lunes, 5 de noviembre de 2018

EL PINCEL MÁGICO
(Cuento del folklore chino)
(Ilustración - Fuente: Internet)

Había una vez, hace muchísimo tiempo en China, un pobre huérfano llamado Ma Liang. Él no tenía a nadie que lo cuidara o lo protegiera. Así que para vivir, recogía leña y la vendía. 
Pero lo que realmente él quería hacer y lo que más deseaba en el mundo, era pintar. Sin embargo, Ma Liang era tan pobre que no podía comprar ni siquiera un pincel.


Un día, mientras pasaba por la escuela del pueblo, vió que los niños estaban muy ocupados pintando. 

- Por favor señor, -le dijo Ma Liang al profesor, -me gustaría mucho pintar, pero no tengo pincel. ¿Me podría prestar uno?


-¿Qué dices? -gritó el profesor.- ¡No eres más que un pordiosero! Fuera de aquí!

-Podré ser muy pobre, -le dijo Ma Liang,- pero aprenderé a pintar.

La siguiente vez que fue a recoger leños, usando unas ramas Ma Liang dibujó aves sobre la tierra. Cuando llegó al río, metió la mano en el agua y con el dedo mojado dibujó un pez sobre las rocas. Esa noche, cogió un pedazo de madera quemada y con ella dibujó animales y flores.


Cada día Ma Liang encontraba tiempo para hacer más pinturas. La gente lo empezó a notar.
- ¡Qué reales se ven las pinturas del niño!- decía la gente. 

- Ese pájaro que ha dibujado parece que estuviera listo para volar. Hasta parece que se le escucha cantar.

Ma Liang disfrutaba los elogios de la gente, pero todavía pensaba: “¡Si tan solo  tuviera un pincel!”



Una noche, después de que Ma Liang había trabajado todo el día arduamente, cayó en un profundo sueño. En su sueño vio a un anciano de barbas blancas muy largas y rostro amable. 
El anciano sostenía algo en la mano. 

-“Toma esto,”- le dijo a Ma Liang. -“Es un pincel mágico. Usalo con cuidado.”


Cuando Ma Liang se despertó, se dio cuenta que en los dedos sostenía un pincel.
 “¿Todavía estaré soñando?”, se preguntó. Inmediatamente se levantó y pintó un pájaro.

Al terminar, el pájaro que había pintado agitó sus alas y voló.
 Luego pintó un venado. Tan pronto como le dio la última pincelada a la piel del animal, éste rozó con la nariz a Ma Liang y salió corriendo hacia el bosque.
“¡Es un pincel mágico!” se dijo Ma Liang. Y de inmediato corrió hacia donde vivían sus amigos pobres. 
Pintó juguetes para los niños. Pintó vacas y herramientas para los agricultores. También pintó platos llenos de comida para los hambrientos.


Pero las cosas buenas no se pueden mantener en secreto por mucho tiempo. Muy pronto las noticias sobre Ma Liang y el pincel mágico llegaron a oídos del codicioso emperador.


- ¡Tráiganme a ese niño y su pincel! - ordenó el emperador. 

Sus soldados encontraron a Ma Liang y lo llevaron directamente al palacio.
Con el ceño fruncido el emperador miró a Ma Liang. 

-¡Píntame un dragón!- vociferó el emperador. 

Ma Liang empezó a pintar. Pero en vez de pintar un dragón de la suerte, pintó un viscoso sapo que de un salto se posó en la cabeza del emperador.


-¡Niño tonto!- exclamó el emperador. -¡Te arrepentirás de esto!

Entonces le arrebató el pincel mágico y ordenó a sus soldados que arrojaran a Ma Liang a un calabozo.


Luego el emperador llamó al pintor real. 

-Toma este pincel y píntame una montaña de oro,- le ordenó. 

Pero cuando el pintor real terminó la pintura, todo el oro que había pintado se convirtió en piedras.


-Entonces, -dijo el emperador, -este pincel sólo funciona con el niño. ¡Tráiganmelo!

Ma Liang fue llevado nuevamente al emperador y le dijo:

-Si pintas para mí, yo te daré oro y plata, ropa fina, una casa nueva y toda la comida y bebida que puedas desear.

Ma Liang fingió aceptar. 

-¿Qué es lo que quiere que pinte?- preguntó.


-Píntame un árbol que en vez de hojas tenga monedas de oro- le dijo el emperador con la codicia pintada en los ojos.


Ma Liang tomó el pincel mágico y empezó a pintar. Pintó muchas olas azules, y de pronto el emperador se vio frente a un océano.


-¡Eso no es lo que te dije que pintaras!- chilló el emperador. 

Pero Ma Liang lo ignoró y continuó pintando.
En medio del océano pintó una isla. Y en esa isla pintó un árbol con monedas de oro en vez de hojas.


-Sí, sí, eso está mejor,- le dijo el emperador. 

-Ahora, rápidamente píntame un bote para poder llegar a la isla.


Ma Liang pintó un gran barco velero. El emperador se subió al barco junto con muchos oficiales del más alto rango. Ma Liang pintó una cuantas líneas y una suave brisa empezó a soplar. El barco se empezó a mover lentamente hacia la isla.


-¡Rápido, más rápido!- gritaba el emperador. 

Ma Liang pintó entonces una línea curva muy grande, y empezó a soplar el viento fuertemente. 

-¡Ese viento es suficiente! -gritó el emperador. 

Pero el niño siguió pintando. Pintó una tormenta y las olas comenzaron a hacerse cada vez más grandes, meciendo el bote como si fuera un pequeño corcho en el agua. Entonces las olas destrozaron el bote en pedazos. El emperador y sus oficiales fueron arrojados a las orillas de la isla y nunca más pudieron regresar al palacio.


En lo que respecta a Ma Liang, la gente dice que por muchos años viajó de pueblo en pueblo, usando el pincel mágico para ayudar a los pobres dondequiera que iba.

Fin.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

LA OCA DE ORO
(Cuento de los hermanos Grimm)
(Ilustración  Laura Plaza Fernández)
(Fuente: https://www.domestika.org/es/lauraplaza)



Había una vez un hombre que tenía tres hijos, al tercero de los cuales llamaban "El zoquete," que era menospreciado y blanco de las burlas de todos. Un día el hermano el mayor quiso ir al bosque a cortar leña; su madre le dio una torta de huevos muy buena y sabrosa y una botella de vino, para que no pasara hambre ni sed. Al llegar al bosque se encontró con un hombrecillo de pelo gris y muy viejo, que lo saludó cortésmente y le dijo: 

- Dame un pedacito de tu torta y un sorbo de tu vino. Tengo hambre y sed. 


El listo mozo respondió: 


- Si te doy de mi torta y de mi vino apenas me quedará para mí; sigue tu camino y déjame.


Dejó plantado al viejo  y siguió adelante. El mozo se puso a cortar un árbol, y al poco rato pegó un hachazo en falso y el hacha se le clavó en el brazo, por lo que tuvo que regresar a su casa a que lo vendasen. Con esta herida pagó su conducta con el hombrecillo. 

Partió luego el segundo para el bosque, y, como al mayor, su madre lo proveyó de una torta y una botella de vino. También le salió al paso el viejecito gris, y le pidió un pedazo de torta y un trago de vino. Pero también el hijo segundo le replicó con displicencia: 


- Lo que te diese me lo quitaría a mí;  ¡sigue tu camino! 


Y dejando plantado al anciano, se alejó. No se hizo esperar el castigo. Apenas había asestado un par de hachazos a un tronco cuando se hirió en una pierna, y hubo que conducirlo a su casa. 

Dijo entonces "El zoquete": 


- Padre, déjame ir al bosque a buscar leña. 


- Tus hermanos se han lastimado -le contestó el padre-; no te metas tú en esto, pues no entiendes nada. 


Pero el chico insistió tanto, que, al fin,  su padre le dijo: 


-Vete, pues, si te empeñas; a fuerza de golpes ganarás experiencia. 
Le dio la madre una torta amasada con agua y cocida en las cenizas. y una botella de cerveza agria. Cuando llegó al bosque se encontró igualmente con el hombrecillo gris, el cual lo saludó y dijo: 


- Dame un poco de tu torta y un trago de lo que llevas en la botella, pues tengo hambre y sed. 


- No llevo sino una torta cocida en la ceniza y cerveza agria -le respondió "El zoquete"-; si te conformas, sentémonos y comeremos. 


Y se sentaron. Y he aquí que cuando el mozo sacó la torta, resultó ser un magnífico pastel de huevos, y la cerveza agria se había convertido en un vino excelente. 


- Puesto que tienes buen corazón y eres generoso, te daré suerte. ¿Ves aquel viejo árbol de allí? Pues córtalo; encontrarás algo en la raíz -. 


Y con estas palabras, el hombrecillo se despidió. 
"El zoquete" se encaminó al árbol, lo derribó a hachazos, y al caer apareció en la raíz una oca de plumas de oro puro. Se la llevó consigo y entró en una posada para pasar la noche. El dueño tenía tres hijas, que, al ver la oca, sintieron por ella una gran curiosidad, y el deseo de poseer una de sus plumas de oro. La mayor pensó: "Será mucho que encuentre una oportunidad para arrancarle una pluma," y en el momento en que el muchacho salió de su cuarto, sujetó la oca por un ala; pero los dedos y la mano se le quedaron pegados a ella. Pronto acudió la segunda, con la idea de llevarse también una pluma de oro; pero ni bien tocó a su hermana quedó pegada a ella. Finalmente, fue la tercera con idéntico propósito, y las otras le gritaron: 


- ¡Apártate, por Dios Santo, apártate! 


Pero ella no comprendiendo por qué debía apartarse y pensando que si sus hermanas estaban allí, también ella podía estar. Se acercó y, apenas hubo tocado a la segunda, quedó asimismo, pegada sin poder soltarse. Y así tuvieron que pasarse la noche pegadas a la oca. 


A la mañana, "El zoquete," cogiendo el animal bajo el brazo, emprendió el camino de su casa, sin preocuparse de las tres muchachas, que lo seguían pegadas a la oca. En medio del campo se encontraron con el señor cura, quien, al ver la al ver la comitiva, dijo: 


- ¿No os da vergüenza, descaradas, correr de este modo tras este joven en despoblado? ¿Os parece decente? 


Y sujetó a la menor por la mano con intención de separarla; pero ni bien la tocó, quedó a su vez enganchado y tuvo de participar también en la carrera. Al poco rato acertó a pasar el sacristán, y, al ver al señor cura que seguía a las muchachas, sorprendido dijo: 


- ¿Y pues, señor cura, adónde va tan de prisa? ¿Se ha olvidado de que hoy tenemos un bautizo? -y corriendo hacia él, lo cogió de la manga, quedando asimismo sujeto. Trotando así los cinco,  se topáron con dos labradores que, con sus azadones al hombro, regresaban del campo.  El cura los llamó pidiéndoles que lo desenganchasen, a él y al sacristán; pero ni bien hubieron tocado los hombres a este último, ¡quedaron también aprisionados! Y ya eran siete los que corrían en pos de "El zoquete" y su oca. 


Poco después llegaron a una ciudad, cuyo rey era padre de una hija tan seria y adusta, que nadie, había logrado hacerla reír. Por eso el Rey había hecho pregonar que daría la mano de la princesa al hombre que fuese capaz de provocar su risa. Al enterarse de ello, "El zoquete," arrastrando todo su séquito, se presentó ante  la hija del Rey, y al ver ella aquella hilera de siete personas corriendo sin parar una tras otra, se echó a reír tan fuerte y tan a gusto, que no podía cesar en sus carcajadas. Entonces "El zoquete" la pidió por esposa. Pero el Rey, al que no gustaba aquel yerno, opuso toda clase de objeciones, y, al fin, le dijo que antes debía traerle a un hombre capaz de beberse todo el vino que cabía en la bodega de palacio. Pensó el joven en el hombrecillo del bosque y fue a pedirle ayuda. Y he aquí que en el mismo lugar donde cortara el árbol vio sentado a un individuo en cuyo rostro se pintaba la aflicción. 

Le preguntó "El zoquete" el motivo de su pesar, y el otro le contestó: 

- Sufro de una sed terrible, que no puedo calmar de ningún modo. No puedo con el agua fría, y aunque me he bebido todo un tonel de vino, ¿qué es una gota sobre una piedra ardiente? 


- Yo puedo remediar esto -díjole el joven-. Vente conmigo y te prometo que beberás hasta reventar. 


Y diciendo esto, lo condujo a la bodega real, donde el hombre la emprendió, bebe que te bebe, con las voluminosas cubas, hasta que ya le dolían las caderas, y antes de que se hubiese terminado el día, había vaciado toda la bodega. 
"El zoquete" acudió nuevamente a reclamar su novia; pero el Rey, irritado al pensar que un mozalbete que todo el mundo tenía por tonto se hubiese de llevar a su hija, le puso una nueva condición. Antes debía encontrar a un hombre capaz de comerse una montaña de pan. No se lo pensó mucho el mozo, sino que se dirigió inmediatamente al bosque, y en el mismo lugar que antes, encontró a un hombre ocupado en apretarse el cinturón y que, con cara compungida, le dijo: 


- Me he comido toda una hornada de pan. Pero, ¿qué es esto para un hambre como la que yo tengo? Mi estómago sigue vacío, y no me queda más recurso que apretarme el cinturón para no morirme de hambre. 

Le dijo  "El zoquete" muy contento: 

- Vente conmigo y te vas a hartar de pan. 


Y lo llevó a la corte del Rey, el cual había mandado reunir toda la harina del reino y cocer con ella una enorme montaña de pan. El hombre del bosque se situó enfrente de ella, empezó a comer, y, al ponerse el sol, aquella enorme mole había desaparecido. Por tercera vez reclamó "El zoquete" a la princesa; pero el Rey, buscando todavía dilaciones, le exigió que le trajera un barco capaz de ir por tierra y por agua. 
-En cuanto llegues navegando en él -le dijo-, mi hija será tu esposa. 
Nuevamente se encaminó el muchacho al bosque, donde lo aguardaba el viejo hombrecillo gris con quien repartiera su torta, y que le dijo: 
- Para ti he comido y bebido, y ahora te daré el barco. Todo eso lo hago porque fuiste compasivo conmigo. 


Y le dio el barco que iba por tierra y por agua; y cuando el Rey lo vio, ya no pudo seguir negándose a entregarle a su hija. Es entonces que se celebró la boda y a la muerte del Rey, "El zoquete" heredó la corona, y durante largos años vivió feliz con su esposa.


Fin