miércoles, 9 de diciembre de 2009

LOS SENTIMIENTOS

(Ilustración: Zime

Fuente: Internet)

Cuentan, que una vez se reunieron en un lugar de la Tierra todos los sentimientos y cualidades de los hombres.

Cuando el aburrimiento había bostezado por tercera vez, la locura como siempre tan loca, les propuso:

-“¿Jugamos al escondite?”.

La intriga levantó la ceja intrigada y la curiosidad sin poder contenerse preguntó:

-“¿Al escondite...?, ¿y cómo es
eso?”.

-“Es un juego, - explicó la locura - en el que yo me tapo la cara y comienzo a contar desde uno hasta un millón, mientras ustedes se esconden. Y cuando yo haya terminado de contar, al primero de ustedes que encuentre ocupará mi lugar para continuar el juego”.

El entusiasmo bailó secundado por la euforia; la alegría dio tantos saltos que terminó por convencer a la duda, e incluso a la apatía, a la que nunca le interesaba nada.

Pero no todos quisieron participar.

La verdad prefirió no esconderse, ¿para qué, si al final siempre la hallaban?. Y la soberbia opinó que era un juego muy tonto; en el fondo lo que le molestaba era que la idea no fuera suya. Y la cobardía..., la cobardía prefirió no arriesgarse.

- “1, 2, 3”, ... -comenzó a contar la locura.

La primera en esconderse fue la pereza, que como siempre se dejó caer sobre la primera piedra del camino. La fe, subió al cielo y la envidia, se escondió tras la sombra del triunfo, que con su propio esfuerzo logró subir a la copa del árbol más alto.

La generosidad casi no alcanzaba a esconderse; cada sitio que hallaba le parecía maravilloso para alguno de sus amigos: que si un lago cristalino, ideal para la belleza; que si la rendija de un árbol, perfecto para la timidez; que si el vuelo de la mariposa, lo mejor para la voluptuosidad; que si una ráfaga de viento, magnífico para la libertad; así que terminó por ocultarse en un rayito de sol.

El egoísmo en cambio, encontró un sitio muy bueno; desde el principio lo encontró: ventilado, cómodo, ..., pero eso sí, sólo para él. La mentira se escondió en el fondo del océano; ¡mentira!, en realidad se escondió detrás del arco iris. Y la pasión y el deseo dentro de los volcanes. El olvido ..., se me olvidó dónde se escondió.

Pero bueno, eso no es lo importante. Cuando la locura contaba:

- “¡999.999!”, - el amor todavía no había encontrado sitio para esconderse, pues todo se encontraba ocupado; hasta que divisó un rosal y, enternecido, decidió esconderse entre sus flores.

- “¡Un millón!”. - Contó la locura, y comenzó a buscar.

La primera en aparecer fue la pereza, sólo a tres pasos de la piedra. Después se escuchó a la fe discutir con Dios en el cielo sobre zoología.

Y a la pasión y al deseo los sintió en el vibrar de los volcanes. En un descuido encontró a la envidia, y claro, pudo deducir dónde estaba el triunfo. Al egoísmo no tuvo ni que buscarlo, pues él solito salió disparado de su escondite, que había resultado ser un nido de avispas.

De tanto caminar sintió sed, y al acercarse al lago descubrió a la belleza. Y con la 
duda resultó más fácil todavía pues la encontró sentada sobre una cerca sin decidir aún de qué lado esconderse.

Así fue encontrando a todos. El talento entre la hierba fresca. La angustia en una oscura cueva. La mentira detrás del arco iris; ¡mentira!, si ella estaba en el fondo del océano. Y hasta el olvido, al que ya se le había olvidado que estaba jugando al escondite.

Pero sólo el amor no aparecía por ningún sitio. La locura buscó detrás de cada árbol, bajo cada arroyuelo del planeta, en la cima de las montañas, y cuando estaba por darse por vencida, divisó un rosal y sus rosas, y tomó una horquilla, y comenzó a
mover las ramas cuando de pronto un doloroso grito se escuchó;

- ¡Aaaay!.- Las espinas habían herido en los ojos al amor. La locura no sabía que hacer para disculparse; lloró, rogó, imploró, pidió perdón ..., y hasta prometió ser su lazarillo.

Desde entonces, desde que por primera vez se jugó al escondite en la Tierra, el amor es ciego y la locura siempre lo acompaña.

domingo, 1 de noviembre de 2009


El Anillo

(cuento sufi)

(Imagen - fuente: Internet)

Cuentan que cierta vez un joven fue a buscar a su maestro muy preocupado para pedirle un consejo:

-Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerza para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?.

El maestro, sin mirarlo, le dijo: 


-Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después..., - y haciendo una pausa agregó- si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar. 


-Encantado, maestro - titubeó el joven pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas. 


-Bien - asintió el maestro, que se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño de la mano izquierda y se lo dio al muchacho diciendo:

- Toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete antes y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.

El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cachorro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, y rechazó la oferta.

Después de ofrecer la joya a toda persona que se cruzaba en el mercado, abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó.


Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro. Podría entonces habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda.

Entonces, el joven entró en la habitación y dijo:

-Maestro, lo siento, no es posible conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.


-Qué importante lo que dijiste, joven amigo -contestó sonriente el maestro, y luego de pensarlo un poco le dijo:

- Lo que debemos saber primero es el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él, para saberlo?. Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo. 


El joven volvió a cabalgar hasta el pueblo y fue directamente donde el joyero.

El joyero examinó el anillo a luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo:

-Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya , no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo. 


-¿58 monedas?! -exclamó el joven-.


-Sí -replicó el joyero-. Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas de oro, pero no sé... Si la venta es urgente...


El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.


-Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo-. “Tú eres como este anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?”.

Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda.