martes, 10 de diciembre de 2013


EL NEGRITO EPAMINONDAS
(Cuento anónimo de la Guinea Española - África)
(Ilustración - Fuente: Internet)
Epaminondas es un negrito, hijo de una mujer negra tan pobre que, como no podía dar a su hijo más que el nombre, le puso el más largo que encontró en el santoral católico .
La madrina es otra mujer de raza negra, algo menos pobre que la madre; quiere mucho al negrito y le dice que vaya a visitarla con frecuencia para, con ese pretexto, hacerles a madre e hijo algún regalillo.
Un buen día regala al pequeño un riquísimo bizcocho, y le advierte:
-Llévalo bien sujeto para que no se te pierda.
-Bien, madrina – le contesta muy contento Epaminondas.
Y tanto y tanto aprieta la mano durante el camino que, cuando va a entregar el regalo a su madre, sólo quedan unas pocas migas.
-¿Qué me traes, Epaminondas?
-Un bizcocho, madre.
-¡Un bizcocho! ¡Válgale Dios! Pero, ¿qué manera tienes de llevar un bizcocho? ¿Quieres saber cómo se lleva? Lo envuelves muy bien en un papel de seda y después lo colocas en el ala del sombrero; lo pones allí y, muy despacito y caminando muy derecho para que no se te caiga, vienes tranquilamente a casa. ¿Has comprendido?
-Sí, madre.
A los pocos días Epaminondas vuelve a casa de su madrina, la que ahora le regala un buen pedazo de manteca para el desayuno del día siguiente.
Epaminondas toma la manteca, la envuelve con mucho cuidado en un papel de seda y la coloca sobre el ala del sombrero de paja que lo protege del sol; luego se lo pone en la cabeza y echa a andar muy despacio, y muy derecho, para su casa. Es un hermoso y caliente día del verano; el sol derrite la mantequilla, que va cayendo en aceitosas gotas por la cabeza y cuello del niño.
Y cuando Epaminondas llega a su casa y quiere entregar a su madre la manteca ya no queda nada y su cuello y su espalda parecen como untadas para el desayuno.
La madre se lleva las manos a la cabeza al verlo en este estado.
-¡Dios mío! ¿Pero cómo se te ha ocurrido traer así la manteca? Para conservarla bien debiste envolverla en hojas muy frescas y a lo largo del camino ir mojándola en todas las fuentes de agua que encontrases. Sólo así hubiera llegado a casa en buenas condiciones. ¿Lo has entendido?
-Sí, madre.
Y a la siguiente vez, la madrina regala a Epaminondas un lindo perrillo. El niño no lo piensa mucho; lo envuelve en grandes hojas de parra bien frescas, y por el camino lo va metiendo en todos los arroyuelos que encuentra, de manera que cuando llega a su casa el infeliz perrito está casi muerto de frío y tiembla como la hoja en el árbol.
-¡Dios me valga! –exclama la madre-. ¿Qué traes aquí Epaminondas, hijo?
-Un perro chiquito, madre.
-¿Esto es un cachorro? ¿Y es así como lo tratas? Un perrito se lleva con una cuerda atada al cuello, y tirando de él con cuidadito para que el  animal ande. ¿Has entendido?
-Sí, madre.
Y unos días después cuando vuelve a casa de la madrina, la buena mujer le regala un sabroso pan, recién sacado del horno, crujiente y dorado.
Epaminondas le ata una cuerda, lo pone en el suelo y vuelve a casa tirando de él, como le había dicho su madre que tenía que hacer con el perrito.
-¡Dios mío! –grita la madre-. ¿Qué me traes aquí, Epaminondas?
-Un pan que me ha regalado la madrina –contesta el niño orgulloso.
-¡Epaminondas, hijo, serás mi perdición! No volverás a casa de tu madrina ni te explicaré ya nada. Seré yo la que vaya a todas partes.
De este modo, al día siguiente la madre del pequeño se prepara para ir a casa de la madrina pero antes advierte al hijo:
-Epaminondas, hijo, ya has visto que acabo de hacer una hornada de seis pasteles y los he puesto sobre una tabla, delante de la puerta, para que se enfríen. Vigila que no se los coma el gato, y, si tienes que salir, mira bien cómo pisas por encima de ellos con cuidado.
-Sí, madre.
La madre se va y el negrito mira cómo se enfrían los pasteles, pero como de pronto quiere salir,  recuerda lo que le dijo la madre: “mira bien exactamente cómo pisas encima de ellos” –uno, dos, tres, cuatro, cinco,  va poniendo los pies sobre cada pastel, convirtiéndoles en una pasta.

La madre llega a poco... y nadie sabe todavía lo que allí pasó, pero el caso es que Epaminondas no podía sentarse sin decir ¡ay! ¡ay! al día siguiente.

martes, 12 de noviembre de 2013

RUMPELSTILTSKIN

(Cuento anónimo)
(Ilustraciones: Edward Gorey - Fuente: Internet)


Había una vez un pobre molinero que tenía una bellísima hija. Y sucedió que en cierta ocasión se encontró con el rey y como le gustaba hacerse el importante y hablar sin medir las consecuencias de sus mentiras, le dijo:

- Mi hija es tan hábil y sabe hilar tan bien, que convierte la hierba seca en oro.

- Eso es admirable, es una arte que me agrada - dijo el rey- Si realmente tu hija puede hacer lo que dices, llévala mañana a palacio y la pondremos a prueba.

Al día siguiente el molinero sin perder un segundo llevo a su hija al reino.  En cuanto llegó la muchacha ante la presencia del rey, éste la condujo a una habitación que estaba llena de hierba seca, le entregó una rueca, un carrete y le dijo:

-¡Ahora ponte a trabajar y si mañana temprano toda esta hierba seca no ha sido convertida en oro, morirás!.

Y dichas estas palabras, cerró él mismo la puerta y la dejó sola.
Allí quedó sentada la pobre hija del molinero y aunque le le tome la vida entera, no se le ocurría cómo hilar la hierba seca para convertirla en oro.
Cuanto más tiempo pasaba, más miedo tenía y por fin no pudo más y se echó a llorar desconsoladamente.

De repente, se abrió la puerta y entró un hombrecito.

-¡Buenas tardes señorita molinera! - le dijo- ¿Por qué está llorando?

- ¡Ay de mí! - respondió la muchacha - Tengo que hilar toda esta hierba seca de modo que se convierta en oro y no sé cómo hacerlo.

- ¿Qué me darás - dijo el hombrecito - si lo hago por ti?

- Mi collar- dijo la  muchacha.

El hombrecito aceptó el trato, tomó el collar, se sentó frente a la rueca y ...¡zas, zas, zas!, dio varias vueltas a la rueda y se llenó el primer carrete con hilo de oro. Enseguida tomó otro y ...¡zas, zas, zas!, con varias vueltas estuvo el segundo lleno. Y así continuó sin parar hasta la mañana, en que toda la hierba seca quedó hilada y todos los carreteles llenos de oro.

Al amanecer se presentó el rey. Y cuando vio todo aquel oro sintió un gran asombro y se alegró muchísimo: pero su corazón rebosó de codicia. Hizo que llevasen a la hija del molinero a una habitación mucho mayor que la primera, también  atestada de hierba seca, y le ordenó que la hilase en una noche si en algo amaba su vida. 
La muchacha no sabía cómo arreglárselas y ya se había echado a llorar cuando se abrió la puerta y apareció el hombrecito nuevamente.

- ¿Qué me darás - preguntó - si te convierto la hierba seca en oro?

- Mi sortija - contestó la muchacha.

El hombrecito tomó la sortija, volvió a sentarse en la rueca y al llegar la madrugada toda la hierba seca estaba convertida en reluciente oro.

Se alegró el rey a más no poder cuando  vio todo ese hilo convertido en oro, pero aún no tenía lo suficiente;  mandó que llevasen a la hija del molinero a una habitación mucho mayor que las anteriores también atestada de hierba seca y entonces dijo:

- Hilarás todo esto durante la noche  y si logras hacerlo serás mi esposa.

Tan pronto quedó sola, apareció el hombrecito por tercera vez y le dijo:

- ¿Qué me darás si nuevamente esta noche te convierto la hierba seca en oro?

- No me queda nada para darte - contestó la muchacha.

- Prométeme entonces - dijo el hombrecito - que, si llegas  a ser reina, me entregarás tu primer hijo.

La muchacha dudó un momento. "¿Quién sabe si llegaré a tener un hijo algún día, pero esta noche debo hilar este heno seco"-  dijo para si - Y no sabiendo cómo salir del paso, prometió al hombrecito lo que quería.
Entonces éste convirtió una vez más la hierba seca en oro.

Cuando el rey llegó por la mañana y lo encontró todo tal como lo había deseado, se casó enseguida con la muchacha. Así fue como la hermosa hija del molinero se convirtió en reina.

Un año más tarde la reina  dio a luz un hermoso niño, sin que se hubiera acordado más del hombrecito. Pero de repente una mañana lo vio entrar a su recamara:

- Vine a buscar lo que me prometiste - dijo.

¡La reina se quedó horrorizada! Entonces  le ofreció cuantas riquezas habían en el reino con tal de que le dejara al niño. Pero el hombrecito dijo:

- No, una criatura viviente es más preciosa para mí que los mayores tesoros de este mundo.

Comenzó entonces la reina a llorar, a rogarle y a lamentarse de tal modo que el hombrecito se compadeció de ella.

- Te daré tres días de plazo - le dijo- Si en ese tiempo consigues adivinar mi nombre te quedarás con el niño.

La reina se pasó la noche entera tratando de recordar todos los nombres que sabía y que había oído decir en su vida y como le parecieron pocos envió a un mensajero a recoger, de un extremo a otro del país, todos los nombre que pudiese recolectar.

Cuando el hombrecito llegó al día siguiente, la reina comenzó a nombrar: Gaspar, Melchor y Baltasar...y así fue recitando uno tras otro todos los nombres que sabía. Pero el hombrecito repetía sin parar:

- ¡No!, así no me llamo yo.

Al segundo día la reina mandó a averiguar los nombres de las personas que vivían en los alrededores del palacio y repitió al hombrecito los más curiosos y poco comunes:

- ¿Te llamas Arbilino, Patizueco, o quizas Trinobobo?

Pero él contestaba siempre:

- ¡No! así no me llamo yo.

Al tercer día regresó el mensajero de la reina y le dijo:

-No he podido encontrar un sólo nombre nuevo; pero al subir a una altísima montaña, más allá de lo más profundo del bosque, allá donde el zorro y la liebre se dan las buenas noches, vi una casita diminuta. Delante de la puerta ardía una hoguera y, alrededor de ella un hombrecito ridículo brincaba sobre una sola pierna y cantaba:

Hoy tomo vino y mañana cerveza,
después al niño sin falta traerán,
nunca, se rompa o no la cabeza,
el nombre Rumpelstikin adivinarán.

¡Imagínese lo contenta que se puso la reina cuando oyó este nombre!
Poco después entró el hombrecito nuevamente y por última vez a la habitación de la reina y dijo:

- Y bien señora reina, ¿cómo me llamo yo?

- ¿Te llamas Conrado? - empezó ella.

- ¡No! así no me llamo yo.

- ¿Y Enrique?

- ¡No! así no me llamo yo - replicó el hombrecito con expresión triunfante.

Sonrió la reina y dijo:

- Pues...¿quizás te llamas... Rumpelstikin?

- ¡Te lo dijo una bruja! ¡Te lo dijo una bruja! - gritó el hombrecito y furioso dio en el suelo una patada tan fuerte que se hundió hasta la cintura.
Luego sujetándose al otro pie con ambas manos, tiró y tiró hasta que pudo salir; y entonces, sin dejar de protestar, se marchó corriendo y saltando sobre una sola pierna, mientras en palacio todos se reían de él por haber pasado en vano tantos trabajos.

Fin.