sábado, 9 de abril de 2011

La Camisa

(Cuento de Hans Christian Andersen)

(Ilustración: "Trigal con gavillas y segadores"

de Vincent Van Gogh)

(Fuente: Internet)

Había una vez un joven que no sabía adaptarse a su existencia. Se sentía infeliz por la suerte que el destino le había designado, y pensó pedir consejo a un sabio.

— La felicidad es algo difícil de encontrar en el mundo, suspiró el viejo cabeceando. Pero todavía existe un medio. Basta que logres encontrar la camisa de un hombre feliz, y te la pongas.

Lleno de esperanza, el joven agradeció al anciano su consejo y se fue en busca del talismán.

Llega al palacio de un Rey. Logró cautivar la simpatía de un servidor y obtener de él una camisa perteneciente al soberano. Enseguida se la puso, persuadido de haber alcanzado la felicidad. Pero no fue así. Seguía sintiéndose deprimido y descontento.

Y no tardó en comprender el motivo de tal fracaso: el rey estaba muy lejos de ser feliz. Entre los quehaceres de estado y líos diplomáticos, el pobre no tenía un momento de paz. Su camisa no podía ser el talismán aconsejado.

Por lo tanto, el joven abandonó la Corte y emprendió viaje. Llegó a la morada de un famoso filósofo que tenía fama de ser el Sabio de los Sabios.

El joven se hizo su discípulo, y esto le permitió meter las manos en una de sus camisas. Inmediatamente se la puso, pero sin advertir ningún género de felicidad. Perplejo, confesó todo al filósofo, quien le dijo:

— En verdad, hijo mío, la mía no puede ser la camisa buscada por ti. Yo he alcanzado la suprema sabiduría, y precisamente por esto sé que no puedo ser feliz. Esta es la enseñanza que he extraído de todos los libros que he leído.

El joven le restituyó la camisa y se puso en camino. Llegó a la casa de un célebre pintor que todo el mundo admiraba.

Con la excusa de querer adquirir un cuadro, se hizo presentar, y junto con el cuadro pide al pintor que le venda también una camisa suya. Se la puso esa misma tarde, pero no por esto se sintió confortado. Y poco a poco aprendió el motivo: el arte había donado al pintor la gloria, pero no la felicidad; su fama le había creado toda suerte de envidias e intrigas.

El joven se quitó de encima también aquella camisa y prosiguió su camino. Llegó a un suntuoso palacio, morada de un comerciante muy rico.

Todas las semanas distribuía a los pobres monedas de oro, así como objetos y trajes usados; por esto no le fue difícil al joven obtener una camisa suya. Pero enseguida se dio cuenta de que también ésta no le producía ningún efecto benéfico. La vida del pobre comerciante no era de envidiar.

Ya desilusionado y desesperanzado de poder encontrar el talismán codiciado, el joven reemprende el camino de retorno.

Pasando cerca de un campo, le llega el eco de una suave canción. Era un campesino que cantaba, a todo pulmón, mientras con el arado surcaba la tierra.

— ¡He aquí un hombre que ciertamente posee la felicidad! Pensó el joven.

Y acercándose a él, le dijo:

— Buen hombre, dime si eres feliz.

— ¿Y por qué no debería serlo?,- responde el otro.

— Pero, ¿no deseas nada?

— No, propiamente nada

— ¿No cambiarías tu suerte con la de un rey?

— ¡Ni en sueños! - contestó el campesino.

— Y bien, ¿quisieras venderme tu camisa?

El campesino estalló en una sonora carcajada, y mostrando el pecho y las espaldas desnudas al sol, respondió:

— ¿Mi camisa? ¡Pero si yo no tengo camisa!


viernes, 11 de marzo de 2011

EL GRANO DE ARROZ

(Cuento Sufie)

(Ilustración: Selma Madine

Fuente: Internet)

Había una vez un hombre muy rico en Estambul que un año decidió monopolizar todo el arroz del mercado. Una vez que los granjeros hubieron terminado su cosecha, envió a sus sirvientes a las puertas de la ciudad. Allí compraron el arroz de los campesinos y lo transportaron a los almacenes que había alquilado su señor.

Ni un grano de la cosecha de arroz de aquel año consiguió llegar al mercado. El hombre rico se imaginaba que podría ganar una fortuna con su monopolio. Una vez guardado todo el arroz, nuestro hombre decidió visitar los almacenes. El grano era almacenado de acuerdo con su tipo y calidad. El más refinado se guardaba en una esquina de la última nave. Esta era la mejor variedad: Había sido plantada en el mejor suelo y había recibido la cantidad óptima de sol y de agua.

Cuando el hombre vio este arroz, cuyos granos eran dos veces más grandes que los normales, decidió llevarse algunos a casa para la cena.
Aquella noche, su cocinero le agasajó con un plato de aquel arroz maravilloso, excelentemente cocinado con mantequilla y especias. Pero nada más tomar la primera cucharada, el arroz se le atascó en la garganta. No podía ni tragarlo ni escupirlo. Probaron a extraerlo de mil modos, pero todo fue en vano. Finalmente, llamaron al médico de la familia. El doctor hurgó y empujó todo lo que pudo, pero no consiguió desatascar el arroz. Al fin, dijo:


- Me temo que hará falta una traqueotomía. Es una operación simple. Le cortaremos la garganta y sacaremos el arroz directamente.


Al hombre le espantaba la idea de que le cortaran la garganta, así que decidió consultar a un otorrinolaringólogo. Desgraciadamente, el especialista le recomendó la misma operación. Entonces el hombre se acordó del sheij sufí que había sido el consejero espiritual de la familia durante años y que tenía fama de tener poderes curativos. El sheij le dijo:


- Sí, sé como puedes curar tu mal, pero tienes que hacer exactamente lo que te diga. Mañana coge un avión y vete a San Francisco. Toma un taxi para ir al Hotel St. Francisco, sube a la habitación 301, gira a tu izquierda y las cosas se resolverán.

Por la reputación del sheij y también porque hubiera hecho cualquier cosa para que no le cortasen la garganta, nuestro hombre cogió un avión con destino a San Francisco. Se sentía terriblemente incómodo con el arroz atascado en la garganta. Le resultaba difícil respirar y apenas podía tragar un poco de agua de vez en cuando.


Una vez en San Francisco, el hombre se fue de inmediato al Hotel St. Francisco y subió a la habitación 301. Hasta aquí todo iba bien. Por lo menos el hotel y la habitación que el sheij había especificado estaban allí. Llamó a la puerta, que estaba entornada, y esta se abrió un poco. Al asomarse, vio un hombre dormido en la cama, roncando suavemente. De pronto el hombre rico estornudó. Con aquel estornudo, el arroz fue expulsado de su boca y fue a parar a la boca del hombre que dormía, quien lo tragó automáticamente, mientras se despertaba.
Tras despertarse, el huésped del hotel exclamó en turco:


- ¿Qué sucede? ¿Quién es usted?.


Maravillado al encontrarse un compatriota en San Francisco, el hombre rico le contó toda la historia. Ambos estaban asombrados por lo que había ocurrido. Al fin, resultó que el desconocido no solo era de Estambul, sino que también vivía en el mismo barrio que el hombre rico.


Cuando volvió a casa, nuestro hombre fue inmediatamente a visitar al sheij. Este le explicó que el arroz que había tratado de comer no estaba destinado para él, sino para la persona que finalmente lo había tragado. Por eso se había quedado atascado en su garganta: porque aquel arroz no formaba parte de su destino. La única solución era hacerlo llegar a la persona para la que realmente estaba destinado. Al fin, el sheij recalcó con gran énfasis:

- Recuerda, cualquier cosa que esté destinada para ti te llegará. Y cualquier cosa que esté destinada para otros forzosamente les llegará también.


El hombre rico regresó a su casa y pensó largamente sobre su experiencia y sobre lo que el sheij había dicho. A la mañana siguiente, ordenó que abrieran sus almacenes y que distribuyeran todo el arroz entre los pobres de Estambul.


Lo que está destinado para ti, y esto incluye tanto beneficios materiales como espirituales, tiene necesariamente que llegarte. Puede que tenga que recorrer todo el camino desde Estambul a San Francisco, o incluso dar un rodeo más amplio, pero te llegará.