sábado, 5 de abril de 2014


RICITOS DE ORO Y LOS TRES OSOS

(Cuento de los hermanos Grimm)
(Ilustraciones – Fuente: Internet)

En medio de un bonito y florido bosque, había una preciosa casa en la que vivían 3 osos: Papá oso, mamá osa y el pequeño osito. Un día tras hacer las camas, limpiar la casa y hacer la sopa para la cena, los tres ositos fueron a pasear por el bosque.

Mientras los ositos estaban caminado por el bosque, una niña llamada Ricitos de Oro salió a pasear y recoger flores frescas.
En su camino encontró una casa muy hermosa. Se acercó atraída por su belleza y se asomó por la ventana. Todo parecía muy ordenado y limpio y olvidándose de la buena educación que su madre le había enseñado, la niña decidió entrar. Al ver la casa tan acogedora, Ricitos de Oro curioseó todo lo que pudo. Pero al cabo de un rato sintió hambre gracias al olor que venía de los platos con sopa puestos en la mesa. Se acercó y vio que habían tres tazones. Uno grande, uno mediano y otro pequeño. Y otra vez sin hacer caso a la educación que le habían enseñado, la niña se lanzó a probar la sopa. Comenzó por el tazón grande, pero al probarlo, sintió la sopa demasiado caliente. Probó el mediano y le pareció que la sopa estaba demasiado fría. Por  último probó el tazón más pequeño y la sopa estaba como a ella le gustaba. Entonces sin aguantar el antojo se la tomó toda.

Cuando se terminó la sopa, Ricitos de Oro vio tres sillas que se veían muy cómodas. Una grande, una mediana y otra pequeña. La niña quiso probarlas y se subió a la silla grande pero estaba demasiado dura parra ella. Luego se sentó en la silla mediana y le pareció demasiado blanda. Y decidió sentarse en la silla  más pequeña que le resultó comodísima. Pero la sillita no estaba acostumbrada a llevar tanto peso y poco a poco el asiendo fue cediendo y se rompió. Ricitos de Oro terminó sentada en el suelo.

Es entonces que decide subir a la habitación de arriba y al entrar se queda asombrada al ver las tres camas que habían allí. Una grande, una mediana y otra pequeña. Probó la cama grande pero era muy alta y dura. La cama mediana estaba muy baja y blanda y la cama pequeña era tan mullidita y cómoda que se quedó totalmente dormida.

Mientras Ricitos de Oro dormía profundamente, llegaron los 3 ositos a la casa y nada más al entrar el oso grande vio su cuchara dentro de el tazón y dijo:

- ¡Alguien ha probado mi sopa!

Mamá osa también vio su cuchara dentro del tazón y dijo:

- ¡Alguien ha probado mi sopa!

Y el osito pequeño dijo con voz apesadumbrada:
- ¡Alguien ha probado mi sopa y se la ha tomado toda!

Luego pasaron al salón y papá oso dijo:

- ¡Alguien se ha sentado en mi silla!

Mamá osa dijo :

- ¡Alguien se ha sentado en mi silla!

Y el osito pequeño dijo con vos chillona:

- ¡Alguien se ha sentado en mi silla y la ha roto!

Al ver que allí no había nadie, decidieron subir a la habitación y ver si el ladrón de su comida se encontraba todavía en el interior de la casa. Al entrar papá oso dijo:

- ¡Alguien se ha acostado en mi cama!

Mamá osa dijo:

- ¡Alguien se ha acostado en mi cama!

Y el osito pequeño dijo asombrado:

- ¡Alguien se ha acostado en mi cama …y todavía sigue ahí!

Entonces los tres osos se acercaron a la cama del osito y observaron a Ricitos de Oro, que en sueños oía las voces pensando que eran en su imaginación. De pronto Ricitos de Oro abrió los ojos y de un salto salió de la cama mientras los osos la observaban, y salió corriendo asustada hacia su casa sin parar a mirar hacia atrás un solo instante.

Desde ese día Ricitos de Oro juró nunca volver a entrar en casa ajena y menos aún sin pedir permiso.

Fin.


jueves, 6 de marzo de 2014

EL BUHO
(Cuento Saharaui)
(Ilustración - Fuente: Internet)


Había una vez un hombre saharaui que, como era costumbre, todas las mañanas llevaba su rebaño para venderlo en el zoco junto con otros pastores.

Viajaban juntos, pero como el rebaño de este hombre era muy grande, avanzaban despacio. Un día sus compañeros de viaje le dijeron: 

—Mientras lleves tantos corderos no podremos viajar juntos, no llegaremos nunca. 

Entonces, el hombre sin decir nada, tomo su camello y empujando a su rebaño se fue.
Estuvo andando y andando hasta que llegó a un lugar que no estaba muy lejos de donde había partido. Atardecía ya y apareció un búho gritando y saltando a su alrededor y el hombre le dijo:

— ¿Qué pasa, a caso quieres comprarme estos corderos? 

El búho dio un grito y se calló.
Entonces el hombre dijo:

— ¿A qué precio los vas a comprar? 

El búho respondió con otro grito.
 
—De acuerdo, te los vendo por este precio – dijo el hombre y de nuevo el búho contestó con un grito.

—Vendré a verte dentro de un mes para que de des el pago acordado.  No lo olvides, dentro de un mes.

El búho dio un grito por última vez y se alejó volando.

El hombre pasó la noche allí estaba muy cansado para volver, además era tarde ya.
Al  día siguiente regresó donde estaban sus amigos, quienes al verlo le preguntaron: 

— ¿Dónde está tu rebaño? ¿Qué has hecho con él? 

—Se lo vendí todo a un búho que me encontré —explicó. 

— ¿Qué? —insistieron sus sorprendidos amigos. 

—Pues sí, se lo he vendido a un búho, 

Los amigos no creyeron nada de lo que el hombre les contaba y decidieron ir en busca del rebaño. 

— ¿Dónde van? —les preguntó—. No encontrarán nada, ya les he dicho que le vendí a un búho mi rebaño. 

Sus amigos no hicieron caso y fueron a buscar el rebaño. 
Al llegar donde estaba el búho sólo vieron los huesos y la lana. No quedaba ni un cordero vivo y regresaron sorprendidos. No podían creer que el hombre haya sido tan tonto. 

Pasaron los días y al llegar el día en que se cumplía un mes de la venta, montó el hombre en su camello y
partió en busca del búho. 

Lo encontró en el lugar acordado y  entonces le pregunto:
 
— ¿Has preparado lo que me debes? 

El búho gritó y empezó a volar. El hombre salió cabalgando detrás de él.
Cada vez que lo alcanzaba, el búho levantaba el vuelo y volvía a esperar que lo alcanzase.
De este modo llegaron ante una recóndita cueva y el búho penetró en ella.
El hombre desmontó su camello para seguirle y lo encontró posado encima de una piedra grande y plana.
Al acercarse vio por una rendija que debajo había una tinaja llena de monedas de oro. 

El hombre la cogió y el búho se marchó volando. Entonces empezó a contar las monedas hasta que reunió la cantidad acordada con el búho por el rebaño. Luego, volvió a dejar la tinaja con el resto de las monedas debajo de la piedra y se marchó. 

Al llegar junto a su familia, ésta se quedó sorprendida y quiso saber dónde estaba la cueva. El hombre les dijo:

—Yo tengo el dinero que me debía el búho. Nunca les enseñaré el lugar donde encontré las monedas. 

Sin embargo, no le hicieron ningún caso y, movidos por la ambición, salieron en su búsqueda.
Pero no encontraron ni rastro de la cueva ni de la tinaja. 

— ¡Qué tontos han sido! —les recriminó—. Aunque removieran el cielo y la tierra jamás encontraríais ese lugar.


Y si alguien no cree esta historia entonces que vaya allá y trate de encontrar aquel lugar.