desmontó.

- Iré ahí dentro a ver a quién pertenecen – dijo.

- Tened cuidado, príncipe – advirtió uno de sus soldados.

Sin hacer mucho caso, el príncipe se dirigió a la cueva. Y al traspasar el umbral, descubrió durmiendo a la muchacha más bella que nunca habían contemplando sus ojos.

Tan extasiado estaba por la belleza de la muchacha que al príncipe se le escapó un suspiro de admiración y ella se despertó de golpe.

- ¿Quién sois? – preguntó asustada - ¿Qué queréis de mi?

- No temáis – la tranquilizó él.

Y comenzó a contarle quién era y cómo la había encontrado.

Nurjahan, con el corazón palpitando, pues ya se había enamorado del joven con la mirada más dulce que jamás había conocido, le explicó:

- Mi padre me abandonó en el bosque porque le hice una cosa mala.

- ¿Qué le hicisteis? – quiso saber el príncipe con el corazón también debocado ya que sentía lo mismo que ella - . ¿Qué cosa fue ésa?

Ella se lo contó sin decirle que su padre era un rey. Y el príncipe, que ya no era capaz de pensar en nada más que no fuera en Nurjahan, la convenció para que lo acompañara a su país. Y a su país se marcharon.

Al llegar, el príncipe Mahamud, que así se llamaba, corrió a presentársela a sus padres que se pusieron muy contentos al conocerla, ya que vieron que Nurjahan era una buena chica y que el príncipe estaba muy enamorado. Y la aceptaron de tan buen grado que la boda se celebró enseguida y por todo lo alto. Por el país entero corrió la alegría por la nueva pareja.

Y Nurjahan y Mahamud vivieron muy felices.

Un día el rey Omar, que por entonces se sentí muy triste por haber perdido a la más pequeña de sus hijas, salió de caza. Y caminando, caminando, se fue alejando sin darse cuenta. Más tarde, agotado, quiso descansar un poco cuando vio, a lo lejos, un palacio muy grande.

- Mira, mira – se dijo -. Es lo único habitado que hay por aquí. Y se acercó al palacio para que le dieran algo de comer.

Se detuvo a las puertas y pidió que le ayudaran, les explicó que era el rey de otro país y que se había perdido.

La noticia llegó a oídos del rey Shajan, que era el padre del príncipe Mahamud, y accedió enseguida a presentarle ayuda permitiéndole la entrada. Luego, hizo que le acompañaran hasta sus estancias y que le dieran comida, bebida y alojamiento. Y mientras aguardaba, el rey Shajan llamó a la reina y a la princesa Nurjahan.

- ¡Venid a conocer a un rey de otro país! La reina acudió con rapidez.

Pero la princesa Nurjahan se quedó detrás de la puerta y, por una rendija atisbó dentro y vio que se trataba de su padre. Quieta, sintió alegría por verle de nuevo y desazón al recordar que había ordenado abandonarla.

Sin moverse, decidió no salir a enfrentarse con él. Entonces el rey Shajan le dijo:

- Nurjahan, prepara la comida que invitaremos al rey Omar a nuestra mesa, pues está hambriento después de todo un día sin comer.

- Bueno – dijo Nurjahan -. Yo preparé la comida para él si eso es lo que deseáis.

- Sí, éstos son mis deseos – confirmó el rey Shajan.

- Pues así lo haré – obedeció la princesa.

Y se dispuso a preparar una comida donde todos los alimentos fueran dulces, muy dulces, ya que sabía que a su padre era así como le gustaba.

Luego, hizo que se la sirvieran. Y todos los platos eran dulces.

El rey Omar, hambriento después de todo un día sin comer, se puso muy alegre al probar la abundante comida. Y tanto dulce le encantó.

Al día siguiente, el desayuno, que también se lo había preparado su hija Nurjahan, era muy dulce..

El rey Omar se lo comió disfrutando como un chiquillo.

Y al mediodía, la comida también era dulce.

Y la cena.

Pasaron dos días, tres. Y los platos siempre eran dulces, muy dulces.

Entonces, el cuarto día, al ver que la comida volvía a ser dulce, el rey Omar se dijo que ya estaba cansado de comer tanto dulce, que ya no podía más, y deseó marcharse a su país.

Sin pérdida de tiempo, le comunicó sus deseos al rey Shajan.

- No, no – dijo el rey Shajan – no os podéis marchar. Tenéis que quedaros siete días con siete noches en mi palacio. Es la tradición. Y si no lo hacéis así, la mala suerte se abatirá sobre nosotros diez años.

¿Acaso es esto lo que pretendéis? ¿No sería lo mismo que declararnos la guerra? Pensad: ahora somos amigos y nuestros países necesitan nuestra amistad. ¿Queréis cambiar las cosas?

El rey Omar se quedó pensativo. Lo último que necesitaba su país era una guerra. Pero estaba harto de tanto dulce ¡Y claro, no le podía decir el rey Shajan la verdad para no ofenderle. Estaba atrapado!

- ¿Qué. No os gustan nuestros manjares? – preguntó el rey Shajan.

- No, no es eso. Todos son excelentes – dijo el rey Omar muy a su pesar -. La comida es propia de un gran rey, muy buena.

Y aunque aborrecía ya todo lo dulce, decidió callar y permanecer en el palacio con tal de no provocar males mayores.

Pasaron tres días más y, cada vez que le servían la comida, al ver el dulce en todos y cada uno de los platos se le removían las tripas y se sentía incapaz de dar bocado. Se limitaba a dejarla tal y como se la presentaban, sin probarla, diciendo que no tenía hambre y sin atreverse a pedir otro tipo de alimentos por temor a ofender al rey Shajan.

El séptimo día, el que por fin iba a ser el último, la princesa Nurjahan hizo otro tipo de comida para la velada de despedida del rey Omar.

Esta vez preparó una normal, de diferentes sabores, salados, todos exquisitos y variados, abundantes y deliciosos. Y claro, el rey Omar, que llevaba tres días sin comer, comió de todo con mucho apetito y descubrió una gama de sabores que hasta ese momento desconocía y lo muy buenos que podían resultar.

Escondida detrás de la puerta, la princesa Nurjahan observó a su padre comiendo y cómo disfrutaba con los nuevos platos.

Al acabar, el rey Omar preguntó al rey Shajan:

- ¿Quién ha preparado esta comida tan sabrosa?

- Mi nuera – respondió el rey Shajan -, la mujer de mi hijo Mahamud. Ella ha sido quién os ha preparado esta comida y también la anterior, la dulce.

-¡Sí! – Exclamó el rey Omar - ¡Pues hacía muchos años que no probaba comida tan deliciosa y rica! Desearía conocer a vuestra nuera.

El rey Shajan, halagado por el entusiasmo de su invitado, llamó a la princesa Nurjahan y le dijo:

- Ven aquí, que te presentaré a un rey amigo que desea conocerte.

La princesa salió de detrás de la puerta y entró en la sala. Fue hasta la mesa donde estaban sentados los dos reyes e inclinó la cabeza.

Luego, con serenidad cortesía, saludó a su padre.

- Mis saludos, rey Omar – dijo ella.

- Así que eres tú la gran cocinera – dijo su padre sin reconocerla.

Había pasado mucho tiempo y la princesa estaba muy cambiada.

Luego añadió:

- Pues la comida ha sido excelente, la más rica que he probado.

- Gracias, ya he visto cómo la habéis disfrutado con gran apetito.

-Sí, sí – murmuró el rey Omar deseando que nadie me hubiera notado el hambre con que había comido – me lo ha despertado tu talento para combinar los sabores. Jamás había probado nada igual.

Entonces, la princesa Nurjahan, aclarándose la garganta, dijo:

- Padre, soy vuestra hija menor, la princesa Nurjahan – declaró – Y todavía os quiero como la sal.

De pronto el rey la reconoció y, levantándose de un salto, corrió a estrecharla entre sus brazos, pues durante todo este tiempo no había pasado ni un solo día sin echarla de menos. Arrepentido de su acción, la abrazó emocionado mientras se daba cuenta del error cometido, pues ella aún seguía queriéndolo como la sal.