domingo, 8 de marzo de 2009

EL LENGUAJE DE LOS ANIMALES

(Del libro: Cuentos de Hadas Bohemios
narrados a los niños por H. C. Granch Ed. Molino, Buenos Aires - 1944)
(ilustración: Gustavo Aimar)

Hace ya muchos, muchísimos años, había un pastorcillo que apacentaba sus ovejas en lo más intrincado de un bosque espesísimo. 
De repente oyó un silbido espantoso y, se dirigió hacia el lugar de donde procedía, percibió una hoguera sobre la cual se retorcía una serpiente que, al ver acercarse al joven, le rogó encarecidamente que la salvara. 
El pastor, sin pensarlo dos veces, alargó su cayado y el reptil ascendió por él, llegando hasta el cuello de su salvador, donde se enroscó con una fuerza terrible.


- ¿Es esa la forma que tienes de recompensarme por haberte salvado la vida? - exclamó el pastorcillo.


- No tengas miedo. No pienso hacerte mal alguno, sino todo lo contrario. Llévame a la casa de mi padre, el rey de las serpientes, y te lo demostraré.


Obedeció el zagal de mala gana y al cabo de muchos días de andar, atravesando montes, bosques y ríos, llegó ante la puerta de una caverna donde infinidad de serpientes, formando una tupida cortina, vedaban la entrada.
El ofidio enroscado al cuello del pastorcillo emitió un tenue silbido y las serpientes guardianas se destrenzaron, descubriendo la entrada de la cueva.


- Antes de penetrar aquí - dijo al muchacho - te voy a dar un consejo. Cuando mi padre te ofrezca oro y plata, y la satisfacción inmediata de todos tus deseos, respóndele que no quieres mas que comprender el lenguaje de los animales.


- Así lo haré - respondió el pastor de mala gana.
El rey de las serpientes preguntó a su retoño el motivo de su prolongada ausencia y ésta le relató lo ocurrido, declarando que debía la vida a la intervención del pastorcillo.


- Hijo mío - dijo entonces el soberano, dirigiéndose al pastor, - ¿qué recompensa deseas por haberme devuelto a mi hija?


- Mi mayor anhelo sería poder comprender el lenguaje de los animales - respondió sin vacilar el muchacho.
Trató el monarca de disuadirle de aquella idea, afirmando que era peligroso, pero, viendo que persistía tenazmente en su decisión, le sopló tres veces en la boca, ordenándole que hiciera lo mismo con él y a continuación le dijo:


- Tu deseo está satisfecho; pero has de procurar no revelárselo a nadie, porque si lo hicieses morirías.
Volvió el pastor a su rebaño, tendiéndose en el suelo para descansar. Vio entonces venir volando dos cornejas que, posándose en las ramas de una encina, empezaron a charlar animadamente.


- Si ese zagalillo supiera que en el mismo lugar donde está tendido ese cordero negro hay oculto un gran tesoro, lo desenterraría y se haría rico,
Cuando las cornejas se hubieron marchado, el pastorcillo se apresuró a cavar en el lugar donde había estado tendido el cordero negro y sacó un arca llena de monedas de oro hasta rebosar.
Ya rico, convertido en uno de los más opulentos propietarios de la comarca, obsequió a sus pastores y aparceros en la noche de San Esteban con un espléndido banquete, mientras él se iba a guardar los rebaños para relevar a sus servidores.
De pronto oyó en la oscuridad la voz de un lobo que decía a otro:


- ¿Vamos a comernos un par de corderos?
Los perros guardadores del ganado le respondieron aullando:


- ¡Venid, venid, nosotros también participaremos del festín!
Únicamente uno de los canes, ya viejo y sin
dientes, declaró:


- Mientras yo viva no permitiré que perjudiquéis los intereses de nuestro amo. 
Y esto diciendo se lanzó denodadamente sobre los lobos. El ex pastor contribuyó también a ahuyentar a los feroces animales enarbolando su cayado. Luego, acarició al viejo mastín y se echó a dormir.
A la mañana siguiente ordenó a sus criados que mataran a todos los perros, con excepción del más viejo y fiel, obedeciéndole los servidores con profunda pena, pues eran verdaderamente magníficos.
Poco después, cuando el rico propietario se encaminaba a su casa en compañía de su esposa, el caballo en que aquél cabalgaba, que iba al trote, le dijo a la yegua que conducía a la mujer:


- ¿Por qué vas con ese paso tan cansino?
- Porque mientras tú no llevas más peso que el de nuestro amo, yo llevo el de su mujer, su hijo y mi potro.
Al oír esto, el buen hombre no pudo contener la carcajada. Su esposa, llena de curiosidad, preguntó al marido la causa de aquella repentina hilaridad.


- No es nada - respondió él. - Es que me he acordado de pronto de un chascarrillo que tiene mucha gracia.
La mujer se empeñó entonces en que se lo contara, pero él, que carecía de imaginación, no pudo crear ninguna historieta divertida, despertando las sospechas de la esposa, que continuó martirizándole durante todo el trayecto, y aun después de llegar al hogar, para que le revelara lo que le había hecho reír de tan buena gana.
Finalmente, el hombre le confesó que si le descubriera lo ocurrido moriría en el acto.


- ¡Ah! - respondió ella, pensativa. - No sabía que se tratara de una cosa tan grave.
Pero al cabo de un momento de reflexión, la curiosidad pudo en ella más que el amor de esposa y añadió:


- Dímelo aunque te mueras.
En vano quiso el labrador eludir la respuesta; ella continuó porfiando para saber el misterio.
Con el fin de ganar tiempo, y ver si ella se arrepentía y desistía de su peligrosa curiosidad, el esposo ordenó abrir una fosa para él y cuando la tuvo hecha, descendió a ella y gritó a su mujer:


- Baja aquí conmigo; pero he de advertirte por última vez que, tan pronto como satisfaga ese deseo tuyo, caeré muerto a tus pies, como herido por el rayo.
A continuación miró por última vez su entorno, y, al ver al viejo perro, que acababa de regresar acompañando al rebaño, le pidió a su esposa que le diera un un buen trozo de pan.
El fiel perro, sin conceder una ojeada al pan, se echó a llorar desconsolado.
El gallo de la casa, al ver el poco caso que el perro hacía al pan, acudió corriendo y empezó a picotearlo con gran satisfacción.


- ¿Cómo te atreves a comer, cuando nuestro amo está a punto de morir? - preguntó el perro, enojado, al gallo.


- Si muere es por tonto - replicó éste. - Yo tengo decenas de mujeres y si cae en el corral un grano de maíz o un trozo de pan, soy yo siempre quien se lo come, de grado o por fuerza. Cuando alguna de ellas se insolenta, le caliento la cresta a picotazos y ya no vuelve a replicar. De este modo las tengo siempre más suaves que un guante. Sin embargo, nuestro amo se deja avasallar por una sola. Bien merece lo que le espera.


Al oír estas palabras, el marido dio un salto de la fosa, fue corriendo a su casa ante el asombro de su esposa, recogió su cayado, y dio tan formidable tunda a la mujer, por curiosa y falta de corazón, que ya no le quedaron a ésta alientos para volver a preguntar el motivo de su risa.


martes, 24 de febrero de 2009

LAS DILIGENTES AGUJAS

(Del libro: Cuentos Populares Suizos,)

( Ed. Molino, Barcelona – 1948.)

(Ilustración: ZIME)

En una vieja casita, en medio del campo, vivían tres viejísimas mujeres. Una de ellas era ciega, la otra no oía nada y la tercera tenía los pies paralíticos. Pero con ellas tenían en la casa a una joven y alegre doncella. Esta cuidaba de la casa y les hacía la comida.

Cada lunes iba la muchacha de casa en casa y vendía las medias que las tres viejas mujeres habían hecho durante la semana. Eran siempre seis pares; dos de lana, dos de algodón y dos pares de seda. Las de lana eran grises; las de algodón blancas y azules, y, por último, las de seda eran completamente blancas como la nieve recién caída. Las de lana las compraban los hombres; las de algodón las mujeres y las muchachas y las novias; las de seda.

La Muchacha tenía siempre vendidas las medias en un instante. Estaban tan bien hechas que todos se maravillaban y alegraban cuando las veían. De lo que ganaba de la venta de las medias, la muchacha compraba huevos y sal, mantequilla y manteca y el pan para las necesidades de cada día.

Cuando las tres mujeres tuvieron más de noventa años, un buen día una de ellas murió, era la ciega. El día que la enterraban murió también la hermana sorda y después de otros tres días llamó la inválida a la criada al lado de su lecho y le dijo:

- Mis días han llegado también a su fin. Tú eres una buena chiquilla y nos has servido fielmente. Tu recibirás por ello la recompensa adecuada. ¡Abre la caja y saca de ella, el pequeño cofre adamascado!. La muchacha hizo tal como se le había ordenado. Sostuvo la cajita de madera en sus manos y la inválida habló:

- Este es nuestro tesoro y lo que nos ha protegido de la necesidad y de la pobreza. Ahora es tuyo.

La muchacha no podía apenas contener su impaciencia por ver lo que había en su interior. Levantó la tapa con emoción y se asombró, pues allí dentro no había más que cuatro agujas de hacer medias. La inválida dijo entonces:

- Estas agujas eran las que fabricaban por sí solas nuestras hermosas medias que tú vendías luego cada lunes. Escúchame, querida niña, lo que ahora voy a decirte. ¡Y que no se te olvide ninguna palabra!. Cuando haya sonado la hora de ir a la cama, saca entonces las agujas del cofre, ¡pero no antes!. Déjalas sobre la mesa y luego contempla cómo tejen las medias; los lunes y martes las de lana, los miércoles y jueves las de algodón, los viernes y sábados las de seda. En una hora han terminado con ellas. Cuando hayan acabado recoge tú las agujas y vete a dormir. Pero los domingos no debes sacarlas del cofre. ¡Me entiendes; nunca, querida niña! ¡Nunca!.

Luego la paralítica cerró también los ojos para siempre. La muchachita vivía ahora completamente sola en la casita y lo tenía todo en orden, cómo si las tres mujeres estuvieran todavía allí. Por la noche sacaba el cofre, y era para ella un gran placer contemplar cómo las agujas tejían las hermosas medias. Cuando habían terminado, las recogía nuevamente y se iba silenciosa a la cama. Transcurrida una semana vendía las medias y con el dinero se compraba lo que necesitaba para vivir. Así pasaron siete semanas. Pero entonces, la muchacha se sintió aburrida y pensó:

-"En esta vieja casa se olvida una de reír e incluso de hablar. El domingo voy a ir a la ciudad. Allí es más alegre la vida".

Las medias de la octava semana las puso junto con el cofre en un cesto y se encaminó el domingo por la mañana hacia la ciudad. Allí vivía una distinguida prima suya a la que la muchacha le regaló las medias.

- ¡Oh, qué bien sabes tú hacer medias! - Alabó la prima. Entonces rió la muchacha y le explicó toda la historia. Luego fue a buscar el cofre adamascado. La prima quiso abrirlo enseguida, pero la muchacha puso las dos manos encima de la tapa, mientras le decía:

- Solamente después de la hora de irse a las cama - dijo - Y no hoy.

La prima replicó:

- Tú te quedarás conmigo esta noche. - No podía apenas esperar hasta que hubo sonado la hora de irse a la cama. Entonces dijo a la muchacha:

-¡Ve ahora a buscar el cofre adamascado!.

- ¿Qué quieres hacer con él? - Preguntó la muchacha.

- Mirar como las agujas hacen medias. - Dijo la prima con los ojos llenos de curiosidad.

- Pero no hoy. ¡Hoy es domingo!.- Exclamó la muchacha muy preocupada.

- ¡Tonterías!, ¡Qué importa que sea domingo o no!, ¡O bien saben hacer medias las agujas, o no saben, y tú me has mentido! - Dijo enojada la prima.

Entonces la muchacha le dijo:

- ¿Saben hacer medias, prima! Pero los domingos no les está permitido.

Entonces la prima se echó a reír, y se burló de ella.

- Tú eres una estúpida muchacha del campo. Nosotros los de la ciudad lo sabemos mucho mejor. Las agujas no pueden pensar. ¿Qué saben ellas del domingo o del lunes?. ¡Trae el cofre! Tengo ganas ahora de ver lo que hay de verdad en tu historia.

Entonces la pobre doncella no se atrevió a resistirse por más tiempo. Sacó las agujas y las dejó encima de la mesa...pero....¿que ocurrió?

- ¡Dios santo! - Gritaron ambas a la vez. Las agujas no hacían medias, sino que se pusieron tiesas sobre la mesa. Luego huyeron de allí, tan aprisa como pudieron. Como la ventana estaba abierta saltaron por ella hasta la calle. La muchacha y la prima las siguieron corriendo. Oían el rumor que aquellas hacían al correr, pero las agujas estaban siempre una buena parte del camino delante de ellas.

Así corrieron hasta el ancho río que cruzaba el amplio arco de la ciudad, y, antes de que la pobre doncella pudiera impedirlo, las agujas habían desaparecido entre las rumorosas aguas. La doncella volvió en silencio dándole las espaldas a su prima y corrió, lejos de allí, durante la noche, hasta que llegó de nuevo a la vieja casita. Allí se sentó en la butaca de la mujer paralítica y lloró hasta la mañana.

Luego salió y compró cuatro nuevas agujas. Después de haber sonado la hora de acostarse, dejó las agujas como de costumbre encima de la mesa. Pero éstas permanecieron inmóviles y rígidas, pues eran solamente vulgares agujas de hacer medias. Entonces tuvo que comprar la doncella, lana, algodón y seda y hacérselo todo ella misma. Pero lo hacía sin quejarse. Hacía medias todo el día y a veces incluso hasta la media noche. Cada lunes vendía de nuevo seis pares de medias, y estaban casi tan bien hechas como las anteriores. La gente que las compraba no notaba en ellas ninguna diferencia y esto era lo principal para la muchacha. No pensaba ya en las diligentes agujas de hacer medias, perdidas para siempre.