martes, 24 de febrero de 2009

LAS DILIGENTES AGUJAS

(Del libro: Cuentos Populares Suizos,)

( Ed. Molino, Barcelona – 1948.)

(Ilustración: ZIME)

En una vieja casita, en medio del campo, vivían tres viejísimas mujeres. Una de ellas era ciega, la otra no oía nada y la tercera tenía los pies paralíticos. Pero con ellas tenían en la casa a una joven y alegre doncella. Esta cuidaba de la casa y les hacía la comida.

Cada lunes iba la muchacha de casa en casa y vendía las medias que las tres viejas mujeres habían hecho durante la semana. Eran siempre seis pares; dos de lana, dos de algodón y dos pares de seda. Las de lana eran grises; las de algodón blancas y azules, y, por último, las de seda eran completamente blancas como la nieve recién caída. Las de lana las compraban los hombres; las de algodón las mujeres y las muchachas y las novias; las de seda.

La Muchacha tenía siempre vendidas las medias en un instante. Estaban tan bien hechas que todos se maravillaban y alegraban cuando las veían. De lo que ganaba de la venta de las medias, la muchacha compraba huevos y sal, mantequilla y manteca y el pan para las necesidades de cada día.

Cuando las tres mujeres tuvieron más de noventa años, un buen día una de ellas murió, era la ciega. El día que la enterraban murió también la hermana sorda y después de otros tres días llamó la inválida a la criada al lado de su lecho y le dijo:

- Mis días han llegado también a su fin. Tú eres una buena chiquilla y nos has servido fielmente. Tu recibirás por ello la recompensa adecuada. ¡Abre la caja y saca de ella, el pequeño cofre adamascado!. La muchacha hizo tal como se le había ordenado. Sostuvo la cajita de madera en sus manos y la inválida habló:

- Este es nuestro tesoro y lo que nos ha protegido de la necesidad y de la pobreza. Ahora es tuyo.

La muchacha no podía apenas contener su impaciencia por ver lo que había en su interior. Levantó la tapa con emoción y se asombró, pues allí dentro no había más que cuatro agujas de hacer medias. La inválida dijo entonces:

- Estas agujas eran las que fabricaban por sí solas nuestras hermosas medias que tú vendías luego cada lunes. Escúchame, querida niña, lo que ahora voy a decirte. ¡Y que no se te olvide ninguna palabra!. Cuando haya sonado la hora de ir a la cama, saca entonces las agujas del cofre, ¡pero no antes!. Déjalas sobre la mesa y luego contempla cómo tejen las medias; los lunes y martes las de lana, los miércoles y jueves las de algodón, los viernes y sábados las de seda. En una hora han terminado con ellas. Cuando hayan acabado recoge tú las agujas y vete a dormir. Pero los domingos no debes sacarlas del cofre. ¡Me entiendes; nunca, querida niña! ¡Nunca!.

Luego la paralítica cerró también los ojos para siempre. La muchachita vivía ahora completamente sola en la casita y lo tenía todo en orden, cómo si las tres mujeres estuvieran todavía allí. Por la noche sacaba el cofre, y era para ella un gran placer contemplar cómo las agujas tejían las hermosas medias. Cuando habían terminado, las recogía nuevamente y se iba silenciosa a la cama. Transcurrida una semana vendía las medias y con el dinero se compraba lo que necesitaba para vivir. Así pasaron siete semanas. Pero entonces, la muchacha se sintió aburrida y pensó:

-"En esta vieja casa se olvida una de reír e incluso de hablar. El domingo voy a ir a la ciudad. Allí es más alegre la vida".

Las medias de la octava semana las puso junto con el cofre en un cesto y se encaminó el domingo por la mañana hacia la ciudad. Allí vivía una distinguida prima suya a la que la muchacha le regaló las medias.

- ¡Oh, qué bien sabes tú hacer medias! - Alabó la prima. Entonces rió la muchacha y le explicó toda la historia. Luego fue a buscar el cofre adamascado. La prima quiso abrirlo enseguida, pero la muchacha puso las dos manos encima de la tapa, mientras le decía:

- Solamente después de la hora de irse a las cama - dijo - Y no hoy.

La prima replicó:

- Tú te quedarás conmigo esta noche. - No podía apenas esperar hasta que hubo sonado la hora de irse a la cama. Entonces dijo a la muchacha:

-¡Ve ahora a buscar el cofre adamascado!.

- ¿Qué quieres hacer con él? - Preguntó la muchacha.

- Mirar como las agujas hacen medias. - Dijo la prima con los ojos llenos de curiosidad.

- Pero no hoy. ¡Hoy es domingo!.- Exclamó la muchacha muy preocupada.

- ¡Tonterías!, ¡Qué importa que sea domingo o no!, ¡O bien saben hacer medias las agujas, o no saben, y tú me has mentido! - Dijo enojada la prima.

Entonces la muchacha le dijo:

- ¿Saben hacer medias, prima! Pero los domingos no les está permitido.

Entonces la prima se echó a reír, y se burló de ella.

- Tú eres una estúpida muchacha del campo. Nosotros los de la ciudad lo sabemos mucho mejor. Las agujas no pueden pensar. ¿Qué saben ellas del domingo o del lunes?. ¡Trae el cofre! Tengo ganas ahora de ver lo que hay de verdad en tu historia.

Entonces la pobre doncella no se atrevió a resistirse por más tiempo. Sacó las agujas y las dejó encima de la mesa...pero....¿que ocurrió?

- ¡Dios santo! - Gritaron ambas a la vez. Las agujas no hacían medias, sino que se pusieron tiesas sobre la mesa. Luego huyeron de allí, tan aprisa como pudieron. Como la ventana estaba abierta saltaron por ella hasta la calle. La muchacha y la prima las siguieron corriendo. Oían el rumor que aquellas hacían al correr, pero las agujas estaban siempre una buena parte del camino delante de ellas.

Así corrieron hasta el ancho río que cruzaba el amplio arco de la ciudad, y, antes de que la pobre doncella pudiera impedirlo, las agujas habían desaparecido entre las rumorosas aguas. La doncella volvió en silencio dándole las espaldas a su prima y corrió, lejos de allí, durante la noche, hasta que llegó de nuevo a la vieja casita. Allí se sentó en la butaca de la mujer paralítica y lloró hasta la mañana.

Luego salió y compró cuatro nuevas agujas. Después de haber sonado la hora de acostarse, dejó las agujas como de costumbre encima de la mesa. Pero éstas permanecieron inmóviles y rígidas, pues eran solamente vulgares agujas de hacer medias. Entonces tuvo que comprar la doncella, lana, algodón y seda y hacérselo todo ella misma. Pero lo hacía sin quejarse. Hacía medias todo el día y a veces incluso hasta la media noche. Cada lunes vendía de nuevo seis pares de medias, y estaban casi tan bien hechas como las anteriores. La gente que las compraba no notaba en ellas ninguna diferencia y esto era lo principal para la muchacha. No pensaba ya en las diligentes agujas de hacer medias, perdidas para siempre.


miércoles, 21 de enero de 2009

LOS DOCE MESES

(INFORMANTE: Isabel Benítez Aranega (Algeciras, Cádiz)

(RECOGIDO POR: Encarnación Pérez)

(Ilustración: Laura Michell)

A la orilla de un río vivía una vez un hombre muy bien considerado que tenía dos hijas que eran como la noche y el día: la mayor, caprichosa, y la pequeña, comprensiva. Cuando ya eran unas señoritas, el padre les dijo:


-Ya sois bastante mayores y debéis casaros.


Encontraron novio y así lo hicieron. La hija mayor se casó con el propietario de la mejor tienda del pueblo y la menor con el zapatero del pueblo vecino, que no tenía más fortuna que su propio trabajo. Las dos tuvieron hijos, pero mientras una nadaba en la opulencia, la otra se las ingeniaba para dar de comer a su familia.


Un día, el zapatero, mientras perseguía a un venado por el monte, se alejó de su casa más de lo que esperaba y, cuando el sol se ocultó, no tuvo más remedio que buscar refugio. Después de andar un rato casi a oscuras, vio a lo lejos una luz y se dirigió hacia ella, llegando a una gran mansión.


-¡Eh, abrid!.- Dijo, pero nadie respondió. El hombre entonces se acercó a la puerta. Era enorme, de madera tallada. Llamó varias veces y viendo que no había señales de vida, la empujó y se decidió a entrar. ¡Nunca en su vida había visto tanta riqueza junta! Con una mezcla de miedo y respeto se dirigió a la cocina y, como estaba hambriento, cogió algunas frutas de manera que no se notara demasiado. Después, rendido por el cansancio, se durmió al calor de la chimenea.
 Al instante llegaron los habitantes de la casa: los doce meses del año.


-¿Quién eres? –preguntó Enero, que era el más joven y atrevido. El hombre se despertó aturdido.


-So, soy Samuel, el zapatero. Se me ha hecho tarde y, con todos los respetos, me he tenido que refugiar en su casa.


-No me hagas reír –dijo Febrero-, ¿quieres que creas que no has venido a robarnos?


-No, no era esa mi intención.
- Dijo el zapatero.

-¡Basta! –interrumpió Marzo-. Creo todo lo que dice, pero tenga la amabilidad de levantarse de mi sillón.


El zapatero se levantó dando un salto y se puso de pie junto a la chimenea.


-Está bien –intervino Diciembre- ¿Dónde vives? ¿Qué tal te ha ido en el año?.- 
Las barbas largas y blancas de Diciembre impresionaban al hombre.


-Pues... no puedo quejarme. Todos los meses han sido buenos, aunque mi problema es poder dar de comer a mi familia.


-Bien, bien –dijo Abril, el mes más alegre-. Desde hoy no volverás a preocuparte más por eso. Reconocemos tu franqueza y por ello te vamos a regalar esta porra y esta bolsa. Siempre que quieras comer dirás: “¡Porrita, componte!” y tendrás comida en abundancia. Cuando termine,s volverás a decir: ¡Porrita, descomponte!” y todo se recogerá. En cuanto a la bolsa, cuando quieras dinero sólo tendrás que meterla en tu bolsillo.-


El joven cogió sus regalos y se marchó muy agradecido. Camina que camina, de regreso a su casa, se paró bajo la sombra de un árbol y se dispuso a hacer uso del primer regalo.


-¡Porrita, componte!.- 
Al instante apareció una mesa con todos los manjares que pudiera desear. Cuando hubo terminado, volvió a pronunciar:

-“¡Porrita, descomponte!”.- Y la mesa desapareció a la velocidad de un relámpago.


Entusiasmado con aquello, decidió comprobar la virtud de la bolsa. Se la metió en el bolsillo y al momento se le llenó de monedas de oro tan nuevas y brillantes que creía que estaba soñando. Recogió sus monedas, guardó la bolsa y, feliz y contento, se echó a descansar.
Un buen rato después despertó y, dando gracias al Cielo, emprendió el camino de regreso a su hogar. Contó a su familia lo que le había ocurrido y les hizo una demostración de cómo funcionaban los dos regalos. Su mujer y sus hijos no cabían en sí de alegría, pero el zapatero les advirtió que deberían tener mucha prudencia y no hacer comentarios a nadie. 
Pasó el tiempo y la familia del zapatero se cambió de casa y vio cómo mejoraba su nivel de vida hasta convertirse en una de las más ricas del pueblo.
 La hermana mayor, extrañada por aquel cambio tan afortunado, no paraba de preguntar de dónde les había venido tanta riqueza. Tanto insistió que el zapatero, que este le contó a su cuñado todo lo que le había ocurrido en aquella maravillosa mansión.

Luego la esposa, al escuchar toda esta historia, inmediatamente habló con su marido para que él fuera también a probar fortuna, pero él, que no era tan ambicioso, dijo que no quería ir, que ellos tenían ya bastante para vivir con holgura. Pero la mujer insistió tanto que el hombre no tuvo más remedio que salir en busca de la casa.
 Siguiendo las instrucciones de su cuñado no le fue difícil encontrar la mansión de los doce meses del año. Sin molestarse en llamar empujó la puerta y, con las botas llenas de barro, entró en el comedor, comió todo lo que quiso y después se echó a dormir en la mejor cama que halló, sin preocuparse de cerrar la puerta siquiera.

Llegaron los doce meses del año y rápidamente, con desagrado, notaron el comportamiento de aquel hombre.


-¡Eh, buen hombre! ¡Despierte!.-


El hombre se despertó y les contestó de malos modos:


-¡Déjenme dormir! Mañana hablaremos.


-Bien –respondió Diciembre, maravillado por la actitud de aquel mortal.
 A la mañana siguiente, el hombre se despertó muy temprano y aporreó las puertas de los dormitorios de los meses del año. Estos salieron de inmediato y le hicieron las mismas preguntas que al zapatero:


-¿Dónde vives? ¿Qué tal te ha ido en el año?


-El año no ha podido ser más malo. Yo tengo una tienda y casi no he vendido nada. Además, no me gusta que nadie se meta en mi vida, así que denme los regalos para marcharme cuanto antes.


Los meses, ante la exigencia de aquel hombre, le dieron los regalos.

-Bueno, hombre –le dijo Noviembre-. Puesto que ya conoces el don de estos regalos y ya sabes cómo manejarlos, toma tu porra y tu bolsa.


Él, impaciente por probar los objetos mágicos, no esperó a tener hambre y decidió ponerlos a funcionar inmediatamente. Y, qué sorpresa se llevó. Al pronunciar las palabras mágicas:

-“¡Porrita, componte!”-. La porra la emprendió a golpes con el hombre, que quedó magullado y lleno de moratones. Después de la paliza recibida probó suerte con la bolsa. La metió en su bolsillo y creyó morir del susto al ver salir tantas ranas y culebras.
El hombre estaba indignado, así que pensó castigar a su mujer por haberle obligado a meterse en aquella aventura. Así que, cuando llegó a su casa y escuchó:

-“¿Cómo te ha ido? ¿Traes los regalos?”-, El marido le respondió:


-Coge la porra y la bolsa y entra en la sala. Y después pronuncia las palabras mágicas-.


Si grande fue la paliza que recibió el marido, más grande fue la que tuvo que aguantar ella, sobre todo porque de tantos golpes no se acordaba de las palabras mágicas para mandar parar la porra.


Menos mal que el marido se compadeció de su mujer y no la dejó probar suerte con la bolsa.

La esposa se dio cuenta de lo que había hecho, se arrepintió y le pido perdón al marido.

Desde ese día la mujer nunca mas volvió a desear más de lo que tenía y agradeció todos los días de su vida el estar viva después de aquella paliza.

¿Y a tí? ¿Qué tal te ha ido en el año?