domingo, 1 de noviembre de 2009


El Anillo

(cuento sufi)

(Imagen - fuente: Internet)

Cuentan que cierta vez un joven fue a buscar a su maestro muy preocupado para pedirle un consejo:

-Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerza para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?.

El maestro, sin mirarlo, le dijo: 


-Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después..., - y haciendo una pausa agregó- si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar. 


-Encantado, maestro - titubeó el joven pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas. 


-Bien - asintió el maestro, que se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño de la mano izquierda y se lo dio al muchacho diciendo:

- Toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete antes y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.

El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cachorro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, y rechazó la oferta.

Después de ofrecer la joya a toda persona que se cruzaba en el mercado, abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó.


Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro. Podría entonces habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda.

Entonces, el joven entró en la habitación y dijo:

-Maestro, lo siento, no es posible conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.


-Qué importante lo que dijiste, joven amigo -contestó sonriente el maestro, y luego de pensarlo un poco le dijo:

- Lo que debemos saber primero es el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él, para saberlo?. Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo. 


El joven volvió a cabalgar hasta el pueblo y fue directamente donde el joyero.

El joyero examinó el anillo a luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo:

-Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya , no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo. 


-¿58 monedas?! -exclamó el joven-.


-Sí -replicó el joyero-. Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas de oro, pero no sé... Si la venta es urgente...


El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.


-Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo-. “Tú eres como este anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?”.

Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda.

miércoles, 7 de octubre de 2009

EN BUSCA DE UN HOMBRE HONRADO

(Cuento tradicional Chino)

(Ilustración: Patricia Metola

Fuente: Internet)

Había una vez un hombre muy pobre a quien arrestaron por robar una pipa vieja.

Una vez en la cárcel, tanto los jueces como los carceleros se olvidaron de él y pasaron muchos años sin que se le juzgara y le dieran una condena justa. De manera que empezó a pensar en cómo podría salir de allí. Como por la fuerza no podía escapar, pensó en algún truco astuto que le permitiera recuperar la libertad. Así que un día llamó al carcelero y le dijo que le llevara ante el rey.

- ¿Y para qué quieres tú ver al rey? - le preguntó el carcelero.

- Porque tengo un tesoro muy valioso para él - respondió el preso.

Entonces lo llevaron hasta la sala del trono.

- ¿Cuál es ese tesoro tan importante que tienes para mí? - dijo el rey.

En ese momento, el preso sacó un pañuelo de su bolsillo, lo abrió y mostró al monarca una semilla.

- Su majestad, esta semilla es muy especial. Si la planta una persona honrada, que nunca haya robado ni mentido, crecerá de ella un peral en el que madurarán peras de oro. Si no es así, el peral sólo ofrecerá las peras de siempre. Así que se la ofrezco a usted, que seguramente nunca habrá robado ni engañado a nadie - explicó el preso mientras hacía una reverencia.

- ¡Vaya! - exclamó el rey,- que recordó que una vez cuando era pequeño había robado una moneda de oro a su madre.

- Bien, que la plante vuestro canciller, entonces - dijo el preso.

- ¡Vaya! - exclamó también el canciller, -que se dejaba corromper fácilmente.

- Que lo intente entonces el comandante del ejército real - propuso el preso.

- Pero yo no sirvo para jardinero - se excusó el comandante, que solía reducir la paga de sus soldados para engrosar las monedas de su bolsillo.

- Entonces que lo haga el juez - sugirió el preso.

Pero tampoco el juez quiso plantar la semilla, porque sus veredictos solían depender de los sobornos que recibía.

Ante tantas negativas, el preso se puso a reír y dijo:

- Todos ustedes, aunque tengan cargos importantes, roban, mienten y engañan y no por eso estan en la cárcel. Y yo, que robé tan sólo una pipa vieja, debo seguir encerrado cuando ya pagué mi pena estando más tiempo del que debo.

El rey también se rió y, ante tal argumento, ordenó que dejaran al preso en libertad.