jueves, 3 de noviembre de 2011

Los Cinco Hermanos

(Cuento popular chino)

(Ilustración: Luisa Audit

Fuente: Internet)

Una vez hubo en China cinco hermanos que parecían idénticos.

El primer hermano se podía tragar el mar.

El Segundo hermano tenía el cuello de hierro.

El tercer hermano podía estirar sus piernas kilómetros y kilómetros.

El cuarto hermano no podía ser quemado.

El quinto hermano era capaz de contener la respiración eternamente.

El pasatiempo favorito del primer hermano era la pesca.

Un día un niño le preguntó si podía ir a pescar con él.

Pero el primer hermano le dijo que no.

El muchachito deseaba tanto ir que se lo pidió insistentemente. Y tanto le pidió el niño que este finalmente le permitió acompañarle.

- Pero con una condición – dijo el hermano - Cuando te haga una señal, debes regresar de inmediato.

- Así lo haré, lo prometo. - dijo el chico.

Mientras el hermano y el muchacho caminaban hacia la playa, el hermano mayor recordó al chico su promesa:

- Cuando te haga una señal, debes volver de inmediato.

- ¡Así lo haré! - volvió a prometer el muchacho.

Entonces, abriendo la boca todo lo que pudo, ¡el primer hermano se tragó el mar de un sorbo inmenso!. El fondo del mar se extendió ante ellos, revelando todos sus tesoros de peces y caracolas. El muchacho empezó a recoger las más preciosas de aquellas maravillas, “las caracolas”.

Ahora bien, retener el mar en la boca es un trabajo muy pesado, así que cuando sus mejillas empezaron a hincharse, el hermano hizo una señal al chico para que volviera a la playa. Pero el muchacho estaba demasiado ocupado buscando caracolas raras como para reparar en ello.

El hermano agitó sus brazos en el aire, pero el chico no regresó tampoco.

El hermano notaba que el mar crecía por momentos en su interior. No lo podría retener mucho tiempo mas.

Desesperado, gesticuló como un loco; pero el chico estaba demasiado lejos para ver sus señas. El mar empezaba a derramarse de la boca del hermano. Finalmente, con una enorme ola, el mar salió a raudales, y en un instante el muchacho desapareció.

Cuando el primer hermano volvió a casa sin el chico, los del pueblo no creyeron su historia. Fue condenado a que le cortaran la cabeza.

Al día siguiente, antes de la ejecución, el hermano pidió al juez que le permitiera despedirse de su madre antes de morir. El juez accedió.

Una vez en casa, se cambió por el Segundo hermano, que tenía el cuello de hierro.

Los habitantes del pueblo se congregaron para ver cómo el verdugo ejecutaba la sentencia. Pero cuando la espada cayó sobre el cuello reboto y se escuchó un ruido metálico. Una y otra vez, trató en vano el verdugo de cortarle la cabeza.

Los aldeano estaban muy enfadados. El hermano debía morir por su crimen, así que decidieron a que fuera ahogado.

Igual que antes, el Segundo hermano preguntó al juez si podía ir a despedirse de su madre antes de morir. El juez accedió.

Fue a su casa pero en su lugar regresó el tercer hermano, que podía estirar las piernas kilómetros y kilómetros. En una barca de remos, llevaron al tercer hermano a alta mar y le echaron por la borda. Primero se hundió bajo las olas; después sus piernas empezaron a estirarse y estirarse, hasta que sus pies se apoyaron en el fondo del mar y su cabeza quedó justo encima del agua.

Los aldeanos estaban aún más enfadados. ¿Cómo podrían castigar al hermano chino?. Tal vez podrían quemarle. Así que a la mañana siguiente prepararon una hoguera para quemarlo.

Por tercera vez, el hermano chino pidió al juez que le dejaran ir a despedirse de su madre antes de morir. El juez accedió. El tercer hermano se marchó y en su lugar volvió el cuarto hermano, el que no podía ser quemado.

Los aldeanos le ataron en medio de la hoguera, asegurándose de que no pudiera escapar. Encendieron el fuego y esperaron. Las llamas cubrieron por completo al cuarto hermano. Pero él permaneció en pie, en medio de la resplandeciente pira, sonriendo y pidiendo que añadieran más leña. Los aldeanos no podían creerlo.

¡Tenía que haber una forma de castigarle!.

-¡Asfixiémosle!- gritó un hombre entre la muchedumbre-. Si esto no da resultado es que es inocente.

El cuarto hermano preguntó al juez si podía ir a despedirse de su madre por última vez.

Se marchó el cuarto hermano y en su lugar regresó el quinto, el que podía contener la respiración eternamente.

Esta vez los aldeanos no querían correr ningún riesgo.

Llenaron un horno de ladrillos de una crema espesa, empujaron al hermano al interior del horno y sellaron todos los respiraderos.

- “Nadie puede sobrevivir a esto”.- dijeron los aldeanos.

Toda la noche vigilaron el horno. Al amanecer lo abrieron. Empujaron la puerta hacia un lado ¡y salió el quinto hermano!.

- ¡Ah! – bostezó éste - ¡Que estupendo sueño!

Los aldeanos desistieron. Lo habían intentado todo para castigar al hermano, pero nada había funcionado.

- Juzgamos que eres inocente - dijo el juez. - Te dejamos libre.

El hermano y su familia se alegraron mucho. Desde luego, los cinco hermanos eran inocentes. Fue culpa del chico su desaparición en el mar cuando pescaba.

Tenía que haber hecho lo que le dijeron, ¿no es cierto?.

domingo, 9 de octubre de 2011

El Rey que no quería bañarse

(Cuento de Ema Wolf)

(Ilustración: Claudia Kleydhe en Flickr

Fuente: Internet)

Las esponjas suelen contar historias muy interesantes, el único problema es que lo cuentan en voz muy baja y para oírlas hay que lavarse muy bien las orejas. Una esponja me contó una vez lo siguiente: En una época lejana las guerras duraban mucho, un rey se iba a la guerra y tardaba treinta años en volver, cansado y sudado de cabalgar, y con la espada tinta en chunchulín enemigo.

Algo así le sucedió al rey Vigildo. Se fue a la guerra una mañana y volvió veinte años más tarde, protestando porque le dolía todo el cuerpo.

Naturalmente lo primero que hizo su esposa, la reina Inés, fue prepararle una bañera con agua caliente. Pero cuando llego el momento de sumergirse en la bañera, el rey se negó.

-No me baño –dijo- ¡No me baño, no me baño y no me baño!

La reina, los príncipes, la parentela real y la corte entera quedaron estupefactos.

-¿Qué pasa majestad? – Preguntó el viejo chambelán

- ¿Acaso el agua está demasiado caliente? ¿El jabón demasiado frío? ¿La bañera demasiado profunda?


-No, no y no –contestó el rey- pero yo no me baño nada.

Por muchos esfuerzos que hicieron para convencerlo, no hubo caso.

Con todo respeto trataron de meterlo en la bañera entre cuatro, pero tanto grito y tanto escándalo formo para escapar que al final lo soltaron.

La reina Inés consiguió cambiarle las medias, -¡las medias que habían batallado con el veinte años! - pero nada más.

Su hermana, la duquesa flora le decía:

-¿Qué te pasa Vigildo? ¿Temes oxidarte o despintarte o encogerte o arrugarte..?

Así pasaron días interminables. Hasta que el rey se atrevió a confesar:

- ¡Extraño las armas, los soldados, las fortalezas, las batallas! Después de tantos años de guerra, ¿Qué voy a hacer yo sumergido como un besugo en una bañera de agua tibia? Ademas de aburrirme, me sentiría ridículo.

Y termino diciendo en tono dramático:

- ¿Qué soy yo, acaso un rey guerrero o un poroto en remojo?

Pensándolo bien el rey Vigildo tenía razón. ¿Pero cómo solucionarlo? Razonaron bastante, hasta que al viejo chambelán se le ocurrió una idea. Mando hacer un ejército de soldados del tamaño de un dedo pulgar, cada uno con su escudo, su lanza, su caballo, y pintaron los uniformes del mismo color que el de los soldados del rey. También construyeron una pequeña fortaleza con puente levadizo y con cocodrilos del tamaño de un carretel, para poner en el foso del castillo.
 Fabricaron tambores y clarines en miniatura. Y barcos de guerra que navegaban empujados a mano o soplidos.

Todo esto lo metieron en la bañera del rey, junto con algunos dragones de jabón.

Vigildo quedo fascinado. ¡Era justo lo que necesitaba!

Ligero como una foca, se zambullo en el agua. Alineo a sus soldados, y ahí, no mas inicio un zafarrancho de salpicaduras y combate. Según su costumbre daba órdenes y contraordenes. Hacía sonar la corneta y gritaba:

-¡Avanzad mis valientes! Glup, glup. ¡No reculéis cobardes! ¡Por el franco izquierdo! ¡Por la popa…! Y cosas así.

La esponja me contó que después no había forma de sacarlo del agua.

También que esa costumbre quedó para siempre. Es por eso que todavía hoy, cuando los chicos se van a bañar, llevan sus soldados, sus perros, sus osos sus tambores sus cascos sus armas, sus caballos sus patos y sus patas de rana.

Y si no hacen eso, cuénteme lo aburrido que es bañarse.