viernes, 5 de julio de 2013

Cuentos para leer

 EL INDIO QUE NO CUMPLÍA SU PALABRA
(Cuento tradicional de los Indios Sioux Oglala de Estados Unidos de Norteamérica)
(Ilustración: Alfred Jacob Miller – Fuente: Internet http://www.odisea2008.com/)
En el comienzo del mundo, cuando todavía no había demasiada gente, el Gran Espíritu podía acercarse a cada indio y darle aquello que necesitaba. Pero cuando sobre la tierra ya había mucha gente no podía escucharlos a todos y decidió colocar en la tierra de los indios sioux oglala, una roca en forma de hombre y les dijo:
- Hay hombres por toda la tierra, así es que yo he de viajar por todo el mundo. Si alguno de ustedes necesita ayuda que venga aquí y pídaselo a la roca. Esta roca tiene el poder de comunicarse conmigo.
Entonces, los indios sioux oglala se acostumbraron a hablar con aquella roca y cuando escaseaban los bisontes o había mucha sequía, le pedían ayuda a la roca quién resolvía sus problemas.
Había un indio llamado Raya Rota a quien no le gustaba cazar y vivía muy pobremente. Un día que no tenía nada para comer se acercó a la roca y le pidió:
- Sé que eres tan poderosa como el Gran Espíritu, ya ves que soy pobre y desgraciado. ¿Podrías ayudarme?.
La roca le contestó:
- Desde que te conozco no te he visto cazar nunca.
- Es que tengo un arco muy malo, mi lanza no tiene punta y he perdido mi hacha –le contestó Raya Rota- y además mis piernas son débiles y no puedo correr detrás de los ciervos.
- ¿Y por qué no vas a pescar? – le preguntó la roca.
- La última vez que atrapé un pez se me escapó y se llevó el arpón.
- ¿Qué quieres entonces?- dijo la roca.
- Querría un ciervo pequeñito. A cambio yo te taparía con mi manta de piel de bisonte. En invierno las noches refrescan y tendrás frío.
La roca le dijo que se guardase la manta, y que le concedería el deseo.
- No, no yo quiero regalártela – dijo Raya Rota- seguro que tú la necesitas más que yo.
El indio tapó la roca con su manta llena de agujeros y se marchó.
Cuando volvía hacia su tienda encontró un pequeño ciervo muerto. Lo cogió, le arrancó la piel y lo puso en el fuego a asar.
Mientras el ciervo se tostaba en el fuego comenzó a hacer mucho frío y Raya Rota pensó: “¿Por qué habré dado mi manta a una roca?. Me parece una estupidez, una roca tapada y yo pasando frío”.
Dejó el ciervo tostándose al fuego y el indio volvió a la roca para coger su manta y se la puso en sus espaldas. Después de comerse al ciervo se fue a dormir.
Al cabo de unos cuantos días volvió a tener hambre y pensó: “Volveré a la roca y le pediré que me dé comida”.
- Tengo hambre, mucha hambre. ¿Podrías darme un poco de carne? –le dijo el indio.
- ¿Qué has hecho con el ciervo que te di?
- Era un animal muy pequeño y me ha durado poco tiempo.
- ¿Aún no has arreglado tus armas para cazar? –dijo la roca.
- La cuerda de mi arco se ha roto. Necesito piel de bisonte para hacerme una. Si me proporcionas un bisonte tendrás mi agradecimiento.
La roca parecía dudar y entonces el indio le dijo:
- Te daré mi manta. Pronto lloverá y con ella estarás cubierta.
El indio volvió a su casa y al llegar se encontró con un gran bisonte. Raya Rota le arrancó la piel, la puso a secar y a continuación puso la carne a asar. Pero el indio había cogido poca leña y el fuego no era suficiente para un animal tan grande.
Al poco rato comenzó a llover y a hacer mucho frío. Calado hasta los huesos el indio dijo: “¡qué estúpido he sido al darle mi manta a la roca. La roca puede aguantar el mal tiempo sin peligro, mientras yo me puedo morir por la humedad y frío!”.
Con este pensamiento, el indio volvió a la roca y le cogió la manta. Después emprendió el camino de vuelta con la manta a sus espaldas. Al llegar observó que el bisonte había desaparecido y al fuego le quedaba muy poca leña.
Raya Rota comprendió que la roca le había castigado por no cumplir con su palabra.
El indio volvió delante de la roca y pidió y pidió que le ayudase.
La roca no le hizo caso y Raya Rota se entristeció mucho por su comportamiento.

Desde aquel día Raya Rota y los indios sioux oglala han aprendido que para merecer los favores del Gran Espíritu es necesario el esfuerzo personal y que cuando los espíritus regalan alguna cosa hay que agradecérselo.  En caso contrario es mejor no pedir nada.

martes, 4 de junio de 2013

CAPERUCITA ROJA

(Versión de Charles Perrault)
(Ilustraciones: Cory Godbey - Fuente: Internet)
(corygodbye.com)


Había una vez una niñita en un pueblo, la más bonita que jamás se hubiera visto; su madre estaba enloquecida con ella y su abuela mucho más todavía. Esta buena mujer le había mandado hacer una caperucita roja y le sentaba tanto que todos la llamaban Caperucita Roja. 
Un día su madre, habiendo cocinado unas tortas, le dijo:

- Anda a ver cómo está tu abuela, pues me dicen que ha estado enferma; llévale una torta y este tarrito de mantequilla.

Caperucita Roja partió en seguida a ver a su abuela que vivía en otro pueblo. Al pasar por  un bosque, se encontró con el compadre lobo, que  tuvo muchas ganas de comérsela, pero no se atrevió porque unos leñadores andaban por ahí cerca. Él le preguntó a dónde iba. La pobre niña, que no sabía que era peligroso detenerse a hablar con un lobo, le dijo:

- Voy a ver a mi abuela, y le llevo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.

- ¿Vive muy lejos?- le dijo el lobo.

-¡Oh, sí! - dijo Caperucita Roja-, más allá del molino que se ve allá lejos, en la primera casita del pueblo.

- Pues bien-dijo el lobo-, yo también quiero ir a verla; yo iré por este camino, y tú por aquél, y veremos quién llega primero.

El lobo partió corriendo a toda velocidad por el camino que era más corto y la niña se fue por el más largo entreteniéndose en coger avellanas, en correr tras las mariposas y en hacer ramos con las florecillas que encontraba. Poco tardó el lobo en llegar a casa de la abuela; golpea: Toc, toc.

- ¿Quién es?

- Es su nieta, Caperucita Roja- dijo el lobo, disfrazando la voz-, le traigo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.

La cándida abuela, que estaba en cama porque no se sentía bien, le gritó:

- Tira la aldaba y el cerrojo caerá.

El lobo tiró la aldaba, y la puerta sea brió. Se abalanzó sobre la buena mujer y la devoró en un santiamén, pues hacía más de tres días que no comía. En seguida cerró la puerta y fue a acostarse en el lecho de la abuela, esperando a Caperucita Roja qui´ne un rato después, llegó a golpear la puerta: Toc, toc.

- ¿Quién es?

Caperucita Roja, al oír la ronca voz del lobo, primero se asustó, pero creyendo que su abuela estaba resfriada, contestó:

- Es su nieta, Caperucita Roja, le traigo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.

El lobo le gritó, suavizando un poco la voz:

- Tira la aldaba y el cerrojo caerá.

Caperucita Roja tiró la aldaba y la puerta se abrió. Viéndola entrar, el lobo le dijo, mientras se escondía en la cama bajo la frazada:

- Deja la torta y el tarrito de mantequilla en la repisa y ven a acostarte conmigo.

Caperucita Roja se desviste y se mete a la cama y quedó muy asombrada al ver la forma de su abuela en camisa de dormir. Ella le dijo:

- Abuela, ¡qué brazos tan grandes tienes!

- Es para abrazarte mejor, hija mía.

- Abuela, ¡qué piernas tan grandes tienes!

- Es para correr mejor, hija mía.

- Abuela, ¡qué orejas tan grandes tienes!

- Es para oírte mejor, hija mía.

- Abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes!

- Es para verte mejor, hija mía.

- Abuela, ¡qué dientes tan grandes tienes!

- ¡Para comerte mejor!

Y diciendo estas palabras, este lobo malo se abalanzó sobre Caperucita Roja y se la comió.