domingo, 8 de agosto de 2010

LA LEYENDA DE TANABATA

(Leyenda Japonesa)

(Ilustración - Fuente: Internet)

Dicen que hace muchísimos años en una pequeña aldea vivía un joven llamado Hijoboshi, que quiere decir pastor de estrellas.

Todos los días salía a trabajar con su gran canasta.

Un atardecer, mientras el joven volvía a su casa, aun lado del camino encontró una bellísima tela blanca y resplandeciente que le llamó mucho al atención.

Al acercarse, vio que era un vestido, lo recogió y quedó maravillado con él, era el traje más hermoso que había visto en su vida, así que decidió quedárselo y lo guardarlo en su canasta.

El muchacho se dispuso a seguir con su camino cuando oyó una voz:

-Disculpa.- dijo la voz.

-¿Me hablan a mi? – contestó el joven mirando a todos lados.

-Si, he sido yo – respondió una muchacha hermosísima, escondida tras un árbol. – ¿Has visto un vestido blanco de plumas?. Si lo viste por favor, devuélvemelo . Vivo en el cielo y sin él no podré regresar a mi hogar.

El muchacho sorprendido por la belleza de aquella joven, no pudo contarle que había guardado el vestido y así la joven tuvo que quedarse a vivir en la tierra.

La muchacha se llamaba Orihine, que quiere decir princesa tejedora y ella era una princesa, hija de Tentei, rey Celestial.

La joven se fue a vivir con el pastor y al poco tiempo de estar juntos se enamoraron y se casaron.

Una mañana, cuando Hijoboshi, se fue a trabajar, Orihine encontró su vestido escondido entre dos vigas de la casa.

Aquella tarde cuando el joven regresó se sorprendió al ver a Orihine con su vestido alzándose hacia el cielo y diciendo:

- Si realmente me amas, teje mil pares de sandalias de paja y entiérralas alrededor del árbol de Bambú. Si lo haces, nos veremos de nuevo.

Orihine se elevó cada vez más alto y regresó a su hogar en el cielo.

El joven se quedó muy triste, solo en su casa, pero sabía perfectamente lo que debía hacer.

Así que al día siguiente muy temprano, empezó a tejer las sandalias de paja.

Siguió tejiéndolas día y noche sin descansar hasta que tuvo casi mil pares y las enterró bajo el árbol de Bambú, tal y cómo le había dicho su esposa.

Al día siguiente vio con sorpresa que allí donde estaba el pequeño árbol, había uno más grande y alto que llegaba hasta el cielo, y sin importarle la altura empezó a subir por él, ayudándose con pies y manos.

Subió y subió sin parar y cuando estaba por llegar, descubrió que al Bambú le faltaban algunos metros para llegar hasta el cima del cielo. Había estado tan apresurado en hacer las sandalias que no se dio cuenta que había hecho sólo 999 pares.

Así que el joven comenzó a gritar:

-¡Orihine!¡Orihine aquí estoy!.

-¡Eres tu! – exclamó la princesa. Entonces estiró su mano y ayudó al joven a subir. Se abrazaron fuertemente. Ambos estaban muy felices de verse de nuevo.

Tentei, el padre de Orihine, , sin embargo, no estaba tan contento de que su hermosa hija se hubiera casado con un hombre del mundo de abajo. Trataba mal al joven y le deba mucho trabajo para hacerlo infeliz y así separarlo de su hija.

Un día el Rey Tentei se acercó al joven y le dijo:

-Vigilarás el campo de melones durante tres días y tres noches. Si logras hacerlo bien podrás quedarte con mi hija.

Cuando Hijoboshi, pastor de estrellas, le contó a Orihine lo que su padre le había pedido ella le dijo que tuviese mucho cuidado porque que su padre había puesto una trampa y que no importara cuanta sed tuviese, no debía por ningún motivo coger un solo fruto del huerto para calmar su sed.

Hijoboshi, a la mañana siguiente fue al campo a cuidar de los melones y se dio cuenta que en aquel lugar hacía mucho calor. Los melones se veían muy jugosos. Pero el joven Hijoboshi trataba sólo de pensar en su amada. Puso todo su empeño por lograr no tocar ni una fruta, pero al tercer día el joven estaba tan sediento que sin poder soportar más la sed tomo uno de los melones y al momento de hacerlo una gran cantidad de agua comenzó a brotar de la fruta. Y fue tanta el agua que brotó, que se formó un río muy grande, tan grande que los esposos quedaron separados por el.

Los dos amantes, mirándose uno al otro a cada lado del río, se convirtieron en dos estrellas, Altair y Vega.

Y dicen que hasta el día de hoy se pude ver a la pareja en el cielo y que él padre de Tanabata sólo les permite encontrarse una vez al año en la noche del 7 de Julio.

Hasta el día de hoy, las dos estrellas brillantes se miran la una a la otra a través de la Vía Láctea.

martes, 6 de julio de 2010

LA NOCHE DEL TOTU

(Mito Aymara de la selva peruana)
(Adaptación del libro: Cuentos y leyendas americanas)
(Ilustración: Enrique Mena Andrade
Fuente: Internet)

El Padre Primero no había creado aún la noche. El sol alumbraba todo el tiempo. El brillo y el calor caían sobre las criaturas de la tierra sin descanso.

Dicen que los indios tejieron tupidos techos de paja y bajo ellos colgaron sus hamacas. Pero no pudieron dormir. Cazar y pescar era la ocupación de los hombres. Cocinar y cuidar los niños, el trabajo de las mujeres.

Los indios se quejaban:

-Nunca podemos sentarnos a fumar junto al fuego, antes de dormir.

-¿Para qué nos sirven las hamacas? Sólo podemos echar una pequeña siesta.

Las mujeres reclamaban:

-Tenemos que cocinar sin descanso. Como no hay noche, los hombres y los niños tienen hambre a cada rato.

Un día, Niva, la mamá de Cochipil, descubrió que el ratón tenía una pequeña noche en su cueva.

-El ratón tiene noche y nosotros no -contó al pequeño Cochipil.

El niño sintió curiosidad y se tendió en el suelo a mirar la noche del ratón.

El animalito robaba algún pedazo de carne o se comía unas cucarachas y corría a esconderse en su cueva. Se ponía a dormir envuelto en su larga cola.

-¡Qué buena es la noche del ratón! -dijo Cochipil a su padre, el jefe Nahua.

-¿La noche del ratón? ¿Dónde la viste? -preguntó Nahua, sobresaltado.

-Allá, cerca del fogón, donde cocina mamá -contestó el niño.

-¡El ratón tiene noche y nosotros no!

-Mi mamá dijo lo mismo -observó el chiquillo.

-Ya que tú conoces dónde guarda el ratón su noche, ¿por qué no se la pides prestada?

-Lo intentaré -contestó Cochipil entusiasmado.

Cuando su madre le dio una de las numerosas comidas del día, guardó los pedacitos de carne más sabrosos. Mientras sus padres dormían una corta siesta en las hamacas, Cochipil se acercó a la cueva del ratón. Con gran cuidado puso delante de la entrada los trozos de carne. Y apenas el ratón asomó su hocico puntiagudo, el niño le dijo con suave voz:

-Si me prestas tu noche, te traeré más carne.

Al ratón le brillaron los negros ojillos y aceptó.

Luego de roer los trozos de carne, salió de sus ojos y de sus orejas un aire negro; subió al cielo y empezó a cubrir rápidamente la luz del sol. Y el sol, huyendo de la noche del ratón, bajó por el cielo y se escondió en el horizonte.

Y fue la primera noche.

Los indios vieron caer la dulzura de la oscuridad y se alegraron. Corrieron a sus cabañas a encender una buena fogata para sentarse a fumar, conversar y contar historias a la luz del fuego y las estrellas. Luego se tendieron en las hamacas y sintieron que las sombras eran como otro párpado sobre sus ojos. Pero, ¡qué poco les duró el descanso! Casi de inmediato empezó a amanecer y el cielo no tardó en llenarse de una luz fuerte que les quitó las ganas de dormir.

-La noche del ratón es muy corta -exclamó Nahua.

-Hay que conseguir una noche que dure varias horas para dormir a gusto -contestó Ruma, uno de los cazadores.

En medio de la selva encontraron al tapir comiendo hojas tiernas.

-Te perdonamos la vida si nos prestas tu noche -dijeron los cazadores.

El tapir no quería morirse todavía y prestó a los indios su noche. De su cuerpo grande y gordo, de sus orejas y de su pequeña trompa, empezó a salir una noche espesa que cubrió rápidamente el cielo. El sol se puso casi de inmediato y fue la segunda noche.

Los indios corrieron felices a sus aldeas de paja. Por el camino, vieron las estrellas por primera vez y se llenaron de admiración.

-La noche es una gruta llena de ojos -dijo Ruma.

-Sí, de ojos de tigre -añadió Nahua.

Encendieron sus fogatas, fumaron, conversaron, contaron historias a la luz del fuego y las estrellas hasta que les dio sueño. Luego, todos, hombres, mujeres y niños se tendieron en las hamacas sintiendo la pesada noche del tapir sobre sus párpados.

Durmieron y durmieron durante horas y horas. Y soñaron mil sueños, desde el principio del mundo.

Después de mucho tiempo, amaneció lentamente. Cuando los indios despertaron, vieron que las malezas y matorrales del monte habían cubierto sus sembrados y destruido sus aldeas. Las enredaderas habían trepado hasta sus hamacas y techos.

-La noche del tapir es demasiado larga -dijo Nahua.

-Tendremos que hacer todo de nuevo, las siembras y las casas -se quejó Ruma.

Y Niva lloró:

-Mi cocina desapareció bajo la maleza; no encuentro mis vasijas de cuero y paja.

La noche del tapir fue un desastre. Sin embargo, los indios no perdían la esperanza de encontrar una noche convincente.

Después de limpiar su cocina y sus cacharros, Niva anunció:

-Cochipil, como niño, encontró una noche muy corta; los cazadores, como hombres, otra demasiado larga. Yo, mujer, buscaré la noche que conviene.

Y se fue por los montes hasta que encontró al Peludo (quirquincho) en su madriguera.

-Tatú, despierta -gritó Niva.

El Peludo, protegido por su armadura, por lo que también se le llama armadillo, ni se movió; Niva le hizo cosquillas entre los anillos de su coraza y Tatú asomó su afilada cabecita.

-¿Qué quieres mujer?

-Quiero que me prestes tu noche -rogó Niva.

El Tatú guardó silencio, pensando.

-Te daré las sobras de la comida -prometió la mujer.

Al oír lo de comida, el Tatú despertó por completo.

-Te presto una sola noche -ofreció.

La mujer aceptó feliz y regresó a su cabaña.

Del fondo de la madriguera del Peludo salió lentamente su noche.

El sol bajó por el cielo poco a poco. Los hombres tuvieron tiempo de terminar sus trabajos y las mujeres prepararon una buena comida antes de que oscureciera.

Y llegó la tercera noche.

En todas las aldeas encendieron fogatas y la gente conversó, fumó alegremente y contaron historias a la luz del fuego y las estrellas. Cuando brillaron todas las estrellas, y no quedó ni un solo espacio sin brillo en el cielo, se acostaron en sus hamacas. Y la dulzura de la noche les cerró sus ojos.

Amaneció a las pocas horas, luego de un buen sueño. Los indios estuvieron de acuerdo en que la noche del Tatú era la más conveniente.

Por eso, los hombres no quisieron devolvérsela nunca más.

Y dicen los antiguos que esta es la razón por la cual el Tatú duerme durante el día y corretea sin descanso en la oscuridad, porque no tiene noche".