jueves, 9 de abril de 2015

LA PASTORA QUE SE CONVIRTIÓ EN ZARINA

(Cuento de Bulgaria)

(Ilustración: Carolina Robiano Navas)

(Fuente: http://www.ediciona.com/ilustradora_carolina_rubiano_navas-dirf-13260-c17.htm)



Cuentan que hace mucho tiempo, hubo una vez un Zar que mandó a publicar un edicto que decía que aquel quien pudiese romper una piedra, de forma que saliese sangre, sería nombrado primer dignatario del reino.

De todas partes llegaron valientes muchachos, aguerridos caballeros y hombres de fuerza descomunal, pero ninguno de ellos pudo romper la piedra; además no sabían cómo se podía matar una piedra. 

En un pueblo no muy lejano, vivía una honrada muchacha que cuidaba ovejas, y cuando oyó lo que había dicho el Zar, supo que hacer, así que se vistió de hombre, fue a su presencia y le dijo:

-Señor, yo puedo matar la piedra.

El Zar asombrado ante la seguridad de el joven le dio una fecha para resolver el problema.

Por todas partes se extendió la noticia de que había alguien que decía poder matar a la piedra, y muchísima gente vino a ver cómo lo hacía.

Cuando llegó el día señalado, el Zar y todos sus dignatarios salieron de la ciudad y se dirigieron a una explanada, y allí, ante todos, era donde la muchacha debía matar la piedra.

La joven sacó el cuchillo, se volvió al Zar y dijo:

-Señor, si quieres que mate la piedra, dale primero un alma, y si entonces no la mato, te ofreceré mi cabeza.

El Zar se sorprendió de lo que oía y dijo:

-Eres el más inteligente de mis súbditos, y voy a nombrarte primer dignatario; y si además haces lo que voy a decirte, serás para mí como un hijo.

La joven respondió:

-Dime, señor, lo que deseas; haré todo lo que pueda para hacer lo que me ordenes. 

El Zar dijo:

 -Dentro de tres días volverás otra vez aquí; cuando llegues, cabalgarás y no cabalgarás, me harás un regalo y no me lo harás; todos, dignatarios o no, saldremos a recibirte y tú llevarás a la gente a donde te reciban y no te reciban. 

La pastora aceptó el reto pero le pidió tres días para poder cumplirlo. Es así que volvió a su pueblo y pidió a los campesinos que capturaran tres  o cuatro liebres y dos palomas. Los campesinos lo hicieron así.

Al llegar el tercer día, cuando la muchacha tenía que volver a presencia del Zar, puso a cada liebre en un saco distinto, se los dio a los campesinos para que los llevaran y les dijo:

-Soltad los animales cuando yo os diga. 

Ella cogió las dos palomas, se montó en una cabra y se dirigió al encuentro del Zar; antes había mandado emisarios para que anunciasen su llegada.

El Zar, al enterarse de que la pastora se aproximaba, salió de la ciudad a recibirla, con todos los dignatarios y una multitud de curiosos. 
Cuando la joven estaba cerca del Zar, vio que había acudido mucha gente a recibirla y, al aproximarse aún más, ordenó a los campesinos que soltasen las liebres ante la multitud. 
Tan pronto como vieron correr los animales, la gente se lanzó en su persecución, intentando atraparlos.

La pastora, que iba montada en la cabra, andaba llevando al animal entre las piernas, y levantando alternativamente los pies  cabalgaba sobre el animal.

Cuando llegó junto al Zar, sacó las dos palomas del pecho y se las entregó. En el instante en que el Zar abría las manos para recibirlas, la muchacha las soltó, y las palomas echaron a volar.

Entonces la pastora dijo:

-Ya veis, señor, que la gente me ha recibido y no me ha recibido; he cabalgado y no he cabalgado; te he traído un regalo y no te lo he traído.
El Zar respondió:


-Desde hoy serás como mi hijo.

Pero ella se acerco lentamente al Zar y le dijo al oído:

-No soy hombre, sino mujer.

El Zar, que no estaba casado, se sorprendió doblemente y al ver su verdadera naturaleza la hizo su esposa; y de esta forma, la pastora, gracias a su inteligencia y astucia, se convirtió en Zarina. 

Fin.

lunes, 9 de marzo de 2015


 LA FLOR DE LIROLAY
(Cuento folclórico Argentino)
(Ilustración - Fuente: Internet)


Este era un rey ciego que tenía tres hijos. Una enfermedad desconocida le había quitado la vista y ningún remedio de cuantos le aplicaron pudo curarlo. Inútilmente habían sido consultados sabios más famosos.


Un día llegó al palacio, desde un país remoto, un viejo mago conocedor de la desventura del soberano. Le observó, y dijo que sólo la flor del Lirolay, aplicada a sus ojos, obraría el milagro. La flor del Lirolay se abría en tierras muy lejanas y eran tantas y tales las dificultades del viaje y de la búsqueda que resultaba casi imposible conseguirla. Los tres hijos del rey se ofrecieron para realizar la hazaña. El padre prometió legar la corona del reino al que conquistara la flor del Lirolay.


Los tres hermanos partieron juntos. Llegaron a un lugar en el que se abrían tres caminos y se separaron, tomando cada cual por el suyo. Se marcharon con el compromiso de reunirse allí mismo el día en que se cumpliera un año, cualquiera fuese el resultado de la empresa.
Los tres llegaron a las puertas de las tierras de la flor del Lirolay, que daban sobre rumbos distintos, y los tres se sometieron, como correspondía a normas idénticas.

Fueron tantas y tan terribles las pruebas exigidas, que ninguno de los dos hermanos mayores la resistió, y regresaron sin haber conseguido la flor.

El menor, que era mucho más valeroso que ellos, y amaba entrañablemente a su padre, mediante continuos sacrificios y con grande riesgo de la vida, consiguió apoderarse de la flor extraordinaria, casi al término del año estipulado.
El día de la cita, los tres hermanos se reunieron en la encrucijada de los tres caminos.

Cuando los hermanos mayores vieron llegar al menor con la flor de lirolay, se sintieron humillados. La conquista no sólo daría al joven fama de héroe, sino que también le aseguraría la corona. La envidia les mordió el corazón y se pusieron de acuerdo para quitarlo de en medio.
Poco antes de llegar al palacio, se apartaron del camino y cavaron un pozo profundo. Allí arrojaron al hermano menor, después de quitarle la flor milagrosa, y lo cubrieron con tierra.

Llegaron los impostores alardeando de su proeza ante el padre ciego, quien recuperó la vista así que pasó por los ojos la flor de Lirolay. Pero, su alegría se transformó en nueva pena al saber que su hijo había muerto por su causa en aquella aventura.

De la cabellera del príncipe enterrado brotó un lozano cañaveral.
Al pasar por allí un pastor con su rebaño, le pareció espléndida ocasión para hacerse una flauta y cortó una caña.

Cuando el pastor probó modular en el flamante instrumento un aire de la tierra, la flauta dijo estas palabras:

No me toques, pastorcito, 
ni me dejes tocar;
mis hermanos me mataron
por la flor de Lirolay.

La fama de la flauta mágica llegó a oídos del Rey que la quiso probar por sí mismo; sopló en la flauta, y oyó estas palabras:

No me toques, padre mío,
ni me dejes tocar;
mis hermanos me mataron
por la flor de Lirolay.
Mandó entonces a sus hijos que tocaran la flauta, y esta vez el canto fue así:

No me toquen, hermanitos,
ni me dejen tocar;
porque ustedes me mataron
por la flor de Lirolay.

Llevando el pastor al lugar donde había cortado la caña de su flauta, mostró el lozano cañaveral. Cavaron al pie y el príncipe vivió aún, salió desprendiéndose de las raíces.
Descubierta toda la verdad, el Rey condenó a muerte a sus hijos mayores.

El joven príncipe, no sólo los perdonó sino que, con sus ruegos, consiguió que el Rey también los perdonara.
El conquistador de la flor de Lirolay fue rey, y su familia y su reino vivieron largos años de paz y de abundancia.

Fin.