jueves, 16 de abril de 2009


LA PEQUEÑA LUCIÉRNAGA

(Cuento tradicional de Tailandia)

(Ilustración: Fabiola Solano Luna)

Había una vez una comunidad de luciérnagas que vivía en el interior del tronco de un altísimo lampati, uno de los árboles más majestuosos y viejos de Tailandia.
Cada anochecer, cuando todo se quedaba a oscuras y en silencio y sólo se oía el murmullo del cercano río, todas las luciérnagas abandonaban el árbol para llenar el cielo de destellos.
Jugaban a hacer figuras con sus luces bailando en el aire para crear un sinfín de centelleos luminosos más brillantes y espectaculares que los de un castillo de fuegos artificiales.
Pero entre todas las luciérnagas que habitaban en el lampati, había una muy pequeñita a la que no le gustaba salir a volar.
—No, no, hoy tampoco quiero salir a volar —decía todos los días la pequeña luciérnaga—. Vallan ustedes, que yo estoy muy bien en casa.
Tanto sus abuelos, como sus padres, hermanos y amigos, esperaban con ansiedad a que llegara la noche para salir de casa y brillar en la oscuridad. Se lo pasaban tan bien que no comprendían cómo la pequeña luciérnaga no les acompañaba nunca. Le insistían una y otra vez para que fuera con ellas a volar, pero no había manera de convencerla. La pequeña luciérnaga siempre se negaba.
— ¡Qué no quiero salir a volar! —Repetía la pequeña luciérnaga—. ¡Mira que son pesados, eh!
Toda la comunidad de luciérnagas estaba muy preocupada por la actitud de la pequeña.
—Hemos de hacer algo con esta hija —decía su madre angustiada—. No puede ser que la pequeña no quiera salir nunca de casa.
—No te preocupes, mujer —añadía su padre intentando calmarla—. Ya verás como todo se arregla y cualquier día de éstos sale a volar con nosotros.
Pero pasaban los días y la pequeña luciérnaga seguía encerrada sin salir de casa. Un anochecer, cuando todas las luciérnagas habían salido a volar, la abuela luciérnaga se acercó a la pequeña y le preguntó con toda la delicadeza del mundo:
— ¿Qué te sucede, mi pequeña niña? ¿Por qué nunca quieres salir de casa? ¿Cuál es la razón por la que nunca quieres venir a volar e iluminar la noche con nosotros?
— No me gusta volar —respondió la pequeña luciérnaga.
—Pero ¿por qué no te gusta volar ni mostrar tu luz? —insistió la abuela.
—Pues. —Explicó por fin la pequeña luciérnaga—, para qué he de salir si con la luz que tengo nunca podré brillar como la luna. La luna es grande y brillante y yo a su lado no soy nada. Soy tan pequeñita que a su lado no soy más que una ridícula chispita. Por eso nunca quiero salir de casa y volar, porque nunca brillaré como la luna.
La abuela escuchó con atención las razones que le dio la pequeña luciérnaga. Entonces, con esa sabiduría que sólo tienen las abuelas, se acercó con cuidado donde su nieta y hablándole dulcemente  le dijo:
—¡Ay, mi niña! —Dijo con una sonrisa—. Hay una cosa de la luna que has de saber y que, por lo visto, desconoces. Y lo sabrías si al menos salieras de casa de vez en cuando. Pero como no es así, pues, claro, no lo sabes.
— ¿Qué es lo que debo saber de la luna y que no sé? —preguntó la pequeña luciérnaga presa de la curiosidad.
—Has de saber que la luna no tiene la misma luz todas las noches —Respondió la abuela—. La luna es tan variable que cambia todos los días. Hay noches en que está radiante, redonda como una pelota brillando desde lo más alto del cielo. Pero, en cambio, hay otros días en que se esconde, su brillo desaparece y deja al mundo sumido en la más profunda oscuridad.
— ¿De veras que hay noches en que se esconde la luna? —se sorprendió la pequeña.
— ¡Que sí, mi niña! —continuó explicando la abuela—. La luna cambia constantemente. Hay veces que crece y otras que se hace pequeña.
Hay noches en que es enorme, de un color rojo, y otros días en que se hace invisible y desaparece entre las sombras o detrás de las nubes. La luna cambia constantemente y no siempre brilla con la misma intensidad. En cambio tú, pequeña luciérnaga, siempre brillarás con la misma fuerza y siempre lo harás con tu propia luz.
La pequeña luciérnaga se quedó asombrada ante las explicaciones de su abuela. Nunca se habría podido imaginar que la luna fuera tanvariable que brillaba o que se apagaba según los días.
A partir de entonces, la pequeña luciérnaga salió cada noche del interior del gran lampati para salir a volar con su familia y sus amigos. Y así fue cómo la pequeña luciérnaga aprendió que cada uno ha de brillar con su propia luz.

domingo, 8 de marzo de 2009

EL LENGUAJE DE LOS ANIMALES

(Del libro: Cuentos de Hadas Bohemios
narrados a los niños por H. C. Granch Ed. Molino, Buenos Aires - 1944)
(ilustración: Gustavo Aimar)

Hace ya muchos, muchísimos años, había un pastorcillo que apacentaba sus ovejas en lo más intrincado de un bosque espesísimo. 
De repente oyó un silbido espantoso y, se dirigió hacia el lugar de donde procedía, percibió una hoguera sobre la cual se retorcía una serpiente que, al ver acercarse al joven, le rogó encarecidamente que la salvara. 
El pastor, sin pensarlo dos veces, alargó su cayado y el reptil ascendió por él, llegando hasta el cuello de su salvador, donde se enroscó con una fuerza terrible.


- ¿Es esa la forma que tienes de recompensarme por haberte salvado la vida? - exclamó el pastorcillo.


- No tengas miedo. No pienso hacerte mal alguno, sino todo lo contrario. Llévame a la casa de mi padre, el rey de las serpientes, y te lo demostraré.


Obedeció el zagal de mala gana y al cabo de muchos días de andar, atravesando montes, bosques y ríos, llegó ante la puerta de una caverna donde infinidad de serpientes, formando una tupida cortina, vedaban la entrada.
El ofidio enroscado al cuello del pastorcillo emitió un tenue silbido y las serpientes guardianas se destrenzaron, descubriendo la entrada de la cueva.


- Antes de penetrar aquí - dijo al muchacho - te voy a dar un consejo. Cuando mi padre te ofrezca oro y plata, y la satisfacción inmediata de todos tus deseos, respóndele que no quieres mas que comprender el lenguaje de los animales.


- Así lo haré - respondió el pastor de mala gana.
El rey de las serpientes preguntó a su retoño el motivo de su prolongada ausencia y ésta le relató lo ocurrido, declarando que debía la vida a la intervención del pastorcillo.


- Hijo mío - dijo entonces el soberano, dirigiéndose al pastor, - ¿qué recompensa deseas por haberme devuelto a mi hija?


- Mi mayor anhelo sería poder comprender el lenguaje de los animales - respondió sin vacilar el muchacho.
Trató el monarca de disuadirle de aquella idea, afirmando que era peligroso, pero, viendo que persistía tenazmente en su decisión, le sopló tres veces en la boca, ordenándole que hiciera lo mismo con él y a continuación le dijo:


- Tu deseo está satisfecho; pero has de procurar no revelárselo a nadie, porque si lo hicieses morirías.
Volvió el pastor a su rebaño, tendiéndose en el suelo para descansar. Vio entonces venir volando dos cornejas que, posándose en las ramas de una encina, empezaron a charlar animadamente.


- Si ese zagalillo supiera que en el mismo lugar donde está tendido ese cordero negro hay oculto un gran tesoro, lo desenterraría y se haría rico,
Cuando las cornejas se hubieron marchado, el pastorcillo se apresuró a cavar en el lugar donde había estado tendido el cordero negro y sacó un arca llena de monedas de oro hasta rebosar.
Ya rico, convertido en uno de los más opulentos propietarios de la comarca, obsequió a sus pastores y aparceros en la noche de San Esteban con un espléndido banquete, mientras él se iba a guardar los rebaños para relevar a sus servidores.
De pronto oyó en la oscuridad la voz de un lobo que decía a otro:


- ¿Vamos a comernos un par de corderos?
Los perros guardadores del ganado le respondieron aullando:


- ¡Venid, venid, nosotros también participaremos del festín!
Únicamente uno de los canes, ya viejo y sin
dientes, declaró:


- Mientras yo viva no permitiré que perjudiquéis los intereses de nuestro amo. 
Y esto diciendo se lanzó denodadamente sobre los lobos. El ex pastor contribuyó también a ahuyentar a los feroces animales enarbolando su cayado. Luego, acarició al viejo mastín y se echó a dormir.
A la mañana siguiente ordenó a sus criados que mataran a todos los perros, con excepción del más viejo y fiel, obedeciéndole los servidores con profunda pena, pues eran verdaderamente magníficos.
Poco después, cuando el rico propietario se encaminaba a su casa en compañía de su esposa, el caballo en que aquél cabalgaba, que iba al trote, le dijo a la yegua que conducía a la mujer:


- ¿Por qué vas con ese paso tan cansino?
- Porque mientras tú no llevas más peso que el de nuestro amo, yo llevo el de su mujer, su hijo y mi potro.
Al oír esto, el buen hombre no pudo contener la carcajada. Su esposa, llena de curiosidad, preguntó al marido la causa de aquella repentina hilaridad.


- No es nada - respondió él. - Es que me he acordado de pronto de un chascarrillo que tiene mucha gracia.
La mujer se empeñó entonces en que se lo contara, pero él, que carecía de imaginación, no pudo crear ninguna historieta divertida, despertando las sospechas de la esposa, que continuó martirizándole durante todo el trayecto, y aun después de llegar al hogar, para que le revelara lo que le había hecho reír de tan buena gana.
Finalmente, el hombre le confesó que si le descubriera lo ocurrido moriría en el acto.


- ¡Ah! - respondió ella, pensativa. - No sabía que se tratara de una cosa tan grave.
Pero al cabo de un momento de reflexión, la curiosidad pudo en ella más que el amor de esposa y añadió:


- Dímelo aunque te mueras.
En vano quiso el labrador eludir la respuesta; ella continuó porfiando para saber el misterio.
Con el fin de ganar tiempo, y ver si ella se arrepentía y desistía de su peligrosa curiosidad, el esposo ordenó abrir una fosa para él y cuando la tuvo hecha, descendió a ella y gritó a su mujer:


- Baja aquí conmigo; pero he de advertirte por última vez que, tan pronto como satisfaga ese deseo tuyo, caeré muerto a tus pies, como herido por el rayo.
A continuación miró por última vez su entorno, y, al ver al viejo perro, que acababa de regresar acompañando al rebaño, le pidió a su esposa que le diera un un buen trozo de pan.
El fiel perro, sin conceder una ojeada al pan, se echó a llorar desconsolado.
El gallo de la casa, al ver el poco caso que el perro hacía al pan, acudió corriendo y empezó a picotearlo con gran satisfacción.


- ¿Cómo te atreves a comer, cuando nuestro amo está a punto de morir? - preguntó el perro, enojado, al gallo.


- Si muere es por tonto - replicó éste. - Yo tengo decenas de mujeres y si cae en el corral un grano de maíz o un trozo de pan, soy yo siempre quien se lo come, de grado o por fuerza. Cuando alguna de ellas se insolenta, le caliento la cresta a picotazos y ya no vuelve a replicar. De este modo las tengo siempre más suaves que un guante. Sin embargo, nuestro amo se deja avasallar por una sola. Bien merece lo que le espera.


Al oír estas palabras, el marido dio un salto de la fosa, fue corriendo a su casa ante el asombro de su esposa, recogió su cayado, y dio tan formidable tunda a la mujer, por curiosa y falta de corazón, que ya no le quedaron a ésta alientos para volver a preguntar el motivo de su risa.