lunes, 11 de mayo de 2015

LA VAQUITA PARDA

(Cuento del libro "Cuentos populares Rusos I" de Aleksandr Nikolaevich Afanasev)

(Ilustración: Isabel Hojas - http://tierradehojas.blogspot.com)
(Fuente: Internet)


Éranse en un reino un zar y una zarina que tenían una hija llamada María. Cuando
la zarina murió, el zar se casó al poco tiempo con una mujer llamada Yaguichno. 
De este segundo matrimonio tuvo tres hijas; la mayor La madrastra no quería bien a su hijastra María, y un día la vistió con un vestido viejo y sucio, le dio una corteza de pan duro y la envió al campo a apacentar una vaquita parda.

La zarevna condujo a la vaquita a una pradera verde, entró en la vaca por una oreja y salió por la otra, ya comida, bebida, lavada y engalanada.
Limpia y arreglada como una zarevna, cuidó todo el día de la vaquita, y cuando el sol se puso María se quitó su vestido de gala, vistió su traje andrajoso, volvió a casa con la vaquita y guardó el pedazo de pan duro en el cajón de la mesa.

‘¿Qué es lo que habrá comido?’, Pensó la madrastra. Al día siguiente Yaguichno dio a su hijastra la misma corteza de pan duro y la envió a apacentar la vaquita; pero hizo que la acompañase su hija mayor, la que tenía un solo ojo, a la que antes de marcharse dijo:

— Observa, hija mía, qué es lo que come y bebe María, la cual vuelve saciada sin haber probado el pan que le doy.

Llegadas las muchachas a la pradera, María dijo a su hermana:

— Ven, hermanita; siéntate a mi lado y apoya tu cabeza sobre mis rodillas, que te voy a peinar.

Y cuando apoyó la cabeza en sus rodillas, peinándola, dijo:

— No mires, hermanita; cierra tu ojito; duerme, hermanita mía, duerme, querida.

Cuando la hermana se durmió, María se levantó, se acercó a la vaquita, entró en ella por una oreja, salió por la otra comida, bebida y bien vestida, y todo el día, engalanada como una zarevna, cuidó de la vaquita.
Cuando empezó a obscurecer, María se cambió de traje y despertó a su hermana, diciéndole:

— Levántate, hermanita; levántate, querida; es hora ya de volver a casa.

‘¡Qué lástima! — Pensó entre sí la muchacha—. He dormido todo el día, no he visto lo que ha comido y bebido María y ahora no sabré lo que decir a mi madre cuando me pregunte.’
Apenas llegaron a casa, Yaguichno preguntó a su hija: 

— ¿Qué es lo que ha comido y bebido María?

— ¡Yo no he visto nada, madre! — Respondió la hija.

La madre la riñó, y a la mañana siguiente envió a su segunda hija, la que tenía dos ojos.

— Ve, hija mía, y mira bien qué es lo que come y bebe María.

Cuando llegaron al campo María dijo a su hermana:

— Ven aquí; siéntate a mi lado y apoya tu cabeza sobre mis rodillas, que te voy a hacer la trenza.

Y cuando apoyó su cabeza María dijo:

— Cierra, hermanita, un ojo; cierra el otro también. Duerme, hermana, duerme, querida mía.

La hermana cerró los ojos y se durmió hasta la noche y, por consiguiente, no pudo ver nada.

El tercer día, Yaguichno envió a su tercera hija, la que tenía tres ojos, diciéndole:

— Observa bien qué es lo que come y bebe María Zarevna y cuéntamelo todo.

Llegaron las dos a la pradera para apacentar a la vaquita parda, y María dijo a su hermana:

— ¿Quieres que te peine y te haga las trenzas?

— Házmelas, hermanita.

— Pues siéntate a mi lado y descansa tu cabeza sobre mis rodillas.

Cuando tomó esta postura, María Zarevna pronunció las mismas palabras de siempre.

— Cierra, hermanita, un ojo; cierra el otro también. Duerme, hermana, duerme, querida mía.

Pero olvidó por completo el tercer ojo; así que dos ojos dormían, pero el tercero observaba todo lo que María Zarevna hacía. Ésta se arrimó a la vaquita, entró en ella por una oreja y salió por la otra, comida, bebida y bien vestida.

Apenas se escondió el Sol, María se cambió de vestido y despertó a su hermana:

— Levántate, hermanita, que es ya hora de volver a casa.

Llegaron a casa y María escondió su corteza seca de pan en el cajón de la mesa.

— ¿Qué es lo que ha comido María? — Preguntó a su hija la madrastra.

La hija contó a su madre todo lo que había visto; entonces ésta llamó al cocinero y le dio orden de matar inmediatamente a la vaquita parda. El cocinero obedeció y María Zarevna le suplicó:

— Abuelito, dame, por lo menos, el rabo de la vaquita.

El viejo se lo dio; ella lo plantó en la tierra, y en poco tiempo creció un arbolito con unos frutos muy dulces, en el que se posaban muchos pájaros que cantaban canciones muy bonitas.

Un zarevich llamado Iván, oyendo hablar de las virtudes y belleza de la zarevna María, se presentó un día a la madrastra, y poniendo un gran plato sobre la mesa, le dijo:

— La muchacha que me llene de fruta este plato se casará conmigo.

La madrastra envió a su hija mayor a coger la fruta; pero los pájaros no la dejaban acercarse al árbol y por poco le quitan el único ojo que tenía. Envió a las otras dos hijas; pero éstas tampoco pudieron coger un solo fruto.

Finalmente, fue María Zarevna, y apenas se acercó con el plato al árbol y empezó a coger frutos, los pájaros se pusieron a ayudarla, y mientras ella cogía uno, los pajaritos le tiraban al plato dos o tres.

En un momento estuvo el plato lleno. María Zarevna puso entonces el plato sobre la mesa e hizo una reverencia al zarevich.
Prepararon la boda, se casaron, tuvieron grandes fiestas y vivieron muchos años muy felices y contentos.

Fin.

jueves, 9 de abril de 2015

LA PASTORA QUE SE CONVIRTIÓ EN ZARINA

(Cuento de Bulgaria)

(Ilustración: Carolina Robiano Navas)

(Fuente: http://www.ediciona.com/ilustradora_carolina_rubiano_navas-dirf-13260-c17.htm)



Cuentan que hace mucho tiempo, hubo una vez un Zar que mandó a publicar un edicto que decía que aquel quien pudiese romper una piedra, de forma que saliese sangre, sería nombrado primer dignatario del reino.

De todas partes llegaron valientes muchachos, aguerridos caballeros y hombres de fuerza descomunal, pero ninguno de ellos pudo romper la piedra; además no sabían cómo se podía matar una piedra. 

En un pueblo no muy lejano, vivía una honrada muchacha que cuidaba ovejas, y cuando oyó lo que había dicho el Zar, supo que hacer, así que se vistió de hombre, fue a su presencia y le dijo:

-Señor, yo puedo matar la piedra.

El Zar asombrado ante la seguridad de el joven le dio una fecha para resolver el problema.

Por todas partes se extendió la noticia de que había alguien que decía poder matar a la piedra, y muchísima gente vino a ver cómo lo hacía.

Cuando llegó el día señalado, el Zar y todos sus dignatarios salieron de la ciudad y se dirigieron a una explanada, y allí, ante todos, era donde la muchacha debía matar la piedra.

La joven sacó el cuchillo, se volvió al Zar y dijo:

-Señor, si quieres que mate la piedra, dale primero un alma, y si entonces no la mato, te ofreceré mi cabeza.

El Zar se sorprendió de lo que oía y dijo:

-Eres el más inteligente de mis súbditos, y voy a nombrarte primer dignatario; y si además haces lo que voy a decirte, serás para mí como un hijo.

La joven respondió:

-Dime, señor, lo que deseas; haré todo lo que pueda para hacer lo que me ordenes. 

El Zar dijo:

 -Dentro de tres días volverás otra vez aquí; cuando llegues, cabalgarás y no cabalgarás, me harás un regalo y no me lo harás; todos, dignatarios o no, saldremos a recibirte y tú llevarás a la gente a donde te reciban y no te reciban. 

La pastora aceptó el reto pero le pidió tres días para poder cumplirlo. Es así que volvió a su pueblo y pidió a los campesinos que capturaran tres  o cuatro liebres y dos palomas. Los campesinos lo hicieron así.

Al llegar el tercer día, cuando la muchacha tenía que volver a presencia del Zar, puso a cada liebre en un saco distinto, se los dio a los campesinos para que los llevaran y les dijo:

-Soltad los animales cuando yo os diga. 

Ella cogió las dos palomas, se montó en una cabra y se dirigió al encuentro del Zar; antes había mandado emisarios para que anunciasen su llegada.

El Zar, al enterarse de que la pastora se aproximaba, salió de la ciudad a recibirla, con todos los dignatarios y una multitud de curiosos. 
Cuando la joven estaba cerca del Zar, vio que había acudido mucha gente a recibirla y, al aproximarse aún más, ordenó a los campesinos que soltasen las liebres ante la multitud. 
Tan pronto como vieron correr los animales, la gente se lanzó en su persecución, intentando atraparlos.

La pastora, que iba montada en la cabra, andaba llevando al animal entre las piernas, y levantando alternativamente los pies  cabalgaba sobre el animal.

Cuando llegó junto al Zar, sacó las dos palomas del pecho y se las entregó. En el instante en que el Zar abría las manos para recibirlas, la muchacha las soltó, y las palomas echaron a volar.

Entonces la pastora dijo:

-Ya veis, señor, que la gente me ha recibido y no me ha recibido; he cabalgado y no he cabalgado; te he traído un regalo y no te lo he traído.
El Zar respondió:


-Desde hoy serás como mi hijo.

Pero ella se acerco lentamente al Zar y le dijo al oído:

-No soy hombre, sino mujer.

El Zar, que no estaba casado, se sorprendió doblemente y al ver su verdadera naturaleza la hizo su esposa; y de esta forma, la pastora, gracias a su inteligencia y astucia, se convirtió en Zarina. 

Fin.