jueves, 13 de febrero de 2020

LAS PRUEBAS
(Cuento de Túnez - Del libro 30 cuentos del Magreb de Jean Muzi)
(Ilustración - Fuente: Internet)

Youssef era hijo único. Vivía solo en casa, después de que una terrible epidemia diezmara a la población de las diferentes tribus de la región, incluyendo a su familia, amigos y vecinos.
Era pobre pero trabajador, inteligente y generoso. Para olvidar su triste destino, decidió abandonar su aldea. Vendió los pocos corderos que tenía, cerró su casa y confió la llave al único amigo que le quedaba.
—El mundo es inmenso, ya encontraré un lugar donde pueda vivir mejor que aquí —le dijo al despedirse.
Se marchó a pie. Como no estaba acostumbrado a caminar, los primeros días le resultaron penosos. Pero al cabo de unas semanas, fue peor y  los caminos le parecían cada vez mas largos. Casi siempre dormía al aire libre o en casa de aquellos que le ofrecían su hospitalidad, y muy rara vez en las posadas.
Un día se detuvo a almorzar debajo de un eucalipto. Cerca del árbol había un hormiguero. Las hormigas no tenían nada que comer y así se lo hicieron saber a Youssef. Éste tomó un poco de pan y se lo dio a las hormigas, tras cortarlo en pedacitos. Las hormigas se hartaron de comer. En agradecimiento, le dieron las patas de una de ellas que acababa de morir, diciendo:
—Si necesitas ayuda, háznoslo saber echando una pata al fuego. Acudiremos de inmediato.
Youssef sonrió, pensando que nunca las necesitaría, pero conservó las patas en un pañuelo que anudó antes de seguir viaje.
Al día siguiente se topó con una mona que estaba con sus pequeños.
—Hace varios días que no comemos —le dijo la mona.
Youssef fue al pueblo, compró una bolsa de maní y se la dio.
—Toma esta mata de pelo y consérvala. El día en que te encuentres en apuros, arrójala al fuego y de inmediato acudiremos en tu ayuda, mis congéneres y yo —le explicó la mona.
El muchacho se lo agradeció y se fue. La semana siguiente, cuando ya había anochecido, vio una lechuza sobre la rama de un árbol.
—Tengo un ala herida —ululó el pájaro—. Ya no puedo cazar y mis pequeños están muy hambrientos.
Youssef había cogido una pequeña liebre para cenar. Abrió su bolsa y se la ofreció a la lechuza. El pájaro se arrancó una pluma con el pico y se la dio a su benefactor.
—Si quieres obtener mi ayuda, quema esta pluma.
—Gracias —le respondió el muchacho, que aquella noche debió conformarse con unos pocos dátiles.
Una tarde, pasó delante de una colmena de abejas. Las abejas no tenían nada que comer. Les dio un recipiente con miel y recibió a cambio el aguijón de una de ellas.
—Cuando lo quemes, sabremos que necesitas nuestra ayuda.
Youssef siguió viajando varias semanas más antes de llegar a una gran ciudad. Era la capital de un reino cuyo sultán deseaba casar a su hija. Para obtener la mano de la princesa, había que pasar varias pruebas muy difíciles. Si el infeliz pretendiente fracasaba, era decapitado. Varios jóvenes habían sido ya decapitados en la plaza del palacio real. Esto no desanimó a Youssef, quien se presentó ante el soberano.
—Vengo a pediros la mano de vuestra hija —dijo, haciendo una reverencia.
—Para obtenerla debes pasar tres pruebas. —¿Cuáles, Majestad?
—La primera consiste en separar granos detrigo y de cebada que han sido mezclados —explicó el sultán—. Dispondrás de una noche para hacer dos montones diferentes. Al amanecer, un guardia vendrá a ver si lo has logrado.
Al caer la noche, Youssef fue conducido hasta un patio aislado del palacio en cuyo centro habían derramado las semillas que había 
que separar. Varias antorchas iluminaban el lugar. El muchacho se estremeció al ver la gran cantidad de granos. Pero ya era tarde para echarse atrás y puso manos a la obra. Muy rápidamente se dio cuenta de que le sería imposible cumplir con su cometido en una sola noche. Abandonó su trabajo y se puso a pensar.
 De pronto se acordó de las hormigas. Desanudó el pañuelo en el que se encontraban
 las patas que le habían dado. Cogió delicadamente una entre el pulgar y el índice, la acercó 
a una antorcha, dudó un instante y sin pensar
lo demasiado la quemó. La llama se avivó. Creció y creció hasta producir mil destellos cegadores. Youssef se sintió temeroso y maravillado al mismo tiempo. De pronto la llama volvió a ser la misma de antes, mientras el suelo del patio se cubría de hormigas. Youssef les explicó lo que quería. De inmediato comenzaron a separar los granos. Eran tantas que el trabajo avanzó muy deprisa. Cuando ya todo estuvo listo, las hormigas se marcharon sin despertar al muchacho, que se había quedado dormido. Al amanecer, un guardia lo despertó sacudiéndolo.
—Al sultán le sorprenderá saber que has pasado la primera prueba —le dijo.
Algunas horas después, Youssef fue recibido por el monarca.
—Te felicito por lo que has hecho —le dijo—. La segunda prueba consiste en cosechar los dátiles en el gran palmeral real que se encuentra al sur del palacio. Dispones de todo el día para realizar esta tarea. Un guardia te conducirá al palmeral e irá a buscarte al atardecer.
Una vez que se encontró solo, el muchacho recogió algunas palmas secas e hizo una pequeña hoguera. Arrojó a las llamas la mata de pelo de la mona. Las llamas crecieron y se elevaron produciendo una humareda de la que surgió la mona. Youssef le indicó lo que deseaba. La mona batió palmas y surgieron cerca de un centenar de monos, cada uno más ágil que el anterior. Treparon a las palmeras y terminaron la cosecha en pocas horas.
Al día siguiente, el sultán felicitó al joven, y después le habló de la tercera prueba.
—Deberás cubrir de blanco todos los tejados del palacio durante la noche —le dijo.
No bien se hubo ocultado el sol, Youssef quemó la pluma de la lechuza, que se posó inmediatamente a su lado. Le dijo lo que quería el sultán. El pájaro ululó un buen rato y sus congéneres surgieron por millares. Cuando se enteraron de lo que se les pedía, depositaron sobre los tejados del palacio las plumitas más blancas de su plumaje. Eran tan blancas que, al despertar, la familia real tuvo la impresión de que había estado nevando toda la noche.
—Eres muy bueno —declaró el sultán—. Puesto que has triunfado en las tres primeras pruebas, has salvado el pellejo. Te concedo la mano de mi hija. Pero sólo será tuya si logras reconocerla durante una fiesta que organizaré mañana en tu honor. La princesa estará entre las mujeres de mi familia y todas llevarán el mismo velo y las mismas ropas.
Youssef hizo una reverencia ante el monarca y se retiró al aposento que le habían atribuido en una de las dependencias del palacio real. Encendió una vela, cogió el aguijón que conservaba en un pañuelo y lo quemó. Apareció una abeja.
—Te escucho —le dijo.
—Tienes que encontrar a la hija del sultán entre todas las mujeres con velo que participarán en la fiesta de mañana.
—Voy a pasearme discretamente por el palacio para reconocerla. Y mañana, me posaré sobre su cabeza para indicarte cuál es —le dijo el insecto.
Al día siguiente, el muchacho pidió al sultán la autorización para subirse encima de los sillones del gran salón para poder ver a todos los asistentes. La orquesta comenzaba a tocar cuando la abeja pasó zumbando al lado de Youssef. Éste la siguió con la vista y vio que se posaba sobre el velo que recubría la cabeza de una de las mujeres. Ésta debió de sentirla, pues la espantó con la mano. La abeja revoloteó unos instantes sobre los invitados y volvió aposarse sobre la misma cabeza. Luego salió volando y desapareció. El muchacho se acercó a la princesa y la designó ante el sultán.
—He aquí vuestra hija, Majestad —le dijo.
—En efecto —dijo el padre, sonriendo—. Vas a convertirte en mi yerno.
Las bodas se celebraron el mes siguiente y las festividades en la capital duraron siete días y siete noches. Al único amigo de Youssef que quedaba vivo le avisaron demasiado tarde para poder asistir al casamiento. No pudo visitarlo hasta el año siguiente. Se sintió tan bien en la capital que terminó instalándose allí y se casó con una prima de la princesa, sin tener que someterse a las mismas pruebas que Youssef.
Fin.



jueves, 19 de septiembre de 2019

LOS TRES ENANITOS DEL BOSQUE
(Cuento popular recopilado por los hermanos Grimm)
(Del libro: Todos los cuentos de los hermanos Grimm)
(Iustración: Anne Andersor Fuente: Inernet)



Éranse un hombre que había perdido a su mujer, y una mujer a quien se le había muerto el marido. El hombre tenía una hija, y la mujer, otra. Las muchachas se conocían y salían de paseo juntas; de vuelta solían pasar un rato en casa de la mujer, madre de la joven. Un día, ésta dijo a la hija del viudo:
-Di a tu padre que me gustaría casarme con él. Entonces, tú te lavarías todas las mañanas con leche y beberías vino; en cambio, mi hija se lavaría con agua, y agua solamente bebería.

De vuelta a su casa, la niña repitió a su padre lo que le había dicho la mujer. Dijo el hombre:

-¿Qué debo hacer? El matrimonio es un gozo, pero también un tormento.

Al fin, no sabiendo qué partido tomar, quitose un zapato y dijo:

-Coge este zapato, que tiene un agujero en la suela. Llévalo al desván, cuélgalo del clavo grande y échale agua dentro. Si retiene el agua, me casaré con la mujer; pero si el agua se sale, no me casaré.

Cumplió la muchacha lo que le había mandado su padre; pero el agua hinchó el cuero y cerró el agujero, y la bota quedó llena hasta el borde. La niña fue a contar a su padre lo ocurrido. Subió éste al desván, y viendo que su hija había dicho la verdad, se dirigió a casa de la viuda para pedirla en matrimonio. Y se celebró la boda.

A la mañana siguiente, al levantarse las dos muchachas, la hija del hombre encontró preparada leche para lavarse y vino para beber, mientras que la otra no tenía sino agua para lavarse y para beber. Al día siguiente encontraron agua para lavarse y agua para beber, tanto la hija de la mujer como la del hombre. Y a la tercera mañana, la hija del hombre encontró agua para lavarse y para beber, y la hija de la mujer, leche para lavarse y vino para beber; y así continuaron las cosas en adelante a partir de ese día para la hija del hombre. 


La mujer odiaba a su hijastra mortalmente e ideaba todas las tretas para tratarla peor cada día. Además, sentía envidia de ella porque era hermosa y amable, mientras que su hija era fea y repugnante. 
Un día de invierno, en que estaban nevados el monte y el valle, la mujer confeccionó un vestido de papel y, llamando a su hijastra, le dijo:

-Toma, ponte este vestido y vete al bosque a llenarme este cesto de fresas, que hoy me apetece comerlas.

-¡Santo Dios! -exclamó la muchacha-. Pero si en invierno no hay fresas; la tierra está helada y la nieve lo cubre todo. ¿Y por qué debo ir vestida de papel? Afuera hace un frío que hiela el aliento; el viento se entrará por el papel, y los espinos me lo desgarrarán.

-¿Habrase visto descaro? -exclamó la madrastra-. ¡Sal enseguida y no vuelvas si no traes el cesto lleno de fresas!

Y le dio un mendrugo de pan seco, diciéndole:

-Es tu comida de todo el día.

Pensaba la mala bruja: "Se va a morir de frío y hambre, y jamás volveré a verla."

La niña, que era obediente, se puso el vestido de papel y salió al campo con la cestita. Hasta donde alcanzaba la vista todo era nieve; no asomaba ni una brizna de hierba. 

Al llegar al bosque descubrió una casita con tres enanitos que miraban por la ventana. Les dio los buenos días y llamó discretamente a la puerta. Ellos la invitaron a entrar, y la muchacha se sentó en el banco, al lado del fuego, para calentarse y comer su desayuno. Los hombrecillos suplicaron:

-¡Danos un poco!

-Con mucho gusto -respondió ella- y, partiendo su mendrugo de pan, les ofreció la mitad.

Preguntáronle entonces los enanitos:

-¿Qué buscas en el bosque, con tanto frío y con este vestido tan delgado?

-¡Ay! -respondió ella-, tengo que llenar este cesto de fresas, y no puedo volver a casa hasta que lo haya conseguido.

Terminado su pedazo de pan, los enanitos le dieron una escoba, y le dijeron:

-Ve a barrer la nieve de la puerta trasera.

Al quedarse solos, los hombrecillos celebraron consejo:

-¿Qué podríamos regalarle, puesto que es tan buena y juiciosa y ha repartido su pan con nosotros? 

Dijo el primero:

-Pues yo le concedo que sea más bella cada día.

El segundo:

-Pues yo, que le caiga una moneda de oro de la boca por cada palabra que pronuncie.

Y el tercero:

-Yo haré que venga un rey y la tome por esposa.

Mientras tanto, la muchacha, cumpliendo el encargo de los enanitos, barría la nieve acumulada detrás de la casa. Y, ¿qué creen que encontró? 

Pues unas magníficas fresas maduras, rojas, que asomaban por entre la nieve. Muy contenta, llenó la cestita y, después de dar las gracias a los enanitos y estrecharles la mano, dirigiose a su casa, para llevar a su madrastra lo que le había encargado. 
Al entrar y decir "buenas noches," cayéronle de la boca dos monedas de oro. Púsose entonces a contar lo que le había sucedido en el bosque, y he aquí que a cada palabra le iban cayendo monedas de la boca, de manera que al poco rato todo el suelo estaba lleno de ellas.

-¡Qué petulancia! -exclamó la hermanastra-. ¡Tirar así el dinero!

Mas por dentro sentía una gran envidia, y quiso también salir al bosque a buscar fresas. Su madre se oponía:

-No, hijita, hace muy mal tiempo y podrías enfriarte.

Mas como ella insistiera y no la dejara en paz, cedió al fin, le cosió un espléndido abrigo de pieles y, después de proveerla de bollos con mantequilla y pasteles, la dejó marchar.

La muchacha se fue al bosque, encaminándose directamente a la casita. Vio a los tres enanitos asomados a la ventana, pero ella no los saludó y, sin preocuparse de ellos ni dirigirles la palabra siquiera, penetró en la habitación, se acomodó junto a la lumbre y empezó a comerse sus bollos y pasteles.

-Danos un poco -pidiéronle los enanitos-; pero ella respondió:

-No tengo bastante para mí, ¿cómo voy a repartirlo con ustedes? Terminado que hubo de comer, dijéronle los enanitos:

-Ahí tienes una escoba, ve a barrer afuera, frente a la puerta de atrás.

-Barran ustedes -replicó ella-, que yo no soy su criada.

Viendo que no hacían ademán de regalarle nada, salió afuera, y entonces los enanitos celebraron un nuevo consejo:

-¿Qué le daremos, ya que es tan grosera y tiene un corazón tan codicioso que no quiere desprenderse de nada?

Dijo el primero:

-Yo haré que cada día se vuelva más fea.

Y el segundo:

-Pues yo, que a cada palabra que pronuncie le salte un sapo de la boca.

Y el tercero:

-Yo la condeno a morir de mala muerte.

La muchacha estuvo buscando fresas afuera, pero no halló ninguna y regresó malhumorada a su casa. Al abrir la boca para contar a su madre lo que le había ocurrido en el bosque, he aquí que a cada palabra le saltaba un sapo, por lo que todos se apartaron de ella asqueados. Ello no hizo más que aumentar el odio de la madrastra, quien sólo pensaba en los medios para atormentar a la hija de su marido, cuya belleza era mayor cada día.


Finalmente, cogió un caldero y lo puso al fuego, para cocer lino. Una vez cocido, lo colgó del hombro de su hijastra, dio a ésta un hacha y le mandó que fuese al río helado, abriera un agujero en el hielo y aclarase el lino. La muchacha, obediente, dirigiose al río y se puso a golpear el hielo para agujerearlo. En eso estaba cuando pasó por allí una espléndida carroza en la que viajaba el Rey. Éste mandó detener el coche y preguntó:

-Hija mía, ¿quién eres y qué haces?

-Soy una pobre muchacha y estoy aclarando este lino.

El Rey, compadecido y viéndola tan hermosa, le dijo:

-¿Quieres venirte conmigo?

-¡Oh sí, con toda mi alma! -respondió ella, contenta de librarse de su madrastra y su hermanastra.

Montó, pues, en la carroza, al lado del Rey, y, una vez en la Corte, celebrose la boda con gran pompa y esplendor, tal como los enanitos del bosque habían dispuesto para la muchacha.

Al año, la joven reina dio a luz un hijo, y la madrastra, a cuyos oídos habían llegado las noticias de la suerte de la niña, encaminose al palacio acompañada de su hija, con el pretexto de hacerle una visita.

Como fuera que el Rey había salido y nadie se hallaba presente, la malvada mujer agarró a la Reina por la cabeza mientras su hija la cogía por los pies, y, sacándola de la cama, la arrojaron por la ventana a un río que pasaba por debajo. 

Luego, la vieja metió a su horrible hija en la cama y la cubrió hasta la cabeza con las sábanas. Al regresar el Rey e intentar hablar con su esposa, detúvole la vieja:

-¡Silencio, silencio! Ahora no; está con un gran sudor, déjela tranquila por hoy.

El Rey, no recelando nada malo, se retiró. Volvió al día siguiente y se puso a hablar a su esposa. Al responderle la otra, a cada palabra le saltaba un sapo, cuando antes lo que caían siempre eran monedas de oro. Al preguntar el Rey qué significaba aquello, la madrastra dijo que era debido a lo mucho que había sudado, y que pronto le pasaría.

Aquella noche, empero, el pinche de cocina vio un pato que entraba nadando por el sumidero y que decía:

"Rey, ¿qué estás haciendo?
¿Velas o estás durmiendo?"

Y, no recibiendo respuesta alguna, prosiguió:

"¿Y qué hace mi gente?"

A lo que respondió el pinche de cocina:

"Duerme profundamente."

Siguió el otro preguntando:

"¿Y qué hace mi hijito?"

Contestó el cocinero:

"Está en su cuna dormidito."

Tomando entonces la figura de la Reina, subió a su habitación y le dio de mamar; luego le mulló la camita y, recobrando su anterior forma de pato, marchose nuevamente nadando por el sumidero. Las dos noches siguientes volvió a presentarse el pato, y a la tercera dijo al pinche de cocina:

-Ve a decir al Rey que coja la espada, salga al umbral y la blanda por tres veces encima de mi cabeza.

Así lo hizo el criado, y el Rey, saliendo armado con su espada, la blandió por tres veces sobre aquel espíritu, y he aquí que a la tercera levantose ante él su esposa, bella, viva y sana como antes.

El Rey sintió en su corazón una gran alegría; pero guardó a la Reina oculta en un aposento hasta el domingo, día señalado para el bautizo de su hijo. Ya celebrada la ceremonia, preguntó:

-¿Qué se merece una persona que saca a otra de la cama y la arroja al agua?

-Pues, cuando menos -respondió la vieja-, que la metan en un tonel erizado de clavos puntiagudos y, desde la cima del monte, lo echen a rodar hasta el río.

A lo que replicó el Rey:

-Has pronunciado tu propia sentencia -y, mandando traer un tonel como ella había dicho, hizo meter en él a la vieja y a su hija, y, después de clavar el fondo, lo hizo soltar por la ladera, por la que bajó rodando y dando tumbos hasta el río.



Fin.