martes, 2 de junio de 2009

El pincel mágico

(Cuento del folklore chino)

(Ilustración: Fuente, Internet)

Había una vez, hace muchísimo tiempo en China, un pobre huérfano llamado Ma Liang. Él no tenía a nadie que lo cuidara o lo protegiera. Así que para vivir, recogía leña y la vendía. Pero lo que realmente él quería hacer, y lo que más deseaba en el mundo, era pintar. Sin embargo, Ma Liang era tan pobre que no podía comprar ni siquiera un pincel.



Un día, mientras pasaba por la escuela del pueblo, vió que los niños estaban muy ocupados pintando.

-“Por favor señor,”- le dijo Ma Liang al profesor,- “me gustaría mucho pintar, pero no tengo pincel. ¿Me podría prestar uno?”


-“¿Qué dices?”- gritó el profesor. -“¡No eres más que un pordiosero! Fuera de aquí!”


-“Podré ser muy pobre,”- le dijo Ma Liang,- “pero aprenderé a pintar.”


La siguiente vez que fue a recoger leños, usando unas ramas Ma Liang dibujó aves sobre la tierra. Cuando llegó al río, metió la mano en el agua y con el dedo mojado dibujó un pez sobre las rocas. Esa noche, cogió un pedazo de madera quemada y con ella dibujó animales y flores.


Cada día Ma Liang encontraba tiempo para hacer más pinturas. La gente lo empezó a notar.

-“¡Qué reales se ven las pinturas del niño!” -decía la gente. -“Ese pájaro que ha dibujado parece que estuviera listo para volar. Hasta parece que se le escucha cantar.”


Ma Liang disfrutaba los elogios de la gente, pero todavía pensaba:

-“¡Si yo tuviera un pincel!”


Una noche, después de que Ma Liang había trabajado todo el día arduamente, cayó en un profundo sueño. En su sueño vio a un anciano de barbas blancas muy largas y rostro amable. El anciano sostenía algo en la mano.

-“Toma esto,” -le dijo a Ma Liang.- “Es un pincel mágico. Usalo con cuidado.”


Cuando Ma Liang se despertó, se dio cuenta que en los dedos sostenía un pincel.

-
“¿Todavía estaré soñando?” -se preguntó. Inmediatamente se levantó y pintó un pájaro.
Al terminar, el pájaro que había pintado agitó sus alas y voló.
Luego pintó un venado. Tan pronto como le dió la última pincelada a la piel del animal, éste rozó con la nariz a Ma Liang y salió corriendo hacia el bosque.


-“¡Es un pincel mágico!” -dijo Ma Liang. Y de inmediato corrió hacia donde vivían sus amigos pobres. Pintó juguetes para los niños. Pintó vacas y herramientas para los agricultores. También pintó platos llenos de comida para los hambrientos.


Pero las cosas buenas no se pueden mantener en secreto por mucho tiempo. Muy pronto las noticias sobre Ma Liang y el pincel mágico llegaron a oídos del codicioso emperador.


-“¡Tráiganme a ese niño y su pincel!”- ordenó el emperador. Sus soldados encontraron a Ma Liang y lo llevaron directamente al palacio.
Con el ceño fruncido el emperador miró a Ma Liang.

-“¡Píntame un dragón!” vociferó el emperador. Ma Liang empezó a pintar. Pero en vez de pintar un dragón de la suerte, pintó una viscoso sapo que de un salto se posó en la cabeza del emperador.


-“¡Niño tonto!”. -exclamó el emperador. -“¡Te arrepentirás de esto!”.

Entonces le arrebató el pincel mágico y ordenó a sus soldados que arrojaran a Ma Liang a un calabozo.
Luego el emperador llamó al pintor real.

-“Toma este pincel y píntame una montaña de oro.”- le ordenó. Pero cuando el pintor real terminó la pintura, todo el oro que había pintado se convirtió en piedras.


-“Entonces,”- dijo el emperador, -“este pincel sólo funciona con el niño. ¡Tráiganmelo!”. 
Ma Liang fue llevado nuevamente al emperador.

-“Si pintas para mí,”- dijo el emperador,-“Yo te daré oro y plata, ropa fina, una casa nueva y toda la comida y bebida que puedas desear.”


Ma Liang fingió aceptar.

-“¿Qué es lo que quiere que pinte?” -preguntó.


- “Píntame un árbol que en vez de hojas tenga monedas de oro,”- le dijo el emperador con la codicia pintada en los ojos.
Ma Liang tomó el pincel mágico y empezó a pintar. Pintó muchas olas azules, y de pronto el emperador se vio frente a un océano.


-“¡Eso no es lo que te dije que pintaras!” chilló el emperador. Pero Ma Liang lo ignoró y continuó pintando.
En medio del océano pintó una isla. Y en esa isla pintó un árbol con monedas de oro en vez de hojas.


-“Sí, sí, eso está mejor,”- le dijo el emperador. -“Ahora, rápidamente píntame un bote para poder llegar a la isla.”


Ma Liang pintó un gran barco velero. El emperador se subió al barco junto con muchos oficiales del más alto rango. Ma Liang pintó una cuantas líneas y una suave brisa empezó a soplar. El barco se empezó a mover lentamente hacia la isla.


-“¡Rápido, más rápido!”- gritaba el emperador. Ma Liang pintó entonces una línea curva muy grande, y empezó a soplar el viento fuertemente.

-“¡Ese viento es suficiente!”
gritó el emperador. Pero el niño siguió pintando. Pintó una tormenta y las olas comenzaron a hacerse cada vez más grandes, meciendo el bote como si fuera un pequeño corcho en el agua. Entonces las olas destrozaron el bote en pedazos. El emperador y sus oficiales fueron arrojados a las orillas de la isla y nunca más pudieron regresar al palacio.
En lo que respecta a Ma Liang, la gente dice que lo vieron por muchos años viajando de pueblo en pueblo, usando el pincel mágico para ayudar a los pobres dondequiera que iba.

Después de un largo tiempo, nunca más se le volvió a ver, pero lo que si sé, es que se habló por mucho, pero mucho tiempo del bondadoso Ma Liang y de su pincel mágico.

miércoles, 6 de mayo de 2009


LAS DOS VASIJAS
(cuento tradicional de la India)
(Fuente de imagen: Internet)

Había una vez, en un pueblecito muy pequeño de la India, un hombre que trabajaba de aguador. Por aquel entonces el agua no salía de los grifos, sino que estaba en el fondo de profundos pozos o en el caudal de los ríos. Si no había pozos excavados cerca del pueblo, el que no quería ir a buscar el agua personalmente debía comprarla a uno de los aguadores que, con grandes vasijas, iban y volvían al pueblo con el preciado líquido.



El aguador tenía sólo dos grandes vasijas que colgaban de los extremos de un palo y que llevaba sobre los hombros.

Una mañana, una de las vasijas se agrietó y empezó a perder agua por el camino. Al llegar al pueblo, los compradores le pagaron las acostumbradas diez monedas por la vasija de la derecha, pero sólo cinco por el contenido de la izquierda, que apenas llegaba a la mitad.

Comprar una vasija nueva era demasiado costoso para el aguador. Así que decidió que debía apurar el paso para compensar la diferencia de dinero que recibía.



Durante dos años el hombre siguió yendo y viniendo a paso firme, llevando agua al pueblo y recibiendo sus quince monedas como pago por una tinaja y media de agua.



La vasija sin grietas estaba muy orgullosa de sus logros pues se sabía idónea para los fines que fué creada, pero en cambio, la pobre vasija agrietada estaba muy avergonzada de su propia imperfección y de no poder cumplir correctamente su cometido. Asi que una noche despertó al aguador:


- Chissst... Chissst...

- ¿Quién anda ahí? -preguntó el hombre.

- Soy yo -dijo una voz que salía de la tinaja agrietada.

- ¿Por qué me despiertas a estas horas?

- Supongo que si te hablara de día y a plena luz, el susto te impediría que me escucharas. Y necesito que me escuches.

- ¿Qué quieres?

- Quiero pedirte que me perdones, porque el agua se escurre por mi grieta y sé lo mucho que esto te perjudica. Cada día, cuando llegas al pueblo cansado y recibes por mi contenido la mitad de lo que recibes por mi hermana, me dan ganas de llorar. Yo sé que debías haberme cambiado por una tinaja nueva y desecharme, y sin embargo me has mantenido a tu lado. Quiero agradecértelo y pedirte una vez más que me disculpes.

- Es gracioso que me pidas disculpas -dijo el aguador-. Mañana, bien temprano, saldremos juntos tú y yo. Quiero enseñarte algo.



El aguador siguió durmiendo hasta el alba. Cuando el sol se asomó por el horizonte, tomó la vasija agrietada y se fue con ella al río.

- Mira -dijo al llegar, señalando la ciudad-. ¿Qué ves?

- La ciudad - dijo la vasija.

- ¿Y qué más? - preguntó el hombre.

- No sé... El camino - contestó la vasija.

- Exacto. Mira los lados del sendero. ¿Qué ves?

- Veo la tierra seca y el ripio del lado derecho del camino y muchas hermosas flores del lado izquierdo - dijo la vasija, que no entendía qué le quería mostrar su dueño.

Entonces el aguador, acariciando a su leal vasija, le dijo:

- Durante muchos años he recorrido este camino triste y solitario llevando el agua hasta el pueblo y recibiendo igual cantidad de monedas por ambas tinajas... Pero un día noté que te habías agrietado y que perdías agua. Yo no podía cambiarte, así que tomé una decisión: compré semillas de flores de todos los colores y las sembré a ambos lados del camino. En cada viaje que hacía, el agua que derramabas regaba el lado izquierdo del sendero y, en estos dos años, conseguiste crear este paisaje.


El aguador hizo una pausa y continuó.

- Si no fueras exactamente como res, con tu capacidad y tus limitaciones, no huebiera sido posible crear esa belleza. Todos somos vasijas agrietadas por alguna parte, pero siermpe existe la posibilidad de aprovechar las grietas para obtener buenos resultados.