miércoles, 2 de septiembre de 2009

LA PRINCESA Y EL GUISANTE

(Cuento:
Hans Christian Andersen)

(Ilustración: Elena Florenty

Fuente: internet)

Érase una vez un príncipe que quería casarse con una princesa, pero que fuese una princesa de verdad. En su busqueda recorrió todo el mundo, mas siempre había algún pero. Princesas habían y muchas, mas nunca lograba asegurarse de que lo fueran de veras; cada vez encontraba algo que le parecía sospechoso. Así que regresó a su casa muy triste, pues estaba empeñado en encontrar a una princesa auténtica.


Una tarde estalló una terrible tempestad; sin interrupción, los rayos y los truenos no paraban de sonar e iluminar el cielo, y llovía a cántaros; era un tiempo espantoso. En esos momentos llamaron a la puerta de la ciudad, y el anciano Rey acudió a abrir.

Una princesa estaba en la puerta; pero ¡santo Dios, cómo la habían puesto la lluvia y el mal tiempo! El agua le chorreaba por el cabello y los vestidos, se le metía por los zapatos y le salía por los tacones; pero ella afirmaba que era una princesa verdadera.


Por supuesto, la reina creía que fueran una princesa verdadera, nadie que fuera una princesa podría tocar al puerta de un castillo vestida como pordiosera y toda mojada.

-"Pronto lo sabremos". - pensó la vieja Reina, y, sin decir palabra, se fue al dormitorio, levantó la cama y puso un guisante sobre la tela metálica; luego amontonó encima veinte colchones, y encima de éstos, otros tantos edredones.
En esta cama debía dormir la princesa.
 Pero la reina tenía un secreto, un secreto que sólo ella sabía sobre las verdaderas princesas.

A la mañana siguiente, el sol brillaba maravillosamente, los pajaritos cantaban alegres canciones y el cielo estaba muy despejado. Cuando todos en el castillo se levantaron fueron a tomar desayuno. De pronto se apareció la princesa y la reina le preguntó:

- Querida princesa, ¿que tal dormiste esta noche?.

- ¡Oh, muy mal! - exclamó -. No he pegado un ojo en toda la noche. ¡Sabe Dios lo que habría en la cama! ¡Era algo tan duro, que tengo el cuerpo lleno de moretones! ¡Horrible!.

Entonces la reina vio que era una princesa de verdad, puesto que, a pesar de los veinte colchones y los veinte edredones, había sentido el guisante. Nadie, sino una verdadera princesa, podía ser tan sensible.


El príncipe la tomó por esposa, pues se había convencido de que se casaba con una princesa hecha y derecha; y el guisante pasó al museo, donde puede verse todavía, si nadie se lo ha llevado.

jueves, 13 de agosto de 2009


EL ANCIANO Y EL NIÑO Y EL BURRO

(Cuento de la India)

(Imagen - Fuente: Iternet)

Eran un anciano y un niño que viajaban con un burro de pueblo en pueblo.

Un día llegaron a una aldea caminando junto al burro y, al pasar por ella, un grupo de muchachos se rió de ellos, gritando:

-¡Miren que par de tontos! Tienen un burro y, en lugar de montarlo, van los dos andando a su lado. Por lo menos, el viejo podría subirse al burro.

Entonces el anciano se subió al burro y prosiguieron la marcha. Llegaron a otro pueblo y, al pasar por el mismo, algunas personas se llenaron de indignación cuando vieron al viejo sobre el burro y al niño caminando al lado. Entonces dijeron:

-¡Parece mentira! ¡Qué desfachatez! El viejo sentado en el burro y pobre niño caminando.

Al salir del pueblo, el anciano y el niño intercambiaron sus puestos.

Siguieron haciendo camino hasta llegar a otra aldea. Cuando las personas los vieron, exclamaron escandalizados:

-¡Esto es verdaderamente intolerable! ¿Habrán visto algo semejante?. El muchacho montado en el burro y el pobre anciano caminando a su lado.

-¡Qué vergüenza!. Exclamaban.

Puestas así las cosas, el viejo y el niño compartieron el burro. El fiel animal llevaba ahora el cuerpo de ambos sobre sus lomos. Cruzaron junto a un grupo de campesinos y éstos comenzaron a vociferar:

-¡Sinvergüenzas! ¿Es que no tienen corazón? ¡Van a reventar al pobre animal!

El anciano y el niño optaron por cargar al burro sobre sus hombros. De este modo llegaron al siguiente pueblo. La gente se apiñó alrededor de ellos. Entre las carcajadas, los pueblerinos se burlaban gritando:

-Nunca hemos visto gente tan boba. Tienen un burro y, en lugar de montarse sobre él, lo llevan a cuestas.

-!Esto sí que es bueno! ¡Qué par de tontos!

De repente, el burro se tropezó, se precipitó en un barranco y se murió.