miércoles, 7 de octubre de 2009

EN BUSCA DE UN HOMBRE HONRADO

(Cuento tradicional Chino)

(Ilustración: Patricia Metola

Fuente: Internet)

Había una vez un hombre muy pobre a quien arrestaron por robar una pipa vieja.

Una vez en la cárcel, tanto los jueces como los carceleros se olvidaron de él y pasaron muchos años sin que se le juzgara y le dieran una condena justa. De manera que empezó a pensar en cómo podría salir de allí. Como por la fuerza no podía escapar, pensó en algún truco astuto que le permitiera recuperar la libertad. Así que un día llamó al carcelero y le dijo que le llevara ante el rey.

- ¿Y para qué quieres tú ver al rey? - le preguntó el carcelero.

- Porque tengo un tesoro muy valioso para él - respondió el preso.

Entonces lo llevaron hasta la sala del trono.

- ¿Cuál es ese tesoro tan importante que tienes para mí? - dijo el rey.

En ese momento, el preso sacó un pañuelo de su bolsillo, lo abrió y mostró al monarca una semilla.

- Su majestad, esta semilla es muy especial. Si la planta una persona honrada, que nunca haya robado ni mentido, crecerá de ella un peral en el que madurarán peras de oro. Si no es así, el peral sólo ofrecerá las peras de siempre. Así que se la ofrezco a usted, que seguramente nunca habrá robado ni engañado a nadie - explicó el preso mientras hacía una reverencia.

- ¡Vaya! - exclamó el rey,- que recordó que una vez cuando era pequeño había robado una moneda de oro a su madre.

- Bien, que la plante vuestro canciller, entonces - dijo el preso.

- ¡Vaya! - exclamó también el canciller, -que se dejaba corromper fácilmente.

- Que lo intente entonces el comandante del ejército real - propuso el preso.

- Pero yo no sirvo para jardinero - se excusó el comandante, que solía reducir la paga de sus soldados para engrosar las monedas de su bolsillo.

- Entonces que lo haga el juez - sugirió el preso.

Pero tampoco el juez quiso plantar la semilla, porque sus veredictos solían depender de los sobornos que recibía.

Ante tantas negativas, el preso se puso a reír y dijo:

- Todos ustedes, aunque tengan cargos importantes, roban, mienten y engañan y no por eso estan en la cárcel. Y yo, que robé tan sólo una pipa vieja, debo seguir encerrado cuando ya pagué mi pena estando más tiempo del que debo.

El rey también se rió y, ante tal argumento, ordenó que dejaran al preso en libertad.


miércoles, 2 de septiembre de 2009

LA PRINCESA Y EL GUISANTE

(Cuento:
Hans Christian Andersen)

(Ilustración: Elena Florenty

Fuente: internet)

Érase una vez un príncipe que quería casarse con una princesa, pero que fuese una princesa de verdad. En su busqueda recorrió todo el mundo, mas siempre había algún pero. Princesas habían y muchas, mas nunca lograba asegurarse de que lo fueran de veras; cada vez encontraba algo que le parecía sospechoso. Así que regresó a su casa muy triste, pues estaba empeñado en encontrar a una princesa auténtica.


Una tarde estalló una terrible tempestad; sin interrupción, los rayos y los truenos no paraban de sonar e iluminar el cielo, y llovía a cántaros; era un tiempo espantoso. En esos momentos llamaron a la puerta de la ciudad, y el anciano Rey acudió a abrir.

Una princesa estaba en la puerta; pero ¡santo Dios, cómo la habían puesto la lluvia y el mal tiempo! El agua le chorreaba por el cabello y los vestidos, se le metía por los zapatos y le salía por los tacones; pero ella afirmaba que era una princesa verdadera.


Por supuesto, la reina creía que fueran una princesa verdadera, nadie que fuera una princesa podría tocar al puerta de un castillo vestida como pordiosera y toda mojada.

-"Pronto lo sabremos". - pensó la vieja Reina, y, sin decir palabra, se fue al dormitorio, levantó la cama y puso un guisante sobre la tela metálica; luego amontonó encima veinte colchones, y encima de éstos, otros tantos edredones.
En esta cama debía dormir la princesa.
 Pero la reina tenía un secreto, un secreto que sólo ella sabía sobre las verdaderas princesas.

A la mañana siguiente, el sol brillaba maravillosamente, los pajaritos cantaban alegres canciones y el cielo estaba muy despejado. Cuando todos en el castillo se levantaron fueron a tomar desayuno. De pronto se apareció la princesa y la reina le preguntó:

- Querida princesa, ¿que tal dormiste esta noche?.

- ¡Oh, muy mal! - exclamó -. No he pegado un ojo en toda la noche. ¡Sabe Dios lo que habría en la cama! ¡Era algo tan duro, que tengo el cuerpo lleno de moretones! ¡Horrible!.

Entonces la reina vio que era una princesa de verdad, puesto que, a pesar de los veinte colchones y los veinte edredones, había sentido el guisante. Nadie, sino una verdadera princesa, podía ser tan sensible.


El príncipe la tomó por esposa, pues se había convencido de que se casaba con una princesa hecha y derecha; y el guisante pasó al museo, donde puede verse todavía, si nadie se lo ha llevado.